📜 LEYENDA · EXP. Nº3657 ACTIVO

Los tesoros de Catalina Huanca

Los tesoros de Catalina Huanca es una leyenda de Lima (El Agustino), PE —un relato popular transmitido de generación en generación—. Este expediente reúne su origen, su significado y cómo se ha contado.

¿De dónde viene la leyenda de Los tesoros de Catalina Huanca?

Ubicación
Lima (El Agustino), PE
Tipo de leyenda
Tesoro perdido
Coordenadas
-12.05, -76.99
Testimonios
0
Última actualización
UBICACIÓN

¿Cuál es la leyenda de Los tesoros de Catalina Huanca?

En el texto fundacional nadie entierra nada. Ricardo Palma escribió la tradición en 1876 y la imprimió en Lima en 1877, y en ella el tesoro no lo esconde Catalina Huanca: se lo enseña a un cura dominico sin un real su propio sacristán indígena, que le venda los ojos y lo baja a una galería alumbrada con ídolos de oro sobre andamios de plata y barras de plata por el suelo. Después el sacristán desaparece, el cura se convence de haber tratado con el demonio y se muere de eso. El único sitio donde Palma pone un tesoro es un subterráneo bajo la casa de Catalina en San Jerónimo de Tunán, donde dice que ya en sus días se hacían excavaciones. Lo demás vino después y ocurrió en Lima: una resolución presidencial, la maquinaria del Estado en el cerro de San Bartolomé entre 1930 y 1933, un libro de 484 páginas de revelaciones ocultistas en 1972 y un nombre que hoy llevan una pirámide prehispánica de Ate y una mina de zinc de Ayacucho. Debajo de todo hay una mujer real y documentada, y su historia es mejor.

¿Cuál es la historia de Los tesoros de Catalina Huanca?

El valle del Mantaro —el «valle de Jauja» de los papeles coloniales— estaba dividido en tres repartimientos, Hatun Xauxa, Lurin Huanca y Hanan Huanca, cada uno con su curaca principal: los Surichaqui, los Guacrapáucar-Limaylla y los Apoalaya. Su riqueza no es folclore. Trabajando en el Archivo Regional de Junín, el historiador Carlos H. Hurtado Ames publicó el inventario del mayorazgo de don Carlos de Apoalaya, curaca principal de Hanan Huanca y Hatun Xauxa: más de setenta propiedades a finales del siglo XVII —estancias, haciendas, obrajes, chorrillos, solares y casas en todos los pueblos del valle—. En marzo de 1688 el testamento de Apoalaya repartió todo aquello entre sus dos hijas, Theresa y Petrona, porque no tuvo hijo varón. Doña Theresa de Apoalaya gobernó durante décadas los curacazgos de Hanan Huanca y Hatun Xauxa y murió intestada; la tasación de sus bienes, archivada en el Archivo Regional de Junín en setiembre de 1731, los valora en 121.070 pesos de a ocho reales. El nombre de Catalina Huanca no aparece en ninguna de esas transacciones. Lo que sí encontró Hurtado Ames es un documento llamativo: el Expediente de Títulos Originales de la comunidad de Huamanmarca, en el distrito de Huayucachi, al sur de Huancayo, firmado el 5 de junio de 1714, en el que «la muy poderosa señora Catalina Guanca» actúa como procuradora de los ayllus, justo cuando la curaca principal del valle era doña Theresa de Apoalaya. En 2001 lo leyó como prueba de que Catalina Huanca era el seudónimo de Theresa. Después endureció la lectura: el resumen de su trabajo de 2015 sobre los documentos de 1712-1715 los llama apócrifos, elaborados por la necesidad de legitimar los bienes de las comunidades del sur de Huancayo, para las que esta señora era «la dueña de todo». El relato tal y como se conoce lo escribió Ricardo Palma en 1876 y se imprimió al año siguiente en la cuarta serie de sus Tradiciones (Benito Gil, Lima); es el número 105 de la lista cronológica de las tradiciones que levantó Merlin D. Compton, donde figura con el título en singular, «El tesoro de Catalina Huanca». En plural viajó en la edición de Montaner y Simón (Barcelona, 1894). La Catalina de Palma es hija del curaca huanca y fue bautizada con Francisco Pizarro por padrino; regala azulejos y maderas por valor de cien mil pesos ensayados para la fábrica de la iglesia y el convento de San Francisco de Lima, deja una fundación en la real caja de censos para que siete pueblos paguen parte de su tributo e implanta la costumbre de vestir y alimentar a los ciegos de esos pueblos en la fiesta del patrón. Viaja a Lima en litera de plata escoltada por trescientos indios y baja cada año cincuenta acémilas cargadas de oro y plata; muere en tiempos del virrey marqués de Guadalcázar, cerca de los noventa años. Palma no dice en ningún momento que enterrase nada. Formula tres preguntas —¿era el tributo que le pagaban los administradores de sus minas?, ¿era parte de un tesoro acumulado durante siglos por sus antepasados?— y solo responde que lo segundo «era la general creencia». Dos tercios de la tradición tratan de otra persona. Hacia 1642, el cura dominico de San Jerónimo, sin dinero para agasajar al visitador que acababa de nombrar el arzobispo Pedro de Villagómez, recibe de noche a su sacristán, un indio viejo que «apenas podía llevar a cuestas el peso de su partida de bautismo». Con los ojos vendados y llevado del brazo por el pueblo dormido, el cura baja unos escalones hasta una galería alumbrada con hachones donde hay ídolos de oro sobre andamios de plata y barras de plata por el suelo, y se le dice que coja lo que necesite. La visita resulta un éxito. Entonces el sacristán desaparece, el cura adelgaza convencido de haber tratado con el demonio y se muere; Palma dice que en el archivo de los frailes de Ocopa se conserva la declaración que prestó moribundo. Solo las líneas finales sitúan un tesoro en alguna parte: el pueblo de San Jerónimo cree que está en un subterráneo bajo la casa de Catalina, y «aun en nuestros tiempos» se han hecho allí excavaciones para que las barras de plata no críen moho. Todo lo demás es posterior y ocurrió en Lima. La búsqueda se instaló en el cerro de San Bartolomé, contiguo a El Agustino. En 1930 Luis Sánchez Cerro, entonces presidente de la Junta Militar de Gobierno, autorizó allí las excavaciones y firmó la Resolución Suprema 649, que declaraba propiedad exclusiva del Estado cualquier tesoro oculto que apareciese; las reanudó tras volver al poder por las urnas y solo se pararon cuando lo mataron a tiros el 30 de abril de 1933, después de lo cual Óscar R. Benavides las liquidó. No se encontró nada. En 1972 el general Alejandro Barco López publicó un libro de 484 páginas, Los tesoros de Pachacámac y Catalina Huanca, que trasladaba el origen del botín al santuario de Pachacámac; Hurtado Ames advierte que el propio Barco cuenta que la información se la revelaron unos «aukis» indígenas clarividentes y ocultistas, y que Barco llega a identificar hasta cinco Catalinas Huanca distintas a lo largo del coloniaje. Después se han defendido otras candidatas: Catalina Huanca Acopacha, cuyo testamento publicó Waldemar Espinoza Soriano y que murió en 1653; Catalina Yaruncho, esposa del cacique de Hanan Huanca Carlos Apoalaya; y Theresa Apoalaya, sostenida en todo un libro por Aquilino Castro Vásquez en 2005. Hoy llevan su nombre dos cosas y ninguna es un tesoro. En el distrito limeño de Ate está el sitio arqueológico de Catalina Huanca, donde Erik Maquera y Milagros Esteban excavaron los montículos 6 y 7 entre 2006 y 2008: un centro público de la sociedad Lima planificado hacia el 550 d. C., renovado durante siglo y medio reproduciendo el mismo plano, enterrado hacia el 700-750 d. C. tras episodios de sacrificios humanos y reutilizado después del 750 como cementerio de poblaciones asociadas al fenómeno Wari. Es mil años más antiguo que cualquier Catalina; la tradición solo dice que ella descansaba allí al bajar de la sierra. Y en el distrito de Canaria, provincia de Víctor Fajardo, Ayacucho, a 3.500 m, está la mina Catalina Huanca, una operación polimetálica moderna de zinc, plomo, plata y cobre, descrita justamente así por sus propios geólogos en el XVII Congreso Peruano de Geología de 2014.

Cronología: los hechos documentados de Los tesoros de Catalina Huanca

  1. 1549 El arzobispo Jerónimo de Loayza funda en Lima el Hospital de Santa Ana de los Naturales, para los indígenas que morían en las calles y en el campo. Palma atribuirá a Catalina Huanca la edificación de la casa de Santa Ana junto a Loayza y a Domingo de Santo Tomás.
  2. 26 de diciembre de 1563 Domingo de Santo Tomás es consagrado obispo de La Plata en Lima por el propio Loayza; morirá en 1570. La ventana en la que los dos prelados de Palma pudieron actuar juntos se abre catorce años después de la fundación de Santa Ana.
  3. 1641 Los protocolos notariales registran 118 cajones de azulejos sevillanos traídos para el convento de San Francisco de Lima por Antonio de Aragón, y un contrato de febrero con el maestro limeño Juan del Corral por mil pesos en azulejos. Los azulejos llevan escrito «Fray Juan Gómez y sus bienhechores de Lima enviaron por estos azulejos a Sevilla». No se nombra a ninguna donante indígena.
  4. marzo de 1688 El testamento de don Carlos de Apoalaya, curaca principal de Hanan Huanca y Hatun Xauxa, reparte más de setenta propiedades entre sus hijas Theresa y Petrona. Archivo Regional de Junín, Protocolos Notariales, tomo XXIII.
  5. 5 de junio de 1714 «La muy poderosa señora Catalina Guanca» firma como procuradora de los ayllus en el expediente de títulos de la comunidad de Huamanmarca, Huayucachi, al sur de Huancayo. Es la aparición más antigua del nombre que Hurtado Ames pudo documentar, y en 2015 clasifica los papeles de 1712-1715 como apócrifos, hechos para legitimar las tierras de esas comunidades.
  6. 1725 Fray Francisco de San José funda el convento de Santa Rosa de Ocopa como colegio de misiones franciscano. Palma situará en su archivo la declaración moribunda del cura de San Jerónimo, fechada en la década de 1640.
  7. setiembre de 1731 Se archiva en el Archivo Regional de Junín la tasación de los bienes de doña Theresa de Apoalaya, muerta intestada: 121.070 pesos de a ocho reales en haciendas, obrajes, molinos y tierras. En ninguna de sus transacciones aparece el apellido Huanca.
  8. 1876 Ricardo Palma escribe «El tesoro de Catalina Huanca», número 105 de la lista cronológica de las tradiciones levantada por Merlin D. Compton. Se imprime al año siguiente en la cuarta serie de las Tradiciones (Benito Gil, Lima) y llega a su título en plural, el conocido, en la edición de Montaner y Simón de 1894.
  9. 1930 Luis Sánchez Cerro, presidente de la Junta Militar de Gobierno, autoriza las excavaciones en busca del tesoro en el cerro de San Bartolomé, contiguo a El Agustino, en Lima, y firma la Resolución Suprema 649, que declara propiedad exclusiva del Estado cualquier tesoro oculto. Se atribuye al general Alejandro Barco, luego su ministro de Guerra, haberlo convencido.
  10. 30 de abril de 1933 Sánchez Cerro muere a tiros en Lima. Su sucesor, Óscar R. Benavides, ordena parar definitivamente las excavaciones, que no habían encontrado nada. Hubo contemporáneos que atribuyeron la muerte a los espíritus que guardaban el tesoro.
  11. 1972 El general Alejandro Barco López publica en Lima «Los tesoros de Pachacámac y Catalina Huanca», 484 páginas, que traslada el origen del botín a Pachacámac. Hurtado Ames deja constancia de que Barco dice habérselo revelado unos «aukis» clarividentes y ocultistas, y de que identifica cinco Catalinas Huanca distintas.
  12. 2014 Erik Maquera y Milagros Esteban publican la excavación de los montículos 6 y 7 del sitio Catalina Huanca, en Ate, hecha en 2006-2008: un centro público de la cultura Lima planificado hacia el 550 d. C. y enterrado hacia el 700-750. El lugar que lleva su nombre es mil años más antiguo que cualquier candidata a serlo.

¿Hay una explicación racional para Los tesoros de Catalina Huanca?

La afirmación más cuantificada de toda la leyenda es la primera que se cae. Palma dice que Catalina regaló los azulejos y las maderas de la iglesia y el convento de San Francisco de Lima, por valor de cien mil pesos ensayados, y dice también que murió en tiempos del marqués de Guadalcázar, que dejó el cargo en enero de 1629. La monografía arquitectónica del edificio —Antonio San Cristóbal Sebastián, «Nueva visión de San Francisco de Lima» (IFEA / Banco Central de Reserva del Perú, 2006), capítulo VII— trabaja sobre los protocolos notariales: 118 cajones de azulejos sevillanos que trajo para el convento Antonio de Aragón, vecino de Sevilla, en 1641; un contrato de febrero de ese mismo año con el maestro limeño Juan del Corral por mil pesos en azulejos; y Eugenio Díaz, documentado como «maestro de asentar azulejos» entre 1639 y 1643, colocándolos. Los propios azulejos llevan escrito su pie: «Fray Juan Gómez y sus bienhechores de Lima enviaron por estos azulejos a Sevilla». La fecha de 1620 sí aparece en algunos paneles, y San Cristóbal la trata con cuidado: en el mejor de los casos, y todavía por confirmar, fecharía la cochura de algunos de ellos, no la donación. En ese capítulo no se nombra a Catalina Huanca ni a ninguna donante indígena; los donantes con nombre son un fraile franciscano, sus bienhechores limeños y Antonio Clavijo de Espinosa, que costeó en 1643 los azulejos de su capilla funeraria. El objeto acredita a otras personas y los papeles son doce años posteriores a la muerte que Palma le atribuye a ella. El documento que Palma ofrece como prueba tiene la misma forma de problema. El archivo de los frailes de Ocopa es el del convento de Santa Rosa de Ocopa, fundado en 1725 como colegio de misiones franciscano: ochenta y tres años después de la escena de 1642 que supuestamente custodia. Palma sitúa además San Jerónimo «a tres leguas castellanas de Huancayo y a tres kilómetros del hospital de Ocopa»: la primera cifra es buena, porque tres leguas castellanas son unos 16,7 km y la distancia real ronda los 15; la segunda no, porque Ocopa está a 8,5 km de San Jerónimo de Tunán y es un convento, no un hospital. Lo de Santa Ana tampoco cuadra: el Hospital de Santa Ana de los Naturales lo fundó en Lima el arzobispo Jerónimo de Loayza en 1549, catorce años antes de que Domingo de Santo Tomás —el segundo prelado que Palma pone a su lado— fuera consagrado obispo de La Plata, el 26 de diciembre de 1563. De la mujer misma no queda rastro en los archivos de su supuesta época. Hurtado Ames recorrió el Archivo Regional de Junín buscando los arrendamientos, ventas y rentas en que consistía de verdad la riqueza colonial, y no halló el apellido Huanca en ninguno, mientras que las transacciones de doña Theresa de Apoalaya aparecen a docenas. Su explicación de dónde sí asoma el nombre es lo más agudo que se ha escrito sobre el caso: los papeles que convierten a Catalina Huanca en «la dueña de todo» son los que se produjeron cuando las comunidades del sur de Huancayo necesitaron acreditar títulos de tierra. Una exigencia de documentos fabricó los documentos. El libro de Barco, que es el que de verdad puso al Estado a excavar, declara su propio método: atribuye la información a unos «aukis» clarividentes y ocultistas, y en lugar de resolver al personaje lo multiplica en cinco Catalinas distintas. La negación se puede fechar. La maquinaria del Estado trabajó el cerro de San Bartolomé desde 1930 y otra vez desde finales de 1931 hasta abril de 1933 sin dar parte de nada; después no se ha publicado ningún hallazgo documentado, y a agosto de 2026 no lo hay. Lo que sí produjo la excavación se mide en otra moneda: a los túneles que quedaron bajo el cerro se les achacan daños estructurales en las casas de El Agustino. La única sanción sobrenatural del relato moderno es una atribución y así debe quedarse: cuando mataron a tiros a Sánchez Cerro, hubo quien culpó a los espíritus que guardaban el tesoro. El diablo de Palma es igualmente la conclusión de un personaje y no del narrador: es el cura asustado quien decide que su sacristán era el demonio, y esa decisión es la que lo mata.

¿Se puede visitar Los tesoros de Catalina Huanca?

El cerro San Bartolomé, en el distrito limeño de El Agustino (en torno a 12,0497 S, 76,9900 O), es donde excavó el Estado. No es un monumento ni hay nada dispuesto para verse: la ladera está cubierta de viviendas, no hay señalización, no hay interpretación y no hay acceso de visitantes a ningún túnel. Conviene tratarlo como el barrio de alguien y no como un yacimiento, pedir permiso antes de fotografiar y no salir a buscar bocaminas: ese suelo es justamente el que está socavado. Los sitios en los que sí se puede estar son los que Palma le atribuyó. La Basílica y Convento de San Francisco, en el centro histórico de Lima, conserva el claustro de azulejos; lo que hay que mirar es la inscripción de los propios azulejos, que nombra a fray Juan Gómez y a sus bienhechores limeños, y no a ninguna curaca. La parroquia de Santa Ana, en Barrios Altos, es lo que queda del Hospital de Santa Ana de los Naturales que fundó Loayza en 1549; el hospital se extinguió y sus terrenos, hacia la novena cuadra del jirón Huallaga, se lotizaron en 1925, y su sucesor es el Hospital Nacional Arzobispo Loayza de la avenida Alfonso Ugarte. En el valle del Mantaro, San Jerónimo de Tunán (en torno a 11,9490 S, 75,2827 O) queda 15 km al norte de Huancayo y hoy se conoce por sus talleres de filigrana de plata. Palma escribe que allí «existe la casa de Catalina Huanca»; no he podido confirmar que hoy se identifique como tal ningún edificio en pie, ni hay sitio señalizado. El convento de Santa Rosa de Ocopa, a 8,5 km, en la provincia de Concepción y a 3.391 m, abre todos los días menos los martes de 09:00 a 17:00 con cierre al mediodía, con entradas de 10 soles para adultos, 5 para universitarios, 3 para escolares y 2 para niños de cuatro a nueve años, y guarda una biblioteca de más de treinta mil volúmenes con incunables del siglo XV; si la declaración del cura moribundo que cita Palma está entre esos papeles, no está comprobado. El sitio arqueológico de Catalina Huanca, en el distrito limeño de Ate, no se puede visitar sin más: está dentro de la concesión de una arenera privada y para entrar hace falta permiso de la empresa. En El Comercio, en 2014, Roxanne Cheesman describió lo que queda de él sobre una gran torta de arena con precipicios verticales, con huesos de los fardos funerarios y vasijas rojas de la cultura Lima a la intemperie. La mina Catalina Huanca de Canaria, en Ayacucho, es una operación industrial en actividad y no es un atractivo patrimonial de ninguna clase.

Fuentes consultadas

  1. Ricardo Palma, «Los tesoros de Catalina Huanca» — Tradiciones peruanas, Montaner y Simón, Barcelona, 1894 (t. II, serie IV); primera edición en libro: Tradiciones, cuarta serie, Benito Gil, Lima, 1877, 1877 libro
  2. Merlin D. Compton, «Las Tradiciones Peruanas de Ricardo Palma: bibliografía y lista cronológica tentativas» — Fénix. Revista de la Biblioteca Nacional del Perú, n.º 28-29, pp. 99-129, 1983 académico
  3. Antonio San Cristóbal Sebastián, «Nueva visión de San Francisco de Lima, cap. VII: «Azulejos en el claustro e iglesia»» — Institut français d'études andines / Banco Central de Reserva del Perú, Lima, 2006 libro
  4. Carlos H. Hurtado Ames, «Aproximaciones a la identidad de Catalina Huanca: documentos e hipótesis de trabajo» — jaujaperu.info, enero de 2001 (copia archivada en la Wayback Machine); cita documentos del Archivo Regional de Junín, 2001 académico
  5. Carlos H. Hurtado Ames, «Los documentos espurios sobre Catalina Huanca, 1712-1715» — Texto depositado en Academia.edu (2015). Solo he podido leer el resumen: el texto completo devuelve 403, 2015 académico
  6. Erik Maquera y Milagros Esteban, «Investigaciones arqueológicas en Catalina Huanca, un asentamiento de la sociedad Lima del Horizonte Medio» — Boletín de Arqueología PUCP, n.º 18, pp. 81-104, 2014 académico
  7. Roxanne Cheesman, «Catalina Huanca, mujer de avanzada en la huaca» — El Comercio, Lima, 3 de mayo de 2014, 2014 hemeroteca
  8. Manoel Obando, «Luis Sánchez Cerro: de presidente del Perú a cazador del tesoro de Catalina Huanca» — Infobae Perú, 14 de marzo de 2023, 2023 hemeroteca
  9. Alfredo Enríquez Pérez, Juan Amésquita Flores y Christian Gutiérrez Coasaca, «Emplazamiento de mineral en la mina Catalina Huanca, Ayacucho - Perú» — XVII Congreso Peruano de Geología, Lima (INGEMMET, CPG17-053), 2014 informe
  10. Patrimonio Salud, «Apuntes sobre la historia del Hospital de Santa Ana, 1549-1924» — patrimoniosalud.org, exposición 1/2017, 2017 informe
  11. Ministerio de Comercio Exterior y Turismo del Perú (Mincetur), «Convento de Santa Rosa de Ocopa (ficha del Inventario Nacional de Recursos Turísticos)» — Consultas en línea, ficha n.º 717, 2025 web

Ficha revisada por V. Serrano el 16/08/2026 · Cómo verificamos el contenido

📎 Fuente: Enigma Atlas

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