La Casa Matusita es una leyenda de Lima, PE —un relato popular transmitido de generación en generación—. Este expediente reúne su origen, su significado y cómo se ha contado.
¿De dónde viene la leyenda de La Casa Matusita?
Ubicación
Lima, PE
Tipo de leyenda
Historia de fantasmas
Coordenadas
-12.051, -77.043
Testimonios
0
Última actualización
UBICACIÓN
¿Cuál es la leyenda de La Casa Matusita?
En pleno centro de Lima, en la esquina de la avenida Garcilaso de la Vega con la plaza Dos de Mayo, se alza un edificio de fachada azul conocido popularmente como la Casa Matusita, considerada por generaciones de limeños como el lugar más embrujado de la ciudad. Las versiones sobre su origen varían: unos cuentan que un comerciante japonés enloqueció y asesinó a su familia dentro de la vivienda antes de suicidarse; otros hablan de un incendio con víctimas mortales, o de experimentos fallidos que dejaron 'presencias' atrapadas entre sus paredes. Se dice que ningún inquilino ha logrado permanecer mucho tiempo dentro, que las luces se encienden y apagan solas, que se escuchan pasos y gritos por la noche, y que el gobierno peruano mantendría el inmueble cerrado por 'motivos de seguridad' para ocultar lo que ocurre en su interior. La leyenda se popularizó especialmente desde los años noventa, alimentada por programas de televisión y reportajes sensacionalistas que grababan supuestos fenómenos paranormales en la fachada. Investigadores y periodistas han señalado que el edificio ha tenido distintos usos comerciales a lo largo de las décadas sin incidentes documentados, pero la fama de la Casa Matusita como símbolo del terror urbano limeño sigue intacta entre generaciones de escolares y curiosos.
La Casa Matusita es, antes que nada, una dirección: avenida Inca Garcilaso de la Vega 1390 —la avenida que los limeños siguen llamando Wilson— esquina con avenida España, en el Cercado de Lima. Todo lo demás sobre ella admite discusión. La dirección, no.
Del edificio se sabe menos de lo que su fama haría suponer. La República, en 2023, fecha su construcción a finales de la década de 1890 y la atribuye a Francisco de Alvarado Throne; otros medios peruanos se limitan a decir «a fines del siglo XIX», y alguno repite un 1800 que nadie documenta. Lo que no se discute es cómo está hecho: dos plantas de época republicana levantadas en adobe y quincha, el sistema tradicional limeño de caña y barro sobre armazón de madera. Barato, flexible ante los sismos y, pasado un siglo, un problema estructural. Ese detalle constructivo acaba explicando casi todo.
La fecha que sí está documentada con precisión es la de la compra: el 2 de diciembre de 1924 la familia Andrade Fernández adquirió la propiedad, y sus descendientes la conservan. El apellido del propietario actual aparece escrito de tres maneras distintas según el medio —Ladislao Terry Andrade, Tery Andrade, Thierry Tiry—, que es una buena medida del cuidado con el que la prensa ha tratado este asunto.
El nombre viene del inquilino, no de la casa. En 1950, Emilio Hideo Matsushita —nacido en Wakayama en 1918, llegado a Lima en 1937— abrió en los bajos la ferretería Matusita: materiales de construcción y equipos e instalaciones de agua, desagüe y electricidad, y ya en los sesenta cerámicos, termas a gas y aire acondicionado, además de la representación en el Perú de la marca National. «Matusita» es sencillamente cómo se pronuncia y se escribe Matsushita en castellano limeño. La tienda ocupó la esquina medio siglo y le prestó su rótulo al edificio hasta que nadie supo ya separar una cosa de la otra. Cerró en 2005 por problemas empresariales, y después alquiló la planta baja una agencia de Mibanco.
Quedan los pisos altos. La razón por la que llevan décadas cerrados no es un secreto de Estado ni la cláusula de un exorcismo: es adobe centenario. La Municipalidad de Lima declaró el predio en peligro. Propietario y banco acordaron restaurar el primer nivel y desmontar el segundo para rehacerlo con material aligerado, y en junio de 2016 los obreros empezaron a bajarlo. El cronista Óscar Paz Campuzano lo describió entonces en El Comercio como «un viejo armatoste de madera crujiente, sin techo y con los muros derribados». El 16 de junio de ese año la propia municipalidad paralizó la obra: según Cristian Rosenthal, gerente de Fiscalización, los operarios trabajaban sin implementos de seguridad e invadían la vía pública sin autorización. La casa embrujada más famosa del Perú estuvo detenida, literalmente, por un acta de fiscalización.
La leyenda, en cambio, no nació en la casa. Nació en una redacción y en un plató. El archivo hemerográfico Arkivperu ha reunido los avisos de la época: en 1964 ya circulaban en la prensa limeña anuncios que ataban la Casa Matusita a «Los fantasmas se divierten», el programa de radio y televisión de Humberto Vílchez Vera, locutor y animador. Según esa misma reconstrucción, el arranque fue todavía más prosaico: el periodista Raúl Villarán, del vespertino Última Hora, había pasado mala noche, no tenía con qué llenar su página, pasó por delante de la casa deshabitada y tituló «FANTASMAS EN MATUSITA». La continuación llegó sola: «LOS FANTASMAS LO VOLVIERON LOCO».
Lo que medio Perú cree recordar —que Vílchez pasó la noche en el segundo piso, salió echando espuma por la boca y acabó trece meses internado— no ocurrió. En 1971 anunció en directo, en «Domingos Gigantes», que entraría en la casa; la visita nunca llegó a hacerse. Y en 1990, en su libro «El cazador de fantasmas», el propio Vílchez lo dejó escrito sin rodeos: «Nunca entré pero todos me vieron entrar, nunca hablé con un fantasma pero ellos me miran como si me hubiera convertido como un ciudadano del más allá». El desmentido lleva más de treinta años publicado y la leyenda no se ha enterado.
La tercera capa son las versiones del crimen fundacional, y conviene enumerarlas sabiendo qué son. La más repetida habla de Parvaneh Dervaspa, una mujer extranjera llegada a Lima a mediados del siglo XVIII, condenada por la Inquisición como hechicera y que habría maldecido la esquina antes de morir. Otra cuenta que un patrón cruel humillaba a sus dos sirvientes hasta que estos le sirvieron en un banquete comida y bebida cargadas de alucinógenos, y que los invitados se descuartizaron entre sí. Una tercera sitúa en 1873 a una familia japonesa cuyo padre habría matado a su mujer y a sus hijos en el segundo piso. Ninguna de las tres tiene detrás un expediente, una partida, un atestado ni una línea de periódico de la época.
Cronología: los hechos documentados de La Casa Matusita
23 de diciembre de 1736María Francisca Ana de Castro es ejecutada en Lima: la última mujer ajusticiada por el Santo Oficio en la ciudad, según el estudio de Fernando Ayllón para el Congreso de la República. En los registros inquisitoriales no aparece ninguna Parvaneh Dervaspa, la supuesta hechicera de la maldición.
1862Se inaugura la Penitenciaría de Lima, el Panóptico, a pocas cuadras por la misma avenida, en el solar que hoy ocupan el Centro Cívico y el Sheraton. Se demolió en 1961, tras el traslado de los últimos presos.
Finales de la década de 1890Se construye la casa en adobe y quincha, con dos plantas de época republicana, obra atribuida por La República a Francisco de Alvarado Throne. Otros medios se limitan a fecharla «a fines del siglo XIX».
1899Llegan al Perú los primeros inmigrantes japoneses, contratados para las haciendas azucareras: veintiséis años después de la fecha que la leyenda asigna al crimen de la familia japonesa en la casa.
2 de diciembre de 1924La familia Andrade Fernández compra la propiedad. Sus descendientes la conservan un siglo después; el nombre del propietario actual aparece en la prensa como Ladislao Terry Andrade, Tery Andrade o Thierry Tiry.
1950Emilio Hideo Matsushita, nacido en Wakayama en 1918 y residente en Lima desde 1937, abre en los bajos la ferretería Matusita, de materiales de construcción e instalaciones. El rótulo de la tienda le da al edificio el nombre que arrastra desde entonces.
1964La prensa limeña publica avisos que ligan la Casa Matusita a «Los fantasmas se divierten», el programa de radio y televisión de Humberto Vílchez Vera. El archivo Arkivperu sitúa el origen del relato en el periodista Raúl Villarán, de Última Hora, que tituló «Fantasmas en Matusita» para rellenar su página.
1971Vílchez Vera anuncia en directo, en «Domingos Gigantes», que pasará la noche dentro de la casa. La visita nunca llegó a hacerse, que es el detalle que la leyenda jamás asimiló.
1990En su libro «El cazador de fantasmas», Vílchez Vera escribe: «Nunca entré pero todos me vieron entrar». El desmentido tiene treinta y seis años y no ha cambiado nada.
2005La ferretería Matusita cierra tras medio siglo en la esquina, por problemas empresariales. Una agencia de Mibanco ocupa la planta baja.
2014El propietario Ladislao Terry Andrade declara a El Comercio que lo del embrujo es «una gran mentira, una falsedad total» y lo atribuye a un guardián borracho que arrastraba una cadena. Ese mismo año se estrena «Secreto Matusita», de Dorian Fernández-Moris, con 163.000 espectadores en su primera semana, rodada en una casa alquilada del jirón Carabaya porque los dueños no dieron acceso.
16 de junio de 2016La Municipalidad de Lima paraliza el desmontaje del segundo piso, declarado en peligro: los obreros trabajaban sin implementos de seguridad e invadían la vía pública sin autorización. El Comercio describe lo que queda como «un viejo armatoste de madera crujiente, sin techo y con los muros derribados».
¿Hay una explicación racional para La Casa Matusita?
El vacío documental de esta leyenda no es una sospecha: es comprobable versión por versión, y cada una se cae por una razón distinta.
La maldición inquisitorial no encaja en el calendario. Fernando Ayllón, en «El Tribunal de la Inquisición: de la leyenda a la historia» (Fondo Editorial del Congreso de la República), documenta que la última mujer ejecutada por el Santo Oficio en Lima fue María Francisca Ana de Castro, el 23 de diciembre de 1736, acusada de judaizante. No hay ninguna Parvaneh Dervaspa en esas listas. Y hay un problema previo y más simple: la casa que hoy se ve no existía en el siglo XVIII; se levantó, como pronto, en la década de 1890.
La familia japonesa de 1873 tropieza con la historia de la inmigración. El investigador limeño David Pino recuerda que los primeros inmigrantes japoneses llegaron al Perú en 1899, contratados para las haciendas azucareras. En 1873 no había en Lima una colonia japonesa de la que pudiera salir esa familia, y tampoco existe registro policial ni judicial del crimen. La ironía es que sí hubo un japonés en la casa —Emilio Hideo Matsushita, que abrió la ferretería en 1950—, y que la leyenda le tomó prestados el apellido y la nacionalidad para inventarle un asesinato setenta y siete años antes de que llegara.
El banquete de los sirvientes drogados corre la misma suerte. Como resumió el diario Ojo al repasar las versiones, «ninguno de estos crímenes fue registrado por algún diario de la época». Circulan además variantes que meten en la historia a un médico extranjero o a próceres de la talla de Andrés Avelino Cáceres: no hemos localizado ni una sola fuente peruana que las sostenga, y por eso no las contamos aquí como si fueran historia. El historiador y divulgador Merlín Chambi lo formuló en Infobae de manera más amable: «todas las historias nacen en base al mito popular, pero hasta la fecha no existe una información real que acredite la veracidad de los hechos narrados».
La explicación que da la propiedad es doméstica hasta la decepción. Ladislao Terry Andrade contó a El Comercio en 2014 que aquello era «una gran mentira, una falsedad total», y describió el mecanismo: «teníamos un guardián que los fines de semana se emborrachaba y, cuando subía a la casa a medianoche, abría una puerta de metal ubicada en medio de la escalera. Caminaba hasta su dormitorio arrastrando una cadena y con un farol portátil, lo que hizo que muchos pensaran que se trataba de un fantasma». Los muchachos de la calle veían luz, gritaban que estaban penando y apedreaban las ventanas; el viejo se asomaba furioso, y el que pasaba por allí veía a un hombre pálido en una ventana rota.
A eso hay que sumarle la arquitectura del rumor. La ferretería nunca ocupó de verdad el segundo piso: durante décadas estuvo vacío, con las ventanas abiertas, encima de un negocio ruidoso y a la vista de miles de personas al día. Un piso alto deshabitado en una esquina céntrica, con tráfico constante, sombras móviles y cristales rotos, produce relato por sí solo; no hace falta que ocurra nada dentro.
Y hay un incentivo económico que atraviesa los sesenta años de historia. La leyenda nació para vender periódicos, creció para vender publicidad de un programa de radio y televisión, y en 2014 volvió a rendir: «Secreto Matusita», de Dorian Fernández-Moris, llevó 163.000 espectadores a los cines peruanos en su primera semana. Ni siquiera esa película se rodó dentro: el director explicó que no hubo acuerdo con los propietarios —que intentaban vender el inmueble y temían que el mito arruinara la operación— y que el interior se recreó en una casa alquilada del jirón Carabaya. La casa embrujada más famosa de Lima ni siquiera pudo interpretarse a sí misma.
¿Se puede visitar La Casa Matusita?
La Casa Matusita se ve desde la calle y no se entra. Es propiedad privada, la planta baja ha sido siempre un local comercial y los pisos altos llevan décadas cerrados por motivos estructurales. No hay visitas guiadas, ni recorridos nocturnos, ni «acceso con permiso especial»: quien venda una entrada al interior está mintiendo. Ni siquiera el equipo de «Secreto Matusita» consiguió rodar dentro en 2014.
La dirección es avenida Inca Garcilaso de la Vega 1390, esquina con avenida España, Cercado de Lima. La avenida figura en muchos mapas y en la memoria de todo el mundo como avenida Wilson; es la misma. Se reconoce de lejos por la esquina achaflanada y por el rótulo del banco que ocupó los bajos: en los últimos años la prensa limeña la ha descrito pintada de blanco, con puertas y ventanas negras y el cartel de Mibanco sin actividad detrás, después de que la Municipalidad de Lima declarara el predio peligroso.
Lo más cómodo es el Metropolitano: la estación España, en la avenida Alfonso Ugarte con España, queda a unas tres cuadras a pie hacia el este por la propia avenida España; las estaciones Quilca y Dos de Mayo, en el mismo corredor, también sirven. Andando desde allí se pasa por la plaza Bolognesi, con su monumento al coronel Francisco Bolognesi, uno de los cruces más ruidosos del centro.
Merece la pena bajar después por Garcilaso de la Vega hacia el sur, cinco o seis cuadras, hasta el Centro Cívico y el hotel Sheraton. Ese solar, frente al Palacio de Justicia, entre las avenidas Wilson y Bolivia, lo ocupó hasta 1961 la Penitenciaría de Lima —el Panóptico—, inaugurada en 1862 y demolida en una semana. Si a alguien le interesa el lado oscuro del centro de Lima, hay más historia documentada en esa manzana desaparecida que en toda la leyenda de la Matusita.
Avisos prácticos: es una esquina de tráfico intenso y aceras estrechas, mejor de día; conviene fotografiar desde la vereda de enfrente y no molestar al negocio de los bajos ni a los vecinos; y en el Cercado, como en cualquier centro histórico concurrido, atención a las carteras.
💬 Testimonios de campo (0)
Aún no hay testimonios. Añade el primero.
Añade tu testimonio
🔒 Entra para dejar un testimonio