📜 LEYENDA · EXP. Nº0270 ACTIVO

El Familiar

El Familiar es una leyenda de Tucumán (ingenios azucareros), AR —un relato popular transmitido de generación en generación—. Este expediente reúne su origen, su significado y cómo se ha contado.

¿De dónde viene la leyenda de El Familiar?

Ubicación
Tucumán (ingenios azucareros), AR
Tipo de leyenda
Maldición
Coordenadas
-26.808, -65.218
Testimonios
0
Última actualización
UBICACIÓN

¿Cuál es la leyenda de El Familiar?

En los ingenios azucareros del norte argentino, sobre todo en Tucumán, Salta y Jujuy, los peones cuentan aterrados la leyenda del Familiar, una enorme serpiente o un perro negro con cadenas que vive en los sótanos del ingenio. Según la creencia, el dueño de la fábrica hizo un pacto con el diablo para asegurar la prosperidad de su negocio: a cambio de riqueza y buenas zafras, debía entregar al Familiar la vida de uno o varios trabajadores al año. La criatura, alimentada en secreto por el patrón, se llevaba de noche a los obreros díscolos, a los que reclamaban mejores salarios o a los que amenazaban con organizarse; simplemente desaparecían y nunca se volvía a saber de ellos. Más allá de lo sobrenatural, muchos ven en esta leyenda una metáfora del terror laboral y de las muertes impunes de peones en las plantaciones durante finales del siglo XIX y comienzos del XX. El Familiar es el pacto diabólico convertido en denuncia social del norte cañero.
El Familiar, Tucumán (ingenios azucareros), Argentina
Imagen: Donki28 · CC BY-SA 4.0

¿Cuál es la historia de El Familiar?

El Familiar tiene una peculiaridad que lo separa de casi todo el folclore argentino: se le puede dibujar el mapa. No ronda los caminos ni el monte en general; aparece donde hay ingenio azucarero y prácticamente en ningún otro sitio. Kirsten Mahlke, que lo estudió desde la Universität Konstanz, añade otro dato incómodo: su primera aparición «data aproximadamente de los años 80 del siglo XIX, una precisión inusual para un mito». Un relato de terror con domicilio industrial y partida de nacimiento merece que se le pregunte por qué. La forma canónica es un perro negro de ojos encendidos que arrastra una cadena de hierro. El pacto, y esto es lo esencial, no lo firma el obrero: lo firma el patrón. El dueño del ingenio acuerda con el diablo —Supay o Zupay en las versiones que recogen el nombre andino— que el animal guardará su fortuna a cambio de un obrero al año. Hay variantes bien documentadas: un viborón de cabeza felina, un perro sin cabeza que duerme en sótanos y calderas «siempre cercanos al patrón», una figura humana. La antropóloga Karina Ciolli (CONICET) resume la estructura común: el Familiar «otorga dinero y prosperidad económica a cambio del sacrificio de trabajadores, de cuya sangre se alimenta». La industria que le dio casa despegó en Tucumán en la década de 1870, empujada por el ferrocarril, el proteccionismo y el crédito estatal. El problema de aquellos ingenios no fue la caña, fue conseguir brazos: la estructura campesina tucumana resistía el trabajo asalariado. Los industriales recurrieron a migrantes de Santiago del Estero y Catamarca y a mecanismos de coacción que Ciolli enumera con la historiografía de Daniel Campi detrás: la papeleta de conchabo, obligatoria para toda persona en edad de trabajar en el campo; las leyes contra la «vagancia», que permitían perseguir a quien se resistiera al trabajo; y los anticipos de salario que convertían el empleo en deuda. La última ley de conchabos de la provincia se votó en 1888, propiciada por el gobernador Lídoro Quinteros. Mahlke añade la forma de pago: bonos canjeables solo en los almacenes de la plantación, y una jornada medida no en horas sino en tareas cumplidas. El historiador tucumano Eduardo Rosenzvaig lo resumió sin rodeos: «Acá los peones estaban capturados de por vida por sus deudas, entonces la única forma de dejar el ingenio era fugarse. Los patrones tenían hombres armados que trataban de impedirlo; cuando agarraban algún fugitivo lo mataban para dar el ejemplo». Ese escenario tiene un protagonista. Quinteros compró junto al francés Clodomiro Hileret las 27.000 hectáreas de la estancia Santa Ana, en el sur tucumano, donde Hileret levantó el ingenio que la memoria local asocia al pacto: a fin de siglo tenía luz eléctrica, cincuenta kilómetros de vía férrea propia, central telefónica y diez escuelas para el personal, y los peones respondían ante treinta o cuarenta capataces con sus armas y sus perros. Hileret murió en alta mar en 1909 y, sin embargo, su nombre domina todos los relatos que Ciolli recogió en Santa Ana entre 2015 y 2018, cuando ya nadie vivo llegó a conocerlo. El mito viajó con los trabajadores. En el complejo de Salta y Jujuy —Ledesma, La Esperanza, San Martín del Tabacal—, donde la mano de obra se obtuvo de la población indígena chaqueña, los etnógrafos Héctor Trinchero y Gastón Gordillo encontraron al Familiar en las narrativas tobas: no habitaba el monte, sino la fábrica y los cañaverales, asociado a capataces, encargados y Gendarmería. La socióloga Elisa Gianuzzi recoge un testimonio que la investigadora Forgione registró de Ricardo, santiagueño que fue a la zafra jujeña y preguntó en el ingenio Ledesma por qué desaparecía la gente. La respuesta que dice haber recibido de un empleado de la Administración es el mito reducido a contabilidad: «Nosotros cuando ocupamos a la gente para la zafra azucarera los anotamos en dos cuadernos distintos: uno para el que tiene familia, el otro para el que no tiene. Ése es para el diablo». Los obreros criollos contaban otra cosa. En Santa Ana, un exobrero al que Ciolli llama Mario le narró en 2016 la historia de un santiagueño que consiguió un puñal bendecido, entró de noche en los túneles por los que Hileret se movía bajo el ingenio y peleó con el Familiar hasta que cantó el gallo. No lo mató, pero lo enfrentó; y Hileret, según el relato, lo despachó en una mula cargada de plata para que no volviera nunca. Gordillo documentó ese mismo giro: los trabajadores criollos con experiencia en luchas colectivas «cuentan historias de hombres que lucharon con el Familiar e incluso lo mataron». El dato que cierra el argumento es cuándo se calla el perro. Cuando el peronismo legalizó los sindicatos y nació en 1944 la Federación Obrera Tucumana de la Industria Azucarera, el Familiar se apagó: «El Familiar muere cuando nace la FOTIA en Tucumán», tituló Tiempo Argentino en 1983. Y volvió cuando se desmanteló lo que la FOTIA había construido: tras el cierre de once ingenios por decreto en 1966 y, sobre todo, durante el Operativo Independencia de 1975. El periódico Estrella Roja, del PRT, lo escribió sin metáfora: «La Triple A es el perro Familiar de los 70».

Cronología: los hechos documentados de El Familiar

  1. Década de 1870 Arranca el despegue azucarero tucumano, empujado por el ferrocarril, el proteccionismo y el crédito estatal. La falta de brazos que la economía campesina local no aporta se vuelve el problema central de la industria.
  2. Década de 1880 Mahlke fecha en esta década la primera aparición del Familiar y señala que semejante precisión es inusual en un mito: coincide con la llegada de la industrialización tardía al noroeste.
  3. 1888 Tucumán vota su última ley de conchabos, propiciada por el gobernador Lídoro Quinteros. Junto a las leyes contra la vagancia y los anticipos, la papeleta institucionaliza la captación y retención de mano de obra.
  4. 1889 Clodomiro Hileret funda el ingenio Santa Ana sobre las 27.000 hectáreas compradas junto a Quinteros. Ciolli fecha la fundación en 1889 en el cuerpo del artículo y en 1890 en nota al pie: la discrepancia es de la fuente, no nuestra.
  5. 10 de febrero de 1909 Hileret muere en alta mar camino de Francia. Su nombre domina, sin embargo, todos los relatos del Familiar recogidos en Santa Ana un siglo después, por gente que no pudo conocerlo.
  6. 1933 El ingenio Santa Ana quiebra y pasa al Banco de la Nación Argentina, su principal acreedor. Para muchos en el pueblo aquello fue la muerte del Familiar, o al menos del trato que producía la riqueza del patrón.
  7. 1944 Nace la FOTIA, la federación obrera azucarera tucumana, al calor de los primeros gobiernos peronistas, unificando a trabajadores de surco y de fábrica. Tiempo Argentino lo resumiría así: «El Familiar muere cuando nace la FOTIA en Tucumán».
  8. 1963 Un primer intento de cierre del ingenio Santa Ana, bajo el gobierno de facto de José María Guido, es derrotado por los obreros, que ocupan la planta con el apoyo de todo el pueblo.
  9. 22 de agosto de 1966 El presidente de facto Juan Carlos Onganía firma el Decreto-Ley 16.926, que cierra once ingenios tucumanos dentro del «Operativo Tucumán». Le siguen los tucumanazos y el regreso del Familiar a los relatos.
  10. 1974 Octavio Getino rueda El Familiar, donde un representante de la empresa le dice al protagonista que su verdadero enemigo es «el atraso, la miseria, el mito, la barbarie». Estrenada en 1975, censurada de inmediato y nunca proyectada en Tucumán.
  11. 1975 El Decreto 261/75 pone en marcha el Operativo Independencia en Tucumán. El periódico Estrella Roja, del PRT, escribe: «La Triple A es el perro Familiar de los 70». En el centro clandestino de Santa Lucía se halló después el grafiti de un perro grande y desafiante.
  12. 20 al 27 de julio de 1976 La «Noche del Apagón» en el ingenio Ledesma, Jujuy: unas cuatrocientas personas secuestradas durante una semana de cortes de luz, con la empresa aportando información, logística, vehículos y galpones. Treinta y tres siguen desaparecidas. En la zona, un apagón o las sirenas del ingenio significaban desde mucho antes que el Familiar se había llevado a alguien.
  13. 2017 La comuna de Santa Ana levanta en el centro del pueblo un monumento al Perro Familiar: perro negro, ojos rojos y cadena, pero en reposo y a plena luz. Ciolli lo lee como una «memoria-monumento»: el mito conservado tras quitarle las sombras.
  14. 2021 Ciolli publica en Runa su etnografía de Santa Ana, con más de cuarenta entrevistas hechas entre 2015 y 2018, y muestra el mito todavía operativo: representado en actos escolares y resumido por una vecina así, «el Familiar aparece cuando la persona reclama por sus derechos».

¿Hay una explicación racional para El Familiar?

El escepticismo útil aquí no consiste en anunciar que no existen los perros demoníacos, sino en explicar por qué esta historia aparece exactamente en los ingenios azucareros del noroeste argentino y qué se contaba realmente al contarla. La distribución es el indicio más fuerte: el mito sigue el mapa de la agroindustria del azúcar, no el de las provincias ni el de la religiosidad popular en general. Y su cronología social es igual de reveladora. Mahlke observa que el Familiar «se domesticó» cuando la sindicalización peronista de los años cuarenta cambió la relación de fuerzas, y que resurgió al desarticularse esa fuerza obrera desde 1966. Los fantasmas no suelen tener ese calendario; las relaciones laborales sí. La tentación es entonces la explicación simple: lo inventó el patrón para meter miedo. Hay testimonio en esa dirección. Un exgerente de Alpargatas entrevistado por Ciolli en 2017 sostuvo que Hileret hacía secuestrar a los trabajadores díscolos y que «inventaron la figura del Familiar» para tapar las desapariciones. Conviene tratar ese relato con cuidado: es la interpretación de un cuadro de la patronal, recogida más de un siglo después de los hechos que describe, no un documento de época. Prueba lo que la gente cree, no lo que ocurrió. La antropología desconfía además de esa lectura unilateral. Mahlke insiste en que el mito no tiene autor sino autoría colectiva, y que no puede reducirse ni a una superstición primitiva ni a una invención fabricada por los dueños. Rosenzvaig y Gordillo subrayan su componente de creación popular: en boca de los trabajadores criollos con experiencia de lucha, el Familiar no es una advertencia sino una denuncia. Los propios vecinos de Santa Ana ofrecen hoy explicaciones racionalistas: que un administrador trajo perros franceses y «era un Gran Danés» que nadie había visto antes, o que «eran matones de Hileret». Lo que no puede afirmarse es que hubiera obreros arrojados al trapiche. No existe documentación que lo sostenga, y las víctimas que el mito describe —peones itinerantes sin familia que denunciara su ausencia, según señala Mahlke— son precisamente las que no dejaban rastro administrativo. Sí está documentado el marco: la deuda que ataba de por vida, la papeleta de conchabo, las leyes contra la vagancia, los capataces armados y el disparo al que huía. Con ese marco, un obrero que protestaba y al día siguiente no aparecía no necesitaba un perro sobrenatural para desaparecer. El encuadre comparado viene de Michael Taussig, cuyos trabajos sobre el diablo y el fetichismo de la mercancía en Sudamérica —corteros de caña colombianos y mineros bolivianos del estaño— sirven de base explícita a Mahlke y a Ciolli: esos relatos diabólicos no serían restos de un pasado precientífico, sino una respuesta a la proletarización acelerada. La lectura se ha discutido dentro de la disciplina, y Ciolli le hace una objeción propia: reducir el Familiar a una reacción simbólica al capitalismo deja fuera lo que sigue haciendo hoy, cuando se representa en actos escolares y cuando una vecina explica que «el Familiar aparece cuando la persona reclama por sus derechos». Hay una última señal de que el mito nunca fue neutro: en Santa Ana lo niegan desde los dos lados. Un escritor local le dijo a Ciolli que son «todas tonterías» que tapan la verdadera historia industrial del pueblo; un militante político le dijo que lo que el mito tapa es justamente que allí hubo una clase obrera organizada. Cuando dos personas enfrentadas acusan al mismo cuento de esconder cosas opuestas, el cuento está hablando de poder.

¿Se puede visitar El Familiar?

No hay un lugar único del Familiar, pero sí una ruta coherente por Tucumán y Jujuy. El punto de partida es el Museo de la Industria Azucarera – Casa del Obispo Colombres, en el Parque 9 de Julio de San Miguel de Tucumán: una casona de comienzos del XIX donde se expone la maquinaria con la que se hizo el azúcar de la provincia, es decir, la escenografía material del mito. Abre de martes a viernes de 9:00 a 12:30 y de 15:00 a 18:30, y sábados y domingos de 9:00 a 13:30 y de 14:30 a 18:30. Entrada gratuita (tel. +54 381 430-3644). Santa Ana, donde nace casi todo el relato, es una comuna rural del departamento Río Chico, a unos 97 km al suroeste de la capital provincial y a 8 km de Aguilares. En el centro del pueblo hay un monumento al Perro Familiar erigido en 2017 por la gestión comunal: perro negro, ojos rojos y cadena, aunque —como observa Ciolli— en reposo y a plena luz, no acechando. Del ingenio de Hileret quedan ruinas y el parque que mandó construir en 1901. Aviso práctico: no es un sitio musealizado. Una crónica de El Tucumano de octubre de 2021 describía la mansión cerrada con candado y el parque muy degradado; no hay horarios ni visitas guiadas regulares, y conviene preguntar en la comuna antes de ir. En Famaillá, frente a la plaza San Martín, está el Espacio para la Memoria ex CCDTyE «La Escuelita de Famaillá», el primer centro clandestino de detención del país, en funcionamiento desde febrero de 1975 durante el Operativo Independencia. Es la contraparte histórica del mito y ofrece visitas guiadas gratuitas coordinando antes por correo ([email protected]) o teléfono (+54 381 394-0062). En Jujuy el relato sigue vivo cada julio: la Marcha del Apagón recorre los kilómetros que separan Calilegua de Libertador General San Martín en recuerdo de los secuestros del ingenio Ledesma, y en 2026 se celebró el 23 de julio, al cumplirse cincuenta años. Es una movilización política, no una atracción turística. Dos películas valen tanto como una visita: El Familiar, de Octavio Getino (1974), censurada tras su estreno y nunca proyectada en Tucumán, y el documental Diablo, Familia y Propiedad (Fernando Krichmar, Cine Insurgente, 1999). Último aviso: los ingenios en actividad son plantas industriales privadas y no se visitan.

Fuentes consultadas

  1. Kirsten Mahlke, «El Familiar, el azúcar y el terror. Sobre un mito del noroeste argentino» — Seminario Internacional Políticas de la Memoria, Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti (Universität Konstanz), 2012 académico
  2. Karina Gabriela Ciolli, «Los ladridos de El Familiar. Configuración simbólica de las relaciones de poder en un pueblo del sur tucumano» — Runa, vol. 42, n.º 2, pp. 175-192 (CEIL-CONICET / Universidad de Buenos Aires), 2021 académico
  3. Elisa Gianuzzi, «El miedo en la «otredad»: mito y cultura popular en el noroeste argentino» — Cuadernos Interculturales, año 10, n.º 18, pp. 77-111 (Universidad de Playa Ancha), 2012 académico
  4. Gladys Abilar, «El Familiar, un embajador del demonio que ronda por los cañaverales» — La Nación, 2024 hemeroteca
  5. ANRed, «Jujuy: movilización y nuevo grito de justicia a 50 años de la Noche del Apagón» — Agencia de Noticias Redacción, 2026 hemeroteca
  6. El Tucumano, «En este sábado gris, se abrió la puerta del pasado tucumano: el parque de Santa Ana» — El Tucumano, 2021 hemeroteca
  7. Ente Tucumán Turismo, «Museo de la Industria Azucarera – Casa del Obispo Colombres» — Información oficial de visita, 2026 web
  8. Ente Tucumán Turismo, «La Escuelita de Famaillá — Espacio para la Memoria (ex CCDTyE)» — Información oficial de visita, 2026 web

Ficha revisada por V. Serrano el 29/07/2026 · Cómo verificamos el contenido

📎 Fuente: Enigma Atlas

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