En el folclore argentino El Familiar es la excepción que se puede poner en un mapa.
¿De dónde viene la leyenda de El Familiar?
Ubicación
Tucumán (ingenios azucareros), Argentina
Tipo de leyenda
Maldición
Coordenadas
-26.808, -65.218
Última actualización
UBICACIÓN
¿Cuál es la leyenda de El Familiar?
No pertenece a los caminos ni al descampado: pertenece al ingenio azucarero, y casi a nada más. Kirsten Mahlke, que estudió el mito en la Universität Konstanz, fecha su primera aparición hacia la década de 1880 —una precisión insólita para un mito, y que va detrás de la industria, despegada en Tucumán en los años setenta del siglo XIX al calor del ferrocarril y los aranceles proteccionistas—. La forma canónica es un perro negro de ojos encendidos que arrastra una cadena de hierro, y el pacto que hay detrás no lo firma el trabajador, sino el patrón: el dueño del ingenio acuerda con el diablo —Supay, en las versiones que conservan el nombre andino— que el animal guardará su fortuna a cambio de un obrero al año. La antropóloga Karina Ciolli resume la estructura que comparten las variantes: concede dinero y prosperidad económica a cambio del sacrificio de trabajadores, de cuya sangre se alimenta.
El Familiar tiene una peculiaridad que lo separa de casi todo el folclore argentino: se le puede dibujar el mapa. Aparece donde hay ingenio azucarero y prácticamente en ningún otro sitio. Kirsten Mahlke, que lo estudió desde la Universität Konstanz, añade otro dato incómodo: su primera aparición «data aproximadamente de los años 80 del siglo XIX, una precisión inusual para un mito». Un relato de terror con domicilio industrial y partida de nacimiento merece que se le pregunte por qué.
La forma canónica es un perro negro de ojos encendidos que arrastra una cadena de hierro. El pacto lo firma el patrón: el dueño del ingenio acuerda con el diablo —Supay o Zupay en las versiones que recogen el nombre andino— que el animal guardará su fortuna a cambio de un obrero al año. Hay variantes bien documentadas: un viborón de cabeza felina, un perro sin cabeza que duerme en sótanos y calderas «siempre cercanos al patrón», una figura humana. La antropóloga Karina Ciolli (CONICET) resume la estructura común: el Familiar «otorga dinero y prosperidad económica a cambio del sacrificio de trabajadores, de cuya sangre se alimenta».
La industria que le dio casa despegó en Tucumán en la década de 1870, empujada por el ferrocarril, el proteccionismo y el crédito estatal. El problema de aquellos ingenios no fue la caña, fue conseguir brazos: la estructura campesina tucumana resistía el trabajo asalariado. Los industriales recurrieron a migrantes de Santiago del Estero y Catamarca y a mecanismos de coacción que Ciolli enumera con la historiografía de Daniel Campi detrás: la papeleta de conchabo, obligatoria para toda persona en edad de trabajar en el campo; las leyes contra la «vagancia», que permitían perseguir a quien se resistiera al trabajo; y los anticipos de salario que convertían el empleo en deuda. La última ley de conchabos de la provincia se votó en 1888, propiciada por el gobernador Lídoro Quinteros. Mahlke añade la forma de pago: bonos canjeables solo en los almacenes de la plantación, y una jornada medida no en horas sino en tareas cumplidas. El historiador tucumano Eduardo Rosenzvaig lo resumió sin rodeos: «Acá los peones estaban capturados de por vida por sus deudas, entonces la única forma de dejar el ingenio era fugarse. Los patrones tenían hombres armados que trataban de impedirlo; cuando agarraban algún fugitivo lo mataban para dar el ejemplo».
Ese escenario tiene un protagonista. Quinteros compró junto al francés Clodomiro Hileret las 27.000 hectáreas de la estancia Santa Ana, en el sur tucumano, donde Hileret levantó el ingenio que la memoria local asocia al pacto: a fin de siglo tenía luz eléctrica, cincuenta kilómetros de vía férrea propia, central telefónica y diez escuelas para el personal, y los peones respondían ante treinta o cuarenta capataces con sus armas y sus perros. Hileret murió en alta mar en 1909 y, sin embargo, su nombre domina todos los relatos que Ciolli recogió en Santa Ana entre 2015 y 2018, cuando ya nadie vivo llegó a conocerlo.
El mito viajó con los trabajadores. En el complejo de Salta y Jujuy —Ledesma, La Esperanza, San Martín del Tabacal—, donde la mano de obra se obtuvo de la población indígena chaqueña, los etnógrafos Héctor Trinchero y Gastón Gordillo encontraron al Familiar en las narrativas tobas: no habitaba el monte, sino la fábrica y los cañaverales, asociado a capataces, encargados y Gendarmería. La socióloga Elisa Gianuzzi recoge un testimonio que la investigadora Forgione registró de Ricardo, santiagueño que fue a la zafra jujeña y preguntó en el ingenio Ledesma por qué desaparecía la gente. La respuesta que dice haber recibido de un empleado de la Administración es el mito reducido a contabilidad: «Nosotros cuando ocupamos a la gente para la zafra azucarera los anotamos en dos cuadernos distintos: uno para el que tiene familia, el otro para el que no tiene. Ése es para el diablo».
Los obreros criollos contaban otra cosa. En Santa Ana, un exobrero de Alpargatas nacido en una de las colonias del ingenio, al que Ciolli llama Mario, le narró en agosto de 2016 la historia de un santiagueño que consiguió un puñal bendecido, entró de noche en los túneles por los que Hileret se movía bajo el ingenio y peleó con el Familiar toda la noche, hasta que a las cinco de la mañana cantó el gallo; el perro le dijo que se había salvado por el puñal bendecido y por el canto del gallo. Después, según el relato, Hileret lo despachó en una mula cargada de plata para que no volviera nunca. Gordillo documentó ese mismo giro: los trabajadores criollos con experiencia en luchas colectivas «cuentan historias de hombres que lucharon con el Familiar e incluso lo mataron».
El dato que cierra el argumento es cuándo se calla el perro. Cuando el peronismo legalizó los sindicatos y nació en 1944 la Federación Obrera Tucumana de la Industria Azucarera, el Familiar se apagó: «El Familiar muere cuando nace la FOTIA en Tucumán», escribió N. Jabif en la revista Tiempo Argentino el 7 de julio de 1983, en un artículo titulado «El Familiar: ¿Leyenda o Fraude?». Y volvió cuando se desmanteló lo que la FOTIA había construido: tras el cierre de once ingenios por decreto en 1966 y, sobre todo, durante el Operativo Independencia de 1975. El periódico Estrella Roja, del PRT, lo escribió sin metáfora: «La Triple A es el perro Familiar de los 70».
Cronología: los hechos documentados de El Familiar
Década de 1870Arranca el despegue azucarero tucumano, empujado por el ferrocarril, el proteccionismo y el crédito estatal. La falta de brazos que la economía campesina local no aporta se vuelve el problema central de la industria.
Década de 1880Mahlke fecha en esta década la primera aparición del Familiar y señala que semejante precisión es inusual en un mito: coincide con la llegada de la industrialización tardía al noroeste.
1888Tucumán vota su última ley de conchabos, propiciada por el gobernador Lídoro Quinteros. Junto a las leyes contra la vagancia y los anticipos, la papeleta institucionaliza la captación y retención de mano de obra.
1889Clodomiro Hileret funda el ingenio Santa Ana sobre las 27.000 hectáreas compradas junto a Quinteros. Ciolli fecha la fundación en 1889 en el cuerpo del artículo y en 1890 en nota al pie.
10 de febrero de 1909Hileret muere en alta mar camino de Francia. Su nombre domina, sin embargo, todos los relatos del Familiar recogidos en Santa Ana un siglo después, por gente que no pudo conocerlo.
1933El ingenio Santa Ana quiebra y pasa al Banco de la Nación Argentina, su principal acreedor. Para muchos en el pueblo aquello fue la muerte del Familiar, o al menos del trato que producía la riqueza del patrón.
1944Nace la FOTIA, la federación obrera azucarera tucumana, al calor de los primeros gobiernos peronistas, unificando a trabajadores de surco y de fábrica. Tiempo Argentino lo resumiría así: «El Familiar muere cuando nace la FOTIA en Tucumán».
1963Un primer intento de cierre del ingenio Santa Ana, bajo el gobierno de facto de José María Guido, es derrotado por los obreros, que ocupan la planta con el apoyo de todo el pueblo.
22 de agosto de 1966El presidente de facto Juan Carlos Onganía firma el Decreto-Ley 16.926, que cierra once ingenios tucumanos dentro del «Operativo Tucumán». Le siguen los tucumanazos y el regreso del Familiar a los relatos.
1974Octavio Getino rueda El Familiar, donde un representante de la empresa le dice al protagonista que su verdadero enemigo es «el atraso, la miseria, el mito, la barbarie». Estrenada en 1975, censurada de inmediato y nunca proyectada en Tucumán.
1975El Decreto 261/75 pone en marcha el Operativo Independencia en Tucumán. El periódico Estrella Roja, del PRT, escribe: «La Triple A es el perro Familiar de los 70». En el centro clandestino de Santa Lucía se registró después el grafiti de un perro en las paredes.
20 al 27 de julio de 1976La «Noche del Apagón» en el ingenio Ledesma, Jujuy: unas cuatrocientas personas secuestradas durante una semana de cortes de luz, con la empresa aportando información, logística, vehículos y galpones. Treinta y tres siguen desaparecidas. En la zona, un apagón o las sirenas del ingenio significaban desde mucho antes que el Familiar se había llevado a alguien.
2017La comuna de Santa Ana levanta en el centro del pueblo un monumento al Perro Familiar: perro negro, ojos rojos y cadena, pero en reposo y a plena luz. Ciolli lo lee como una «memoria-monumento»: el mito conservado tras quitarle las sombras.
2021Ciolli publica en Runa su etnografía de Santa Ana, con más de cuarenta entrevistas hechas entre 2015 y 2018, y muestra el mito todavía operativo: representado en actos escolares y resumido por una vecina así, «el Familiar aparece cuando la persona reclama por sus derechos».
¿Hay una explicación racional para El Familiar?
El escepticismo útil aquí no consiste en anunciar que no existen los perros demoníacos. Las preguntas que tienen respuesta son por qué esta historia aparece justamente en los ingenios azucareros del noroeste argentino y de qué se hablaba al contarla.
La distribución es el indicio más fuerte: el mapa del mito es el de la agroindustria del azúcar: los ingenios tucumanos y el complejo salto-jujeño de Ledesma, La Esperanza y San Martín del Tabacal. Su cronología social es igual de reveladora, y Mahlke fecha la «domesticación inmediata» del perro en 1948, cuando Perón decretó la admisión de sindicatos y la subvención de la producción azucarera, y apunta que la legalización de sindicatos como la FOTIA «anuló la necesidad de "rebeldes"»; una nueva oleada de rebeldes, añade, no salió de los ingenios hasta los años sesenta, cuando Onganía ya los había desmantelado. Ciolli registra la vuelta del Familiar en los setenta, con el Operativo Independencia. Los fantasmas no suelen tener ese calendario; las relaciones laborales sí.
La tentación es entonces la explicación simple: lo inventó el patrón para meter miedo. Hay testimonio en esa dirección: un exgerente de Alpargatas —la textil y fábrica de calzado que llegó a Aguilares, a 12 kilómetros de Santa Ana, tras el cierre del ingenio— le contó a Ciolli en diciembre de 2017 que Hileret mandaba secuestrar a los díscolos, que «inventaron la figura del Familiar» para que no se supiera y que a las víctimas las tiraban directamente al trapiche, de modo que «los que compraban esa azúcar la compraban enriquecida en músculo y calcio». Hablaba 108 años después de la muerte de Hileret, desde el lado patronal de otra industria posterior, y Ciolli lee su testimonio como expresión de «la constante necesidad de las patronales de disciplinar» a los trabajadores.
La antropología desconfía además de esa lectura unilateral, y Mahlke escribe que no intenta reducir el mito «a una interpretación primitiva» de la brutalidad de los dueños ni analizarlo «como invención útil proporcionada por los dueños de los ingenios» para intimidar a sus obreros: como los mitos orales en general, el Familiar «no tiene un autor sino una autoría colectiva». Ciolli añade que, además de su carácter de engendro patronal, tiene «un importante componente de creación popular», con cita del historiador Eduardo Rosenzvaig (1986), y coincide con el etnógrafo Gastón Gordillo en su «carácter crítico e impugnador» desde el punto de vista de los trabajadores, porque expone las condiciones en que trabajaban. Los propios vecinos de Santa Ana ofrecen hoy explicaciones racionalistas: que un administrador trajo perros franceses y «era un Gran Danés» que nadie había visto antes por allí, o que «eran matones de Hileret».
Lo del trapiche es otra cosa: ni la ponencia de Mahlke ni la etnografía de Ciolli citan un documento que registre a un obrero muerto en él; en Ciolli el trapiche solo aparece en boca del exgerente de Alpargatas. Mahlke explica además por qué las víctimas del mito dejarían poco rastro: muy a menudo, escribe, eran «itinerantes sin familia que pudiera denunciar su desaparición». El marco, en cambio, está bien documentado: la deuda que ataba de por vida, la papeleta de conchabo, las leyes contra la vagancia, los capataces armados y, en palabras de Rosenzvaig, el fugitivo al que «mataban para dar el ejemplo». Con ese marco, un obrero que protestaba y al día siguiente no aparecía no necesitaba un perro sobrenatural para desaparecer.
El encuadre comparado viene de Michael Taussig, cuyos trabajos sobre el diablo y el fetichismo de la mercancía en Sudamérica —trabajadores de plantaciones colombianas y mineros bolivianos del estaño— sirven de base explícita a Mahlke y a Ciolli. En esa lectura, los relatos diabólicos responden a una proletarización acelerada. Ciolli lleva el argumento a un terreno propio: «lejos de ser un resabio o supervivencia del pasado», el mito sigue funcionando en Santa Ana, representado en actos escolares —un nieto hizo del perro «hasta con el collar» y otro niño, de corbata, hizo de Hileret— y resumido en tiempo presente por un habitante del pueblo: «el Familiar aparece cuando la persona reclama por sus derechos».
Hay una última señal de que el mito nunca fue neutro: en Santa Ana lo niegan desde los dos lados. Un escritor local le dijo a Ciolli que son «todas tonterías» que tapan la verdadera historia industrial del pueblo; un joven militante político le dijo que lo que el mito tapa es justamente que allí hubo una clase obrera organizada. Cuando dos personas enfrentadas acusan al mismo cuento de esconder cosas opuestas, el cuento está hablando de poder.
¿Se puede visitar El Familiar?
El pin de esta ficha está en el centro de San Miguel de Tucumán, la capital provincial, en -26.8083, -65.2176; los lugares que sostienen el relato se reparten por la zona azucarera de Tucumán y Jujuy.
En el Parque 9 de Julio de la capital, el Museo de la Industria Azucarera – Casa del Obispo Colombres ocupa una casona de hacia 1800 que fue la vivienda del obispo Eusebio Colombres, y expone la maquinaria con la que se hizo el azúcar de la provincia junto a objetos del propio obispo. La página del Ente Tucumán Turismo daba el 23 de septiembre de 2026 este horario: de martes a viernes de 9:00 a 12:30 y de 15:00 a 18:30, y sábados y domingos de 9:00 a 13:30 y de 14:30 a 18:30; la entrada es gratuita (tel. +54 381 430-3644). El mismo organismo incluye en su Ruta del Azúcar ingenios en actividad, visitables solo durante la zafra, con el ingenio La Florida como ejemplo; en julio de 2024 la municipalidad de Banda del Río Salí y el ente organizaron salidas guiadas gratuitas a La Florida, donde un técnico explicaba cada etapa del proceso, y a las ruinas del ex ingenio Lastenia, cerrado desde 1966.
Santa Ana, el pueblo que estudió Karina Ciolli, es una comuna del departamento Río Chico, a 97 km de la capital por la ruta 38 y a unos 86 km en línea recta al sudsudoeste del pin. En su centro hay un monumento al Perro Familiar levantado por la comuna en 2017: perro negro, ojos rojos y cadena colgante, echado en reposo y a la vista de todos, lo que Ciolli contrasta con el perro escondido y al acecho del mito. Las ruinas del ingenio de Clodomiro Hileret, cerrado en agosto de 1966 por el gobierno militar, «conviven con la vida cotidiana del pueblo», según una crónica local de noviembre de 2025. El parque que Hileret inauguró en 1901 para su hija María Luisa, diseñado por Carlos Thays, aparecía el 9 de octubre de 2021 en El Tucumano seco, con la casona tras un portón cerrado con candado y al parecer abandonada.
En Famaillá, el edificio de la escuela Diego de Rojas, frente a la plaza San Martín, es el Espacio para la Memoria «La Escuelita de Famaillá». Desde febrero de 1975, durante el Operativo Independencia, funcionó como el primer centro clandestino de detención del país, y por sus aulas pasaron unas 2.500 personas; es Lugar Histórico Nacional desde el 2 de diciembre de 2015. Las visitas son guiadas y con cita previa, por [email protected] o el +54 381 394-0062, según el ente de turismo el 23 de septiembre de 2026.
En Jujuy, la Marcha del Apagón recorre cada julio el camino entre Libertador General San Martín y Calilegua en memoria de la semana del 20 al 27 de julio de 1976, cuando unas 400 personas fueron detenidas con la complicidad del ingenio Ledesma, que aportó información, logística, vehículos y galpones; 33 siguen desaparecidas. En 2026, al cumplirse cincuenta años, se celebró el 23 de julio.
Octavio Getino rodó El Familiar en Salta y Tucumán en 1972; la censura cortó su breve estreno porteño de 1975, y la película nunca llegó a proyectarse en Tucumán. El documental Diablo, familia y propiedad, de Fernando Krichmar (Grupo de Cine Insurgente, 1999), recorre a través de la leyenda los ingenios Ledesma y Tabacal.
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