🦶 AVISTAMIENTO · EXP. Nº9046
ACTIVO
Gusano de la Muerte de Mongolia
El olgoi-khorkhoi («gusano de intestino grueso»), que en Occidente se llama Gusano de la Muerte de Mongolia, se describe como una criatura sin extremidades que se oculta bajo la arena del Gobi y mata con solo tocarla.
¿Dónde y cuándo se ha avistado a Gusano de la Muerte de Mongolia?
- Ubicación
- Gobi Desert, Mongolia
- Fecha del avistamiento
- 01/01/1922
- Coordenadas
- 43.5, 104.0
- Última actualización
UBICACIÓN
¿Qué es Gusano de la Muerte de Mongolia?
Quien lo introdujo en Occidente fue el paleontólogo Roy Chapman Andrews, y conviene contar cómo: no recogió testimonios de pastores en el desierto, sino que se lo pidió el primer ministro mongol en una reunión de gabinete en Urga, en mayo de 1922, mientras se firmaban los permisos de su expedición. Andrews lo escribió con escepticismo explícito y en 1932 llegó a llamarlo «un animal probablemente mítico por completo», añadiendo que nunca encontró a un mongol dispuesto a admitir que lo hubiera visto él mismo. La imagen que hoy circula —rojo oscuro, un metro, veneno a distancia, descargas eléctricas— es posterior, de las expediciones de Ivan Mackerle en los años noventa, que tampoco encontraron nada. Y la explicación zoológica más repetida no se sostiene: en Mongolia no hay anfisbenas ni escincos. El único candidato serio es la boa de arena tártara, Eryx tataricus, roma por los dos extremos y sin veneno.
¿Cuál es la historia de Gusano de la Muerte de Mongolia?
En mayo de 1922, en Urga —la ciudad que acabaría llamándose Ulán Bator—, un paleontólogo estadounidense se sentó con el Consejo de Ministros de Mongolia para firmar los permisos que le permitirían meter automóviles en el Gobi. El contrato quedó cerrado. Y entonces el primer ministro le pidió un favor.
Roy Chapman Andrews dirigía las Expediciones de Asia Central del Museo Americano de Historia Natural y no andaba buscando monstruos: buscaba el origen de la humanidad. Su patrón, Henry Fairfield Osborn, sostenía que Asia Central era la cuna desde la que se habían dispersado los grandes grupos de mamíferos y quizá nuestros propios antepasados. Andrews llevaba coches, camellos, un intérprete sueco llamado F. A. Larsen con casi cuarenta años en Mongolia y una lista de fósiles que encontrar. Lo que el primer ministro quería era otra cosa.
«Entonces el primer ministro pidió que, de ser posible, capturase para el gobierno mongol un ejemplar del allergorhai-horhai», escribió Andrews en On the Trail of Ancient Man, publicado por G. P. Putnam's Sons en 1926. «Dudo que ninguno de mis lectores científicos sea capaz de identificar a este animal. Yo sí podía, porque había oído hablar de él muchas veces. Ninguno de los presentes había visto nunca a la criatura, pero todos creían firmemente en su existencia y la describían minuciosamente. Tiene forma de salchicha, mide unos dos pies, carece de cabeza y de patas, y es tan venenoso que basta tocarlo para morir en el acto.»
Ese párrafo es la puerta por la que el olgoi-khorkhoi entró en la letra impresa occidental, y casi todo lo que se ha escrito después ha ido añadiendo, sin decirlo, cosas que Andrews no escribió.
Ni ácido, ni muerte a distancia, ni electricidad, ni una palabra sobre el color rojo. Andrews anotó una descripción y, con cuidado, su procedencia: el primer ministro «nunca lo había visto él mismo, [pero] conocía a un hombre que sí y había vivido para contarlo», y un ministro del gabinete añadió que «el primo de la hermana de su difunta esposa» también lo había visto. Después hizo un chiste —prometió atraparlo con unas pinzas largas de recolección y ponerse gafas oscuras para neutralizar los efectos desastrosos de siquiera mirar a un bicho tan venenoso— y la reunión se levantó de buen humor, con los permisos firmados.
Diez años después volvió sobre el asunto en The New Conquest of Central Asia (American Museum of Natural History, 1932), con epígrafe propio y con veredicto. «Es probablemente un animal enteramente mítico, aunque puede que tenga alguna pequeña base real, porque todo mongol del norte cree firmemente en él y da esencialmente la misma descripción.» Y a continuación la frase que casi nadie reproduce: «Nunca he encontrado todavía a un mongol dispuesto a admitir que lo hubiera visto él mismo, aunque docenas dicen conocer a hombres que sí. Es más: cada vez que llegábamos a una región de la que se decía que era su hábitat favorito, los mongoles de ese punto concreto decían que abundaba unas millas más allá.» Y cerró con una honradez científica poco común: «Si la creencia en su existencia no fuera tan firme y tan general, la descartaría como un mito. La consigno aquí con la esperanza de que futuros exploradores del Gobi tengan más suerte que nosotros.» El índice del propio libro lo archiva como «animal probablemente mítico».
Es decir: el hombre al que se atribuye el descubrimiento del Gusano de la Muerte nunca afirmó que existiera, nunca dio con un testigo de primera mano y lo publicó como un enigma por resolver.
Lo que sí encontró esa temporada es la razón por la que alguien recuerda hoy la expedición. El 1 de septiembre de 1922 la caravana levantó el campamento de Artsa Bogdo; tres días después, mientras Andrews preguntaba el camino en un grupo de yurtas, el fotógrafo J. B. Shackelford se alejó media milla hacia el norte, se asomó al borde de una cuenca roja que nadie había cartografiado y recogió un cráneo blanco de un pináculo de arenisca. Era un Protoceratops. Walter Granger juntó fragmentos de cáscara que resultaron ser huevos de dinosaurio. Bautizaron el lugar como los Acantilados Llameantes; hoy es Bayanzag, el yacimiento fósil más célebre de Asia. Las mismas ocho semanas dieron los huevos de dinosaurio y el gusano de la muerte.
La parte mongola de esta historia es más antigua y funciona de otra manera. Ágnes Birtalan, especialista en lenguas y folclore mongoles de la Universidad Eötvös Loránd de Budapest, explicó a Atlas Obscura que la tradición oral sobre el olgoi khorkhoi puede remontarse a generaciones, y que khorkhoi —que suele traducirse por «gusano»— funciona como nombre tabú: una palabra que muchas culturas mongolas empleaban para animales considerados peligrosos, literal o metafísicamente, y en especial para las serpientes, incluidas las inofensivas. Un nombre tabú es una forma de hablar de algo peligroso sin nombrarlo, y una descripción zoológica fallida es otra cosa.
Después vino la capa soviética. Según la investigación de Mark Hay para Atlas Obscura, el geógrafo A. D. Simukov en los años veinte y el paleontólogo y novelista Iván Yefrémov en los cuarenta recogieron relatos del Gobi. Hay cita a un hombre de Dalanzadgad que le dijo a Yefrémov a mediados de los cuarenta: «Nadie sabe qué son. Pero el olgoi khorkhoi es el horror.» Y en 1983 el conservacionista Yuri Gorélov, al que señalaron un nido cercano, metió la mano desnuda en una madriguera y sacó una boa de arena tártara: una serpiente rechoncha, excavadora y sin veneno. Los mongoles a quienes se la enseñó, según se cuenta, la llamaron olgoi khorkhoi.
Ahí debería haber terminado todo. En vez de eso, la historia cruzó a Centroeuropa. En 1990 el ingeniero y aventurero checo Ivan Mackerle (1942-2013) voló a Ulán Bator con tres compañeros y se pasó dos meses cruzando el desierto, copiando un artefacto de Dune para montar un «golpeador» que percutía el suelo con la esperanza de hacer salir al animal. Volvió en 1992 con pequeños explosivos y en 2004 con una avioneta. No encontró nada, tres veces; pero sus informes, fotografías y documentales convirtieron un conjunto difuso de relatos locales en un monstruo único y vendible, rojo, carnoso y sin ojos, pese a que, como señala Hay, la mayoría de los testimonios locales describen algo corto, pardo y escamoso. El Centre for Fortean Zoology de Richard Freeman repitió el intento en mayo de 2005, con octavillas de recompensa repartidas por adelantado y trampas, y tampoco encontró nada; los testimonios que recogió, fechados entre 1930 y 2004, describían otra vez criaturas cortas, pardas, escamosas y con aire de boa.
Ya mayor, Mackerle le dijo a Atlas Obscura que se había vuelto «más escéptico respecto a todo». No tenía planes de volver.
Cronología: los hechos documentados de Gusano de la Muerte de Mongolia
- Mayo de 1922, Urga En una reunión del Consejo de Ministros en Urga, tras firmar los permisos de la Expedición de Asia Central, el primer ministro mongol pide a Roy Chapman Andrews que capture un ejemplar del allergorhai-horhai. Andrews anota que ninguno de los presentes lo había visto, que el primer ministro conocía a un hombre que sí y que un ministro ofreció como testigo adicional a «el primo de la hermana de su difunta esposa».
- 1-4 de septiembre de 1922 Tres días después de dejar Artsa Bogdo, el fotógrafo J. B. Shackelford encuentra un cráneo de Protoceratops en un pináculo de arenisca dentro de una cuenca roja no cartografiada. Walter Granger recoge fragmentos de cáscara que resultan ser huevos de dinosaurio. La expedición bautiza el lugar como los Acantilados Llameantes, hoy Bayanzag. La misma temporada dio los fósiles y el relato del gusano.
- 1926 Andrews publica On the Trail of Ancient Man (G. P. Putnam's Sons, Nueva York). El episodio de Urga está en el capítulo V: la criatura «tiene forma de salchicha, mide unos dos pies, carece de cabeza y de patas, y es tan venenosa que basta tocarla para morir en el acto». Es el texto por el que el olgoi-khorkhoi entra en la letra impresa occidental.
- 1932 En The New Conquest of Central Asia (American Museum of Natural History), Andrews le da epígrafe propio, «The Allergorhai Horhai», y lo llama «probablemente un animal enteramente mítico». Añade que nunca encontró a un mongol dispuesto a admitir que lo hubiera visto, y que el hábitat señalado quedaba siempre «unas millas más allá». El índice del libro lo archiva como «animal probablemente mítico».
- Años veinte-cuarenta Según la investigación de Mark Hay, el geógrafo soviético A. D. Simukov (años veinte) y el paleontólogo y novelista Iván Yefrémov (años cuarenta) recogen relatos del Gobi sobre la criatura. Hay cita a un hombre de Dalanzadgad que le dijo a Yefrémov a mediados de los cuarenta: «Nadie sabe qué son. Pero el olgoi khorkhoi es el horror.»
- 1983 Al conservacionista Yuri Gorélov le señalan un nido cercano del gusano de la muerte; mete la mano en la madriguera y saca una boa de arena tártara, serpiente rechoncha, excavadora y sin veneno. Los mongoles a quienes se la enseña en la zona, según se cuenta, la identifican como olgoi khorkhoi. Sigue siendo la única prueba de campo que ha tenido la identificación.
- 1990 El ingeniero y aventurero checo Ivan Mackerle (1942-2013) llega a Mongolia con tres compañeros y pasa dos meses cruzando el Gobi. Como nadie sabe decirle qué come el gusano, copia un artefacto de Dune y monta un «golpeador» que percute el suelo para hacerlo salir. No aparece nada.
- 1992 La segunda expedición de Mackerle cambia el golpeador por pequeños explosivos. En ese viaje se encuentra con un chamán que, según lo contó Mackerle, le dijo que el gusano «no es una criatura viva de carne y hueso», sino «un ser maligno sobrenatural. [Un] demonio del desierto», y le advirtió que no rompiera los tabúes locales.
- 2004 La tercera y última expedición de Mackerle peina dunas y matorrales desde una avioneta. Otra vez nada. Ya mayor, le dijo a Atlas Obscura que se había vuelto «más escéptico respecto a todo» y que no tenía ganas de volver a Mongolia.
- Mayo de 2005 Richard Freeman y tres colegas del británico Centre for Fortean Zoology organizan su propia expedición: reparten por adelantado octavillas con recompensa por el Gobi y acaban recurriendo a trampas pequeñas cuando se cae su plan de represar arroyos. No encuentran ninguna prueba, y recopilan testimonios de primera mano fechados entre 1930 y 2004 que describen mayoritariamente criaturas cortas, pardas, escamosas y con aire de boa.
- 2006 La Mongolian Red List of Reptiles and Amphibians (Sociedad Zoológica de Londres) confirma 21 especies de reptiles en el país. El único bóido es Eryx tataricus, la boa de arena tártara, en mongol temeen suul mogoi («serpiente cola de camello»), evaluada como Casi Amenazada y presente exactamente en los hábitats áridos y arenosos del Gobi que describió Andrews. No se registra ninguna anfisbena ni ningún escinco en Mongolia.
- 2014 Benjamin Radford, subdirector de Skeptical Inquirer, publica un análisis escéptico en Live Science: ni ejemplar, ni cadáver, ni fotografía después de un siglo, en un desierto que conserva bien los cadáveres y donde la gente sabe que hay recompensas. Señala además que ninguna serpiente terrestre reparte descargas eléctricas y que un veneno que corroa metal al contacto es físicamente imposible.
- 2025 El profesor Terbish Khayankhyarvaa, de la Universidad Nacional de Mongolia, publica una revisión de la herpetofauna del país con 24 especies de reptiles en siete familias: Gekkonidae, Agamidae, Lacertidae, Boidae, Colubridae, Crotalidae y Viperidae. Amphisbaenia, Scincidae y Elapidae están ausentes, lo que elimina de las explicaciones posibles a la anfisbena, al escinco de arena y a la cobra escupidora.
¿Hay una explicación racional para Gusano de la Muerte de Mongolia?
La fuente primaria es más escueta que la leyenda. Andrews consignó, en 1926 y otra vez en 1932, una creencia que encontró universal en el norte de Mongolia y una descripción que encontró consistente. También consignó que jamás dio con un mongol dispuesto a admitir que lo hubiera visto, y que allá donde iba la gente «de ese punto concreto decía que abundaba unas millas más allá». Esa segunda observación es la prueba más afilada que nadie ha aportado sobre el gusano de la muerte, y viene del hombre al que se cita como su descubridor: un hábitat que se aleja a medida que llega el observador es lo que hace un relato sobre el lugar de al lado.
El candidato zoológico que aguanta el escrutinio es una serpiente real, protegida e inofensiva. La boa de arena tártara, Eryx tataricus, es el único bóido de Mongolia. La Mongolian Red List of Reptiles and Amphibians, compilada por Kh. Terbish y colaboradores para la Sociedad Zoológica de Londres en 2006, la sitúa en «hábitats de desierto frío con colinas bajas de arena, lechos de río secos asociados al saxaul y oasis con tamariscos» y cañaverales, en el Gobi de Alashán y el Transaltaico. Andrews escribió que al gusano «se le atribuye vivir en las regiones más áridas y arenosas del Gobi occidental», y el solapamiento es casi exacto. El nombre mongol de la serpiente, en esa misma lista roja, es temeen suul mogoi, «serpiente cola de camello»: roma por los dos extremos, justo la forma que describe la gente. Es una constrictora sin veneno alguno. En 1983 Yuri Gorélov hizo la única prueba de campo que ha tenido esta hipótesis: sacó una de una madriguera señalada como nido del gusano de la muerte y la gente del lugar la identificó por su nombre. El apunte lingüístico de Ágnes Birtalan cierra el argumento: khorkhoi era una palabra tabú aplicada a animales peligrosos y muy en especial a las serpientes, incluidas las inofensivas. Leído así, el olgoi khorkhoi fue siempre una manera de hablar y nunca una especie por descubrir.
El candidato zoológico que no aguanta el escrutinio es justo el que se repite en todas partes. Benjamin Radford, subdirector de Skeptical Inquirer, resumió la posición estándar en Live Science en 2014: el consenso entre investigadores como Karl Shuker y Richard Freeman es que el animal no existe y que la creencia se apoya en avistamientos de «un tipo de reptil ápodo conocido como [anfisbena]… o de algún tipo de boa de arena». La mitad de la boa se sostiene; la de la anfisbena falla por geografía. En Mongolia no hay anfisbenas. La lista roja de 2006 fija en 21 las especies de reptiles confirmadas en el país, y la revisión más reciente de la herpetofauna mongola, firmada por el profesor Terbish Khayankhyarvaa, de la Universidad Nacional de Mongolia, en los Proceedings of the Institute of Biology de 2025, tabula 24 especies de reptiles en siete familias: Gekkonidae, Agamidae, Lacertidae, Boidae, Colubridae, Crotalidae y Viperidae. En ninguna de las dos listas aparece Amphisbaenia, y tampoco hay escincos, lo que liquida de paso la explicación del «escinco de arena» que circula junto a la anterior. Vea lo que vea la gente en el Gobi, allí no hay anfisbenas que ver.
Los rasgos letales no tienen candidato zoológico ninguno, y además faltan en el registro más antiguo. Ninguno de los dos libros de Andrews menciona ácido, electricidad ni muerte a distancia; sus informantes decían que el animal era venenoso al tacto. El escupitajo y la descarga eléctrica pertenecen a la literatura moderna. Radford señala lo obvio en física: ninguna serpiente terrestre reparte descargas eléctricas letales, y un veneno que corroa metal al contacto es imposible. Las mismas listas responden a la cobra escupidora: la familia Elapidae, a la que pertenecen las cobras escupidoras, falta en las dos. Las serpientes venenosas mongolas son crotalinos y víboras —Gloydius halys, Gloydius ussurensis, Vipera berus, Vipera ursinii— y ninguna escupe.
Y luego está la ausencia misma. El argumento de Radford es simple y difícil de rebatir: después de un siglo de interés, de recompensas en metálico repartidas por el Gobi, de tres expediciones de Mackerle, de una del Centre for Fortean Zoology y de una ristra de producciones televisivas, sigue sin haber ejemplar, ni cadáver, ni hueso, ni fotografía. Un desierto cálido con pocos carroñeros conserva los cadáveres inusualmente bien, y la gente que vive allí sabe de sobra que los extranjeros ofrecen dinero.
Tres afirmaciones que el registro no sostiene. Atlas Obscura fecha la reunión de Andrews con el gabinete en 1919; los dos libros del propio Andrews sitúan la negociación de Urga en mayo de 1922. La idea de que el gobierno comunista mongol prohibió hablar del gusano le llega a Atlas Obscura de segunda mano, y el propio artículo la matiza. Mackerle concluyó que «solo nos queda una explicación… una criatura relicta completamente desconocida»; ninguna de sus tres expediciones trajo nada que lo apoyara.
Lo que la boa deja sin explicar. La identificación con la boa de arena explica el nombre y la forma y deja sin explicar algunos de los rasgos reportados, y por eso Shuker y Freeman la rechazan: Freeman le dijo a Atlas Obscura que cree que el animal es mundano, pero que algún reptil no identificado encaja mejor con los relatos. El Gobi es enorme y está poco prospectado. Lo que ha fallado todas las pruebas es la criatura concreta que describe internet: roja, sin ojos, escupiendo ácido, de metros de largo. Esa se ensambló fuera de Mongolia y sobre todo después de 1990, y Birtalan advirtió de que la leyenda la moldean cada vez más los forasteros que vienen a buscarla.
¿Se puede visitar Gusano de la Muerte de Mongolia?
El gusano de la muerte no tiene dirección postal, y Bayanzag —los Acantilados Llameantes— es el único lugar del relato con coordenadas fijas: 44°08′19″N, 103°43′40″E, en el sum de Bulgan, provincia de Ömnögovi. Medido en línea recta sobre las coordenadas publicadas, queda a unos 84 km al noroeste de Dalanzadgad, la capital provincial, un pueblo de 32.674 habitantes a 1.470 metros de altitud y a 540 km al sur de Ulan Bator. Andrews bautizó los acantilados en la expedición de 1922, las mismas ocho semanas en que le pidieron que trajera un allergorhai-horhai, y su descripción de un fondo de cuenca «casi empedrado de huesos» es el capítulo IX de On the Trail of Ancient Man. Los acantilados siguen siendo un yacimiento fosilífero activo.
El animal que hay detrás del nombre, si hay alguno, es con más probabilidad la boa de arena tártara, Eryx tataricus, el temeen suul mogoi. La lista roja mongola de reptiles y anfibios de 2006 la sitúa entre los 700 y los 1.800 metros de altitud, en colinas bajas de arena, en lechos secos con saxaul, sobre todo en el Borzongiin Govi, en Nogoon Tsav, en Toli Bulag, a lo largo del río Ekh, en el Gobi Transaltaico, con alrededor de un tercio de su área mongola dentro de espacios protegidos. Esa lista la evalúa como Casi Amenazada, después de figurar como Rara en los Libros Rojos mongoles de 1987 y 1997, y está en el Apéndice II de CITES. Entre las amenazas nombra la minería y la sequía, además de la desecación de los puntos de agua.
El acceso a las áreas estrictamente protegidas del Gobi Transaltaico va por permiso y en la práctica exige vehículo con guía local. Las tarifas y las temporadas cambian, y aquí no se reproduce ninguna.
Khorkhoi es una palabra tabú antes que el nombre de una especie. Cuando Ivan Mackerle fue a buscarlo en 1992, un chamán le dijo que aquello, según el propio Mackerle, «no es una criatura viva de carne y hueso», sino «un ser maligno sobrenatural. [Un] demonio del desierto», y le advirtió de que no rompiera los tabúes locales. Mackerle volvió tres veces y no encontró nada de nada.
Fuentes consultadas
- Roy Chapman Andrews, «On the Trail of Ancient Man: A Narrative of the Field Work of the Central Asiatic Expeditions (chapter V, pp. 102-103; chapter IX, pp. 164-181)» — G. P. Putnam's Sons, New York, 1926 libro
- Roy Chapman Andrews, «The New Conquest of Central Asia, Natural History of Central Asia vol. I — section "The Allergorhai Horhai", p. 62» — The American Museum of Natural History, New York, 1932 libro
- Kh. Terbish, Kh. Munkhbayar, E. L. Clark, J. Munkhbat and E. M. Monks (compilers), «Mongolian Red List of Reptiles and Amphibians, Regional Red List Series vol. 5 (Eryx tataricus, pp. 48-49; species list, Annex II)» — Zoological Society of London, 2006 informe
- Terbish Khayankhyarvaa (National University of Mongolia), «Species Composition, Distribution, and Conservation of Amphibians and Reptiles of Mongolia» — Proceedings of the Institute of Biology 41, pp. 76-81, 2025 académico
- Mark Hay, «Inside the Decades Long Hunt for the Mongolian Death Worm» — Atlas Obscura, 30 April 2024, 2024 web
- Benjamin Radford, «Mongolian Death Worm: Elusive Legend of the Gobi Desert» — Live Science, 2014 web
Ficha revisada por V. Serrano el 31/07/2026 · Cómo verificamos el contenido
📎 Fuente: Folclore (curado)
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