Colo Colo es un críptido —una criatura cuya existencia no está confirmada por la ciencia— del que se han reportado avistamientos cerca de Chile (mapuche), CL. Este expediente reúne los relatos y el folclore que lo rodean.
¿Dónde y cuándo se ha avistado a Colo Colo?
Ubicación
Chile (mapuche), CL
Fecha del avistamiento
Desconocido
Coordenadas
-38.95, -72.33
Testimonios
0
Última actualización
UBICACIÓN
¿Qué es Colo Colo?
El colo colo del folclore chileno es una criatura que nadie ha visto. No es una manera de hablar: cuando el folclorista Julio Vicuña Cifuentes hizo el recuento de las informaciones que había reunido entre Valparaíso y Concepción, la versión que se impuso fue la de Coelemu, en la que el colo colo es sencillamente «un animal muy malo que nadie ha visto» y cuyo grito suena como su propio nombre. En lo que sí coinciden las versiones es en lo que hace. Anida cerca de una casa y bebe la saliva de las personas dormidas, o lame los platos y los vasos en que ha comido la familia; la víctima enflaquece, se desfigura y muere. Los propios informantes pusieron nombre a la enfermedad, y el nombre fue tisis. Una nota publicada en Ovalle en 1904 lo dice aún más claro: cuando una casa no es saludable para vivir, se dice que tiene colocolo. El detalle famoso, el de que la criatura nace de un huevo diminuto puesto por un gallo viejo, no es en origen del colo colo. En el libro del propio Vicuña Cifuentes pertenece a una entrada aparte, la del Basilisco, que él llamó con sus palabras hijo del basilisco europeo. Este expediente sigue los dos hilos hasta las fuentes.
¿Cuál es la historia de Colo Colo?
El colo colo entra dos veces en el registro escrito, con dos nombres distintos, y la distancia entre esos dos registros es toda la historia.
Primero llega el nombre, y pertenece a un animal real. En 1782 el jesuita chileno desterrado Juan Ignacio Molina enumeró, entre las fieras de Chile, «La Guigna, Felis Guigna, e il Colocolo, Felis Colocolo»: dos gatos monteses pequeños y de buen pelaje, algo mayores que el gato doméstico, demasiado menudos a su juicio para molestar al hombre o al ganado, cuya fuerza entera se volvía contra los ratones de campo y las aves y que, escribe, a veces se acercaban a las casas rurales para dar caza a los gallineros. Molina tomó el nombre de los mapuches, y el animal lo conserva: la especie que describió sigue siendo un taxón aceptado como Leopardus colocola (Molina, 1782). Rodolfo Lenz, en su Diccionario etimolójico de las voces chilenas derivadas de lenguas indíjenas americanas (Santiago, 1904-1910), registra colocolo en el artículo 201 como nombre vulgar de un gato montés, lo hace venir del mapudungun y cita a Febrés para las formas colcod y colocolo, «gato montés», que Vicuña Cifuentes, citando esa misma entrada, transcribe como codcod o colocolo; en la misma entrada anota que Colo Colo es además el nombre del famoso jefe araucano de La Araucana de Ercilla. El Diccionario araucano-español de fray Félix José de Augusta (1916) da kodkod para el gato montés amarillento con pintas negras y wiña para el gato montés.
Después llega la criatura. El etnógrafo Tomás Guevara la describió en su Historia de la civilización de Araucanía (Santiago, 1898-1902) y de nuevo, con más detalle, en Psicolojía del pueblo araucano (Santiago, 1908, pp. 324-325). Allí el colocolo es un animal sanguinario del mitismo araucano que nace del huevo degenerado o muy pequeño de la gallina, el que tanto el indígena como el vulgo atribuyen al gallo; incubado por el calor del sol se forma una culebra o lagarto que, pasado algún tiempo, se metamorfosea en un animal semejante a una rata con plumas. Fija su morada en cuevas no distantes de las casas y sale a lamer los esputos y los utensilios en que ha comido la familia, y por esa vía indirecta, según el principio de la magia simpática, produce en las personas la consunción y la muerte. De ahí, escribe Guevara, la precaución de quemar el pretendido huevo del gallo. La nota al pie de esa página de la Psicolojía acredita a un joven mapuche colaborador del autor con nombre propio: Manuel Lonquitde.
El registro de campo más completo es el de Julio Vicuña Cifuentes. Publicó seis versiones en Estudios de folk-lore chileno. Primera serie: Mitos (Santiago, 1910, pp. 16-17) y las reimprimió en el ampliado Mitos y supersticiones recogidos de la tradición oral chilena (Santiago, 1915, pp. 35-36), cada una con la localidad de donde venía: una lagartija que chupa la sangre a las personas dormidas (La Serena); un ratoncillo muy bravo que anida cerca de las habitaciones, y a quien le bebe la saliva empieza a enflaquecer y a desfigurarse y acaba por morir si no se logra matar a tiempo al animalejo (Santiago y Talagante); un pajarillo negro del tamaño de un chercán cuya succión de saliva es mortal (Malloco); un avechucho parecido al murciélago que entra de noche en las habitaciones (Quella); un ratoncillo que enferma de muerte a aquel cuya saliva bebe o cuyas sobras come (Coihueco de Chillán); y, desde Coelemu, «un animal muy malo que nadie ha visto, y que, cuando grita, dice colo-colo», temido porque a quien le bebe la saliva muere de calentura, que el informante glosa como tisis. Vicuña Cifuentes añade que conservaba otras veintisiete informaciones recogidas entre Valparaíso y Concepción, cinco de las cuales confirmaban por entero la versión de Coelemu y veintidós coincidían en todo salvo en el grito. Su conclusión es prudente y conviene conservarla: para la mayoría de la gente del pueblo el colo colo no es un ave ni un mamífero de tal o cual forma, sino sencillamente un animal que nadie ha visto.
Dos registros fechados más cierran el expediente. El 19 de febrero de 1904 José Silvestre publicó una nota de mitología zoológica en el periódico ovallino El Obrero, reproducida por Vicuña Cifuentes en la página 334: el colocolo habita dentro de las piezas como las lauchas, cacarea como las gallinas cuando buscan dónde poner, se alimenta de escupos y provoca en las personas la salivación por la cual se aniquilan y mueren prematuramente, «así es que cuando una casa no es saludable para vivir, se dice que tiene Colocólo». Y en agosto de 1915 Ricardo E. Latcham leyó un trabajo sobre mitos zoológicos chilenos en la sección de folklore de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía; su versión de Angostura de Paine da a la criatura trompa de cerdo, cuatro hileras de dientes y ojos saltones y colorados, y la hace entrar en las casas a chupar la saliva de los durmientes, tras lo cual la boca de la víctima se hincha y se llena de úlceras y poco a poco muere de tisis.
Cronología: los hechos documentados de Colo Colo
1782Juan Ignacio Molina publica en Bolonia su Saggio sulla storia naturale del Chili y consigna la Guigna y el Colocolo, Felis Colocolo, como dos gatos monteses pequeños y manchados que a veces se acercan a las casas de campo para dar caza al gallinero. El nombre está tomado de los mapuches y la especie sigue siendo hoy un taxón aceptado como Leopardus colocola (Molina, 1782).
1884Alejandro Guichot y Sierra publica su monografía sobre el basilisco en el tomo III de la Biblioteca de las Tradiciones Populares Españolas y cartografía la creencia del huevo de gallo por Portugal, Francia, Italia e Inglaterra. Su resumen afirma que todas las supersticiones recogidas coinciden en que el basilisco sale del huevo puesto por el gallo a los siete años y mata mirando. El material francés registra ya que las gallinas ponen a veces un huevo muy pequeño y redondo, de cáscara dura, que se cree del gallo.
1898-1902Tomás Guevara, en su Historia de la civilización de Araucanía, describe el colocolo como un lagarto subterráneo cuyo germen se encuentra en el huevo degenerado o muy pequeño de la gallina, que tanto el indio como el vulgo creen procedente del gallo, y que extrae la saliva a la persona y le causa la muerte. Se cita aquí tal como lo reproduce Vicuña Cifuentes.
19 de febrero de 1904José Silvestre publica una nota de mitología zoológica en El Obrero de Ovalle: el colocolo habita dentro de las piezas como las lauchas, cacarea como las gallinas que buscan dónde poner, se alimenta de escupos y provoca en las personas la salivación por la cual se aniquilan y mueren prematuramente, «así es que cuando una casa no es saludable para vivir, se dice que tiene Colocolo». Vicuña Cifuentes reprodujo la nota en 1915.
1908La Psicolojía del pueblo araucano de Guevara (pp. 324-325) ofrece la versión más completa: nacido del pretendido huevo del gallo, incubado por el sol como culebra o lagarto, metamorfoseado en un animal semejante a una rata con plumas, aposentado en cuevas cercanas a las casas y lamedor de los esputos y los utensilios de la familia, produce la consunción y la muerte por magia simpática; de ahí la costumbre de quemar el huevo. La nota al pie de esa página acredita a un joven mapuche colaborador del autor, Manuel Lonquitde.
1910Vicuña Cifuentes publica la primera edición, Estudios de folk-lore chileno. Primera serie: Mitos, con las seis versiones localizadas del colo colo en las pp. 16-17. En el mismo volumen, en la p. 54, cierra su entrada aparte sobre el basilisco chileno con un juicio en voz propia: el basilisco chileno, hijo del europeo, se le parece en todo, según lo demuestra la mayoría de sus informaciones.
1904-1910El Diccionario etimolójico de Rodolfo Lenz aparece por entregas. El artículo 201 da colocolo como nombre vulgar de un gato montés, del mapudungun. El suplemento añade una tercera acepción, la del animal fabuloso, con versiones de Melipilla, Maule y Ñuble y Los Ángeles, y la explicación entre paréntesis del propio Lenz: a veces el último huevo que pone una gallina en una temporada es muy chico y de cáscara dura, y de ahí provendrá la fábula del huevo del gallo.
1914Chiloé y los chilotes, de Francisco J. Cavada (pp. 104-105), registra que en Chiloé la criatura nacida del pequeño huevo que ponen los gallos colorados al llegar a viejos, que se aposenta en las casas y se alimenta de la saliva y los gargajos de sus moradores, los cuales se van consumiendo lentamente, no se llama colo colo sino Basilisco. Cavada lo encuadra expresamente junto al basilisco de la fábula clásica y cita al poeta Villegas. Su glosario recoge además el nombre chilote athrathrao para el mismo animal, del mapudungun achau, gallina.
Agosto de 1915Ricardo E. Latcham lee su trabajo Sobre algunos mitos zoológicos chilenos en la sección de folklore de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía. Su versión de Angostura de Paine da al colo colo trompa de cerdo, cuatro hileras de dientes y ojos saltones y colorados; entra en las casas mientras la gente duerme para chuparles la saliva, tras lo cual la boca de la víctima se hincha y se llena de úlceras y poco a poco muere de tisis.
1915Aparece el ampliado Mitos y supersticiones. El colo colo es el capítulo VIII (pp. 35-36) y el basilisco es un capítulo II aparte; la superstición n.º 619 (p. 260) recoge que debe matarse el gallo antes de los siete años, pues a esa edad pone el huevo pequeñito de que nace el Basilisco, y Vicuña Cifuentes la remite a paralelos andaluces y portugueses. El apéndice B (pp. 334-335) añade las versiones de Silvestre y de Latcham.
1916Fray Félix José de Augusta publica su Diccionario araucano-español, que da kodkod para el gato montés amarillento con pintas negras y wiña para el gato montés, y advierte que el origen araucano de este último término es dudoso.
¿Hay una explicación racional para Colo Colo?
La tradición nombra su propia enfermedad, y la nombra dos veces. El informante de Coelemu que recogió Vicuña Cifuentes dijo que la víctima muere «de calentura», glosándolo él mismo como tisis; el informante de Latcham en Angostura de Paine dijo que la boca se hincha, se llena de úlceras y el enfermo muere de tisis. La palabra de Guevara es consunción. Tisis y consunción son los nombres antiguos de la tuberculosis pulmonar.
Leído como descripción de la tuberculosis, el mito resulta coherente hasta incomodar. La enfermedad es lenta, consuntiva y desfiguradora; mata en meses, no en horas. Recorre una casa entera en vez de golpear a una persona al azar. Está ligada al esputo y a la saliva, y el modelo popular de contagio es justamente una criatura que consume los escupos del enfermo y lame los platos y vasos en que ha comido la familia, lo que, en mecanismo aunque no en agente, describe bastante bien cómo se mueve la tuberculosis por una vivienda hacinada. La nota de José Silvestre de 1904 hace la ecuación casi explícita y prescinde del animal: cuando una casa no es saludable para vivir, se dice que tiene colocolo. Eso no es una entrada de bestiario. Es el diagnóstico de una casa.
El huevo de gallo es un objeto real, y ya entonces hubo quien lo dijera. Lenz, en el suplemento de su diccionario, recogió la versión de Los Ángeles —una criatura con forma de pollo, salida de un huevo de cascarón muy grueso que ponen los gallos al cumplir un año— y le añadió entre paréntesis su propia explicación: a veces el último huevo que pone una gallina en una temporada es muy chico y de cáscara dura, y de ahí provendrá la fábula, común en muchas partes, del huevo del gallo. La misma observación estaba ya escrita en Europa: entre el material francés reunido en la monografía de Alejandro Guichot y Sierra sobre el basilisco (1884) figura la noticia de que las gallinas ponen algunas veces un huevo muy pequeño y redondo con el cascarón duro, y que en Francia se cree generalmente que lo ha puesto un gallo. Un huevo pequeño, redondo y mal formado en el nidal es un accidente corriente del gallinero, no un presagio.
El grito también tiene candidato. Lenz recoge, de segunda mano y admitiendo con honradez que no logra situar la referencia, la sugerencia de Philippi de que colocolo sería la denominación de una laucha enferma de la garganta, que respira con dificultad y lanza unos gritos extraños y característicos. Sea o no el origen del «colo-colo» del informante de Coelemu, es al menos un animal que podía oírse de noche dentro de un tabique. Vicuña Cifuentes ofreció otra observación en una nota de la página 335: los gatos monteses que Molina había llamado colocolos se habían extinguido hacía muchos años en el país, según él creía, de modo que la imaginación popular no encontró obstáculo para atribuir al nombre superviviente las formas más peregrinas. Su premisa era demasiado pesimista —la especie sigue siendo un taxón válido—, pero su idea de un nombre que sobrevive a su animal se sostiene sola.
Nada de esto demuestra nada sobre el colo colo, y no conviene disfrazarlo de demostración. En ninguna de las fuentes anteriores hay ejemplar, fotografía ni animal capturado; no hay siquiera una forma constante, y el propio recuento de Vicuña Cifuentes deja como versión dominante aquella en que nadie lo ha visto. Lo que el expediente sostiene es más estrecho y más interesante que un monstruo: un nombre tomado de un gato montés pequeño, aplicado a lo largo del centro y el sur de Chile a una explicación doméstica de una enfermedad consuntiva y contagiosa, en el siglo anterior a que nadie en aquellas aldeas pudiera ponerle nombre al bacilo.
¿Se puede visitar Colo Colo?
No hay lugar que visitar. El colo colo es una creencia registrada en una franja ancha de Chile, no una criatura asociada a una cueva, un lago o un hito de carretera, y ningún museo chileno lo exhibe. Lo que sí puede visitarse es el archivo, y resulta insólitamente accesible.
Mitos y supersticiones (1915), de Vicuña Cifuentes, está en dominio público y se lee gratis en Memoria Chilena, la biblioteca digital de la Biblioteca Nacional de Chile, que lo clasifica como patrimonio cultural común y advierte que puede utilizarse y reproducirse libremente; el volumen entero, de 342 páginas, se descarga en un solo PDF. La entrada del colo colo es el capítulo VIII, pp. 35-36; la del basilisco, separada, es el capítulo II; y las dos versiones tardías están en el apéndice B, pp. 334-335. La primera edición de 1910, la Psicolojía del pueblo araucano de Guevara (1908), el diccionario de Lenz (1904-1910), Chiloé y los chilotes de Cavada (1914), el Diccionario araucano-español de Augusta (1916), el Saggio de Molina de 1782 y la monografía de Guichot y Sierra sobre el basilisco de 1884 están escaneados íntegros en Internet Archive. Entre todos no cuestan nada y zanjan casi todo lo que circula por internet sobre esta criatura.
En lo geográfico, la tradición que documentó Vicuña Cifuentes va desde La Serena hacia el sur pasando por Santiago, Talagante y Malloco hasta Quella, Coihueco y Coelemu, y el grueso de sus otras veintisiete informaciones se recogió entre Valparaíso y Concepción. Cavada registró la creencia equivalente en Chiloé en 1914 con el nombre de Basilisco. Son pueblos y comarcas agrícolas corrientes, no atracciones; no hay nada que ver ni nada que reciba visitantes por este motivo, y lo cortés es tratar a las comunidades mapuches y chilotas vivas como vecinos y no como piezas de folclore.
El animal que prestó su nombre al mito sí puede verse. El colocolo o gato de las pampas, Leopardus colocola (Molina, 1782), es un pequeño félido silvestre manchado de terreno abierto; zoológicos y centros de conservación chilenos mantienen y exhiben felinos nativos, y la especie es objeto de trabajo de conservación. Conviene decir con claridad que este gato jamás ha hecho a nadie el daño que cuenta la leyenda.
Una desambiguación, porque se lleva casi todo el tráfico. Colo-Colo es en Chile, con mucha diferencia, el nombre del club de fútbol de Santiago, y antes de eso el del jefe araucano de La Araucana de Alonso de Ercilla, conexión que anota el propio Lenz en la misma entrada del diccionario que da el gato montés. Ni el club ni el poema tienen nada que ver con la criatura bebedora de saliva que se describe aquí.
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