Ucumar es un críptido —una criatura cuya existencia no está confirmada por la ciencia— del que se han reportado avistamientos cerca de Noroeste argentino, AR. Este expediente reúne los relatos y el folclore que lo rodean.
¿Dónde y cuándo se ha avistado a Ucumar?
Ubicación
Noroeste argentino, AR
Fecha del avistamiento
Desconocido
Coordenadas
-23.609, -64.818
Testimonios
0
Última actualización
UBICACIÓN
¿Qué es Ucumar?
El Ucumar es el hombre-oso del noroeste argentino y el sur de Bolivia, y su nombre zanja casi toda la discusión antes de empezarla. Ucumari en quechua y hucumari en aimara significan simplemente oso: las entradas están impresas en el vocabulario que Antonio Ricardo sacó en Lima en 1586, en el diccionario quechua de Diego González Holguín de 1608 y en el aimara de Ludovico Bertonio de 1612, y el animal es Tremarctos ornatus, el oso andino. En el folclore, el Ucumar no es una criatura esquiva del monte, sino el villano de un cuento de rapto: Berta Vidal de Battini publicó siete versiones recogidas en Salta, Jujuy y Formosa y las clasificó dentro del ciclo internacional del hijo del oso. La impresión más antigua de la palabra como criatura suelta que puede fecharse es una noticia del 7 de septiembre de 1901 en la que el Ucumar resulta ser un exconvicto llamado Pedro Ocampo. En especie candidata no se convirtió hasta 1961, cuando Ivan T. Sanderson archivó tres recortes argentinos junto al yeti. Los zoólogos, mientras tanto, tienen un problema peor: desde 2012 la evidencia publicada no basta para demostrar que el oso viva en la Argentina.
¿Cuál es la historia de Ucumar?
El Ucumar es el único ser de este catálogo cuyo nombre se puede consultar en un diccionario impreso antes de 1600, y el diccionario zanja la cuestión.
En 1586, el impresor Antonio Ricardo —la primera imprenta de América del Sur— sacó en Lima el anónimo Arte, y vocabulario en la lengua general del Peru llamada Quichua, y en la lengua española. La palabra aparece dos veces, una en cada dirección. En la mitad quechua-castellano: «Vcumari. osso animal.» En la mitad castellano-quechua: «Osso animal. vcumari.» Sin epíteto, sin leyenda, sin matices. Oso, el animal.
Diego González Holguín la repitió en su Vocabulario de la lengua general de todo el Peru llamada lengua Qquichua o del Inca (Lima, 1608): «Osso animal. Vcumari.» Cuatro años después, el jesuita Ludovico Bertonio, que trabajaba en Juli, a orillas del Titicaca, imprimió el equivalente aimara en su Vocabulario de la lengua aymara (1612): «Osso animal. Hucumari.» Tres repertorios independientes, dos lenguas, veintiséis años, una sola glosa. El animal glosado es Tremarctos ornatus, el oso andino o de anteojos, el único oso de América del Sur, y que en Bolivia se sigue llamando hoy jucumari.
Es decir: el folclore parte de un animal conocido, no de uno desconocido. Lo que el folclore hace con él es un cuento, y ese cuento tiene número de catálogo.
En el tomo VIII de Cuentos y leyendas populares de la Argentina (Ediciones Culturales Argentinas, Buenos Aires, 1984), la folclorista Berta Elena Vidal de Battini publicó siete versiones de «El Ucumar» recogidas en las provincias de Salta, Jujuy y Formosa, en las páginas 823 a 832; en el tomo VI ya había publicado tres versiones de «El hijo del oso», de San Luis, Jujuy y La Rioja. No he manejado ninguno de los dos volúmenes: lo que cito es la nota 6 del artículo que Graciela Hernández publicó en 2018 en Revista nuestrAmérica, donde constan los tomos, el intervalo de páginas, el número de versiones y las provincias, y donde se añade que Vidal de Battini clasificó los relatos como tipos Aarne-Thompson 301 A y 301 B. Ese es el ciclo del hijo del oso —Juan del Oso, Jean de l'Ours—, uno de los argumentos más recogidos del repertorio europeo e hispanoamericano. Hernández anota además el detalle que más importa para leer el corpus con honradez: en una de las siete versiones es una ucumar hembra la que rapta a un varón, y en otra el Ucumar come maíz crudo en una chacra. El motivo que se repite es el rapto y el hijo de fuerza descomunal, no el de un animal esquivo entrevisto entre los árboles.
Una de esas tres provincias plantea un problema que conviene decir en voz alta en vez de disimularlo. Formosa es llanura chaqueña, no selva nublada de yungas, y allí no hay oso andino bajo ninguna hipótesis. El cuento viaja más lejos que el animal.
La aparición más antigua de la palabra impresa como nombre de una criatura suelta que he podido fechar no está en una colección de folclore. Es una noticia. El 7 de septiembre de 1901, el semanario porteño Caras y Caretas, número 153, publicó un reportaje fotográfico titulado «Rapto de una niña por el Ucumar». Su primera frase es una definición: «Con este vocablo designa el pueblo de Tucumán al legendario personaje que vive en el seno de los bosques, alejado de los hombres». Y a continuación describe lo que la policía capturó de verdad, en el campo de Napoleón Paz, en Las Cuchillas: un hombre «que viste ropas de cuero y usa utensilios y armas ofensivas y defensivas de las que usaban los hombres primitivos», que «vivía en el bosque y jamás nadie lo había visto». La muchacha que lo acompañaba, vestida como él, tenía trece años y había sido llevada a los once; la revista la nombra —María Natividad, hija de José Agustín Silva, vecino de La Ramada, en Burruyacú— y dice que fue devuelta a su padre. Y nombra al hombre: «El Ucumar llamado Pedro Ocampo adoptó la vida salvaje hace muchos años, después de haber salido de la cárcel.» Los pies de foto lo llaman «El Ucumar Pedro Ocampo (a) el Carancho». El historiador tucumano Carlos Páez de la Torre (h) devolvió esa página a la circulación en La Gaceta en julio de 2019, y por ahí llegó el caso a la prensa moderna.
Antes de ser un críptido, el Ucumar fue también un título de libro. En 1920, Argentines of Today, de la Hispanic Society of America, ya listaba El Ucumar entre las obras de Ricardo Rojas y lo describía como «a short novel of country life», una novela corta de vida campesina; el National Union Catalog y la ficha de OpenLibrary registran una segunda, Ucumar, novela autóctona argentina, de Pedro Heredia, publicada en Buenos Aires por El Ateneo en 1944. La palabra tuvo carrera literaria en la Argentina durante al menos cuatro décadas antes de que nadie la propusiera como especie.
Cronología: los hechos documentados de Ucumar
1586El anónimo Arte, y vocabulario en la lengua general del Peru llamada Quichua se imprime en Lima en casa de Antonio Ricardo, la primera imprenta de América del Sur. Glosa la palabra en las dos direcciones: «Vcumari. osso animal» en la mitad quechua-castellano y «Osso animal. vcumari» en la castellano-quechua. Ese mismo libro glosa «Diablo» como çupay.
1608El Vocabulario de la lengua general de todo el Peru llamada lengua Qquichua o del Inca, de Diego González Holguín —el más citado de los diccionarios quechuas coloniales—, repite la entrada en su libro castellano-quechua: «Osso animal. Vcumari».
1612El jesuita Ludovico Bertonio imprime en Juli, a orillas del Titicaca, su Vocabulario de la lengua aymara. La mitad castellano-aimara trae el equivalente: «Osso animal. Hucumari». La glosa queda así atestiguada en dos lenguas andinas y tres repertorios independientes en veintiséis años.
7 de septiembre de 1901Caras y Caretas (Buenos Aires), número 153, publica «Rapto de una niña por el Ucumar»: el uso impreso más antiguo de la palabra como nombre de una criatura suelta que he podido fechar. La propia noticia identifica al «Ucumar» capturado como Pedro Ocampo, alias el Carancho, un exconvicto que vivía en el monte, y nombra a la muchacha hallada con él, María Natividad, hija de José Agustín Silva, de La Ramada, en Burruyacú, devuelta a su padre.
1920Argentines of Today, de la Hispanic Society of America, lista El Ucumar entre las obras publicadas de Ricardo Rojas y lo describe como «a short novel of country life», una novela corta de vida campesina. Eso fija la palabra como título literario en la Argentina no más tarde de 1920; una segunda novela, Ucumar, novela autóctona argentina, de Pedro Heredia, aparece en El Ateneo en 1944.
1957Según Sanderson, el diario carioca Ultima Hora informa de grandes huellas humanoides en la provincia de Salta y de un periodista que encuentra el pueblo de «Tolor Grande» alborotado por gritos nocturnos procedentes de las «montañas Curu-Curu», tenidas por guarida del Ukumar-zupai. El pueblo es Tolar Grande, a unos 3.520 m en la Puna de Atacama, rodeado de salares: desierto sin árboles, y no territorio de osos bajo ninguna lectura.
1961Ivan T. Sanderson publica Abominable Snowmen: Legend Come to Life (Chilton, Filadelfia). En la página 388 encaja tres recortes sudamericanos «que me ha enviado Bernard Heuvelmans» —las huellas de 1956 del geólogo Audio L. Pich, la noticia de Ultima Hora de 1957 y un caso chileno de «hombre-mono» de 1958— dentro de su esquema mundial de homínidos desconocidos. Esa es la conversión: desde esa página, el ucumar se archiva con el yeti y el sasquatch, y no con el oso.
1984Berta Elena Vidal de Battini publica siete versiones de «El Ucumar», recogidas en Salta, Jujuy y Formosa, en las páginas 823-832 del tomo VIII de Cuentos y leyendas populares de la Argentina, y las clasifica como tipos Aarne-Thompson 301 A y 301 B, el ciclo del hijo del oso. En una versión es una ucumar hembra la que rapta a un varón. (Citado aquí a través de la nota 6 de Hernández 2018; no he manejado el volumen.)
2012Rumiz, Brown, Perovic, Chalukian, Cuyckens, Jayat, Falke y Ramadori publican «El ucumar (Tremarctos ornatus), mito y realidad de su presencia en la Argentina» en Mastozoología Neotropical: contrastan 34 registros publicados con más de 800 puntos de relevamiento que dieron yaguareté, tapir y monos pero ningún oso, y concluyen que no hay evidencia suficiente para afirmar que T. ornatus esté presente en la Argentina.
Julio de 2019El historiador tucumano Carlos Páez de la Torre (h) publica «Un 'Ucumar' tucumano» en La Gaceta y devuelve a la circulación la página de Caras y Caretas de 1901. La fotografía —un hombre con gorra, pieles sobre el pecho y una bolsa de tela en la mano— ha sido después coloreada y recirculada en internet como «la imagen que sembró el miedo en Tucumán».
21 de abril de 2022El diario salteño El Tribuno publica el relato de Ángel Armando Pacheco, exboxeador de 52 años, que dice haber alumbrado la noche del 12 de abril, en Pasteadero Chico cerca de Metán, «esa cosa, era como un gorila grande, peludo y color oscuro» a unos 25 metros. Da su nombre y su cara; del episodio no sale ninguna fotografía, molde, pelo ni muestra genética.
2022Abba y veintiocho coautores publican en Mastozoología Neotropical la categorización de los mamíferos de Argentina de 2019. De toda la fauna nacional de mamíferos, una sola especie quedó sin evaluar: «una especie no fue evaluada (Tremarctos ornatus) debido a controversias con respecto a su presencia en territorio argentino». Sigue siendo la posición oficial a agosto de 2026.
¿Hay una explicación racional para Ucumar?
La línea escéptica habitual sobre el Ucumar es que los testigos están viendo a un oso andino erguido sobre las patas traseras. Es una explicación pulcra y tiene un agujero: puede que no haya osos.
En 2012, ocho mastozoólogos argentinos y bolivianos —Damián I. Rumiz, Alejandro D. Brown, Pablo G. Perovic, Silvia C. Chalukian, G. A. Erica Cuyckens, Pablo Jayat, Fernando Falke y Daniel Ramadori— publicaron en Mastozoología Neotropical un trabajo cuyo título es ya el argumento entero: «El ucumar (Tremarctos ornatus), mito y realidad de su presencia en la Argentina». Cogieron los 34 registros publicados y georreferenciados que se reclamaban para la especie en el noroeste argentino, todos entre los 22º21'–24º15'S y los 64º09'–65º12'O, y los contrastaron con más de 800 puntos de relevamiento de la misma región —403 puntos de signos, observaciones y reportes locales, 166 entrevistas en áreas de ganadería trashumante y más de 270 estaciones de trampa cámara— que habían dado yaguareté, tapir, monos y ataques de carnívoros al ganado, y ningún oso. Su conclusión, literal: «los autores de esta nota sostenemos que no existe evidencia suficiente para afirmar que T. ornatus está presente en Argentina». Dejan constancia además de que reportes de este tipo llevaron a la evaluación de la UICN de 2008 a atribuir a la Argentina una población de unos 400 osos, cifra que se eliminó sin ruido en la versión siguiente.
Esa postura no ha caducado. Cuando la categorización de los mamíferos de Argentina de 2019 se publicó en 2022, firmada por Abba y veintiocho coautores, una sola especie de toda la fauna nacional quedó sin evaluar, y fue esta: «una especie no fue evaluada (Tremarctos ornatus) debido a controversias con respecto a su presencia en territorio argentino». A agosto de 2026 ese sigue siendo el estatus. El oso está documentado del lado boliviano, en Tarija, cerca de la frontera; del lado argentino es una pregunta abierta, no un hecho.
Ese mismo trabajo de 2012 es también la mejor descripción de campo de cómo se fabrican los avistamientos, y es insólitamente franco sobre el incentivo. En el noroeste argentino, escriben los autores, «la realidad zoológica se mezcla con el mito y el ucumar representa un ser sobrenatural, cuyo aspecto no siempre concuerda con el del oso», y protagoniza historias «generalmente oídas de terceros» sobre gritos escuchados en el bosque, piedras empujadas pendiente abajo y personas secuestradas y atacadas sexualmente por ese ser. Añaden que a la gente del lugar le gusta contar esos relatos y responde de manera positiva, y a veces exagerada, al visitante ávido de saber más; que la información se tergiversa todavía más cuando el interés por encontrar al ucumar es explícito y se le está pagando a un guía local; y —la frase que debería cerrar el debate sobre los inventarios basados en testigos— que en sus propias entrevistas de fauna, más neutras, los reportes de monos, tapir, yaguareté y puma resultaron útiles y corroborables en el campo, «pero en nuestra experiencia el ucumar nunca fue mencionado como un animal silvestre que la gente reconociera».
El expediente de 1901 es el mejor caso de control que tiene el asunto, porque es la única vez en que alguien fue a mirar. Caras y Caretas contó una criatura y una captura policial en el mismo párrafo, y la criatura resultó ser Pedro Ocampo, un hombre que se había echado al monte al salir de la cárcel. La revista no tuvo que desmentir nada: la identificación llegó con la noticia. No ha vuelto a pasar. El episodio moderno más difundido, el de abril de 2022, es un relato de testigo único: Ángel Armando Pacheco, exboxeador de 52 años, contó al diario salteño El Tribuno que en Pasteadero Chico, cerca de Metán, sus perros se volvieron, y que «cuando alumbré hacia adelante quedé completamente aterrado porque ahí estaba esa cosa, era como un gorila grande, peludo y color oscuro», robusto, de andar lento, de alrededor de 1,70 metros y ojos rojos, visto a unos 25 metros con una linterna. Es un relato. No hay fotografía del animal, ni molde de huella, ni pelo, ni excremento, ni trabajo genético; y a fecha de agosto de 2026 no se ha publicado ninguno para ninguna reclamación argentina de ucumar.
Queda un detalle que conviene pesar, porque es un hecho sobre el nombre y no sobre el animal. El testigo que echa mano de la palabra ucumar ya ha dicho «oso» en quechua antes de describir nada, y —en la forma que registró Sanderson, ukumar-zupai— ha dicho también «diablo», porque el vocabulario limeño de 1586 glosa «Diablo» como çupay. El nombre no es un testimonio neutro. Es una categoría, y estaba esperando.
¿Se puede visitar Ucumar?
No hay ningún lugar del Ucumar: ni vitrina de museo, ni monumento, ni cueva señalizada. Lo que sí hay, curiosamente, es un Ucumar en el mapa.
El Ucumar, departamento de La Caldera, Salta. Un paraje con ese nombre está en la Ruta Nacional 9, el camino de cornisa que sube de la ciudad de Salta a Jujuy, unos 20 a 22 km al norte de La Caldera. Su posición no la fija un folleto turístico, sino etiquetas de ejemplares científicos: la monografía de Phoradendron que Job Kuijt publicó en 2003 registra recolecciones en «Depto. La Caldera, El Ucumar, road to Jujuy, Ruta 9, Km 1642-1646», y la revisión del género de escarabajos Ontherus que François Génier publicó en 1996 sitúa «El Ucumar» a 780 m y a 1.550 m, que es la franja altitudinal de la selva nublada de yungas. El municipio de La Caldera mantiene una página turística de El Ucumar, pero a agosto de 2026 es una plantilla sin rellenar —encabezados de horarios, dirección y servicios, todos vacíos—, así que cualquier horario que encuentres para el paraje conviene darlo por no verificado. La cornisa en sí es una carretera de montaña estrecha, sinuosa y propensa a la niebla, con mal historial de seguridad y desmoronamientos que se reparan a menudo: se hace de día y sin prisa.
Parque Nacional Calilegua, Jujuy. Es el parque de yungas que corresponde a las coordenadas de esta ficha y una de las áreas relevadas en la revisión de 2012. La administración de parques nacionales da un horario de 8.00 a 18.00 todos los días, con variación estacional (8.30 a 18.30 del 1 de abril al 30 de noviembre; 8.00 a 19.30 del 1 de diciembre al 31 de marzo). Se accede desde Libertador General San Martín, a unos 112 km al norte de San Salvador de Jujuy por la RN 34; pasado el puente sobre el río San Lorenzo arranca la RP 83, un camino de ripio consolidado que atraviesa 23 km del parque, con la entrada a unos 8 km. Un único colectivo diario hacia San Francisco y Valle Grande sale de Libertador a las 8.00 y cruza el parque: hay que pedirle al conductor que te deje en Aguas Negras. La RP 83 es camino de cornisa; en moto o en bicicleta hay que contar con firme suelto y curvas ciegas. Conviene llevar agua: el parque tiene más de 76.000 hectáreas de selva nublada y muy poca infraestructura.
Metán y Rosario de la Frontera, Salta. Los relatos de 2022 salieron de Pasteadero Chico, zona rural de Metán, sobre el corredor de las rutas 9 y 34. Son pueblos de trabajo corrientes, con hoteles y autobuses, no destinos montados sobre la leyenda; el campo donde se dijo ver al animal es propiedad privada y no hay nada que ver.
Un aviso práctico, y no lo ponemos nosotros sino los biólogos. Rumiz y sus colegas señalan que los reportes de ucumar se multiplican cuando el interés del visitante es explícito y se le está pagando a un guía local. Si vas a las yungas, ve por las yungas: por el tapir, por el territorio del yaguareté, por las bromelias y por los novecientos metros de ascenso a través de un bosque que cambia. Pagar a alguien para que te enseñe un ucumar es una forma segura de que te enseñe uno.
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