El chonchón es la cabeza voladora de un kalku, un brujo mapuche: se desprende de noche, bate unas orejas desmesuradas a modo de alas y cruza la oscuridad anunciándose con un grito de «tué, tué, tué».
¿Dónde y cuándo se ha avistado a Chonchón?
Ubicación
Chile (mapuche), Chile
Fecha del avistamiento
Desconocido
Coordenadas
-38.7, -72.6
Última actualización
UBICACIÓN
¿Qué es Chonchón?
Pertenece al folclore mapuche y al del campo chileno del centro y del sur, y en letra impresa es mucho más antiguo de lo que suelen decir los resúmenes. El jesuita Miguel de Olivares, que escribía entre 1758 y 1767, ya lo incluía entre las aves de Chile: parecida a la lechuza, aborrece la luz y canta de noche con voz «querula y funesta», y los indios —añade— tienen sobre ella varias quimeras supersticiosas. Después vienen Zorobabel Rodríguez en 1875, Rodolfo Lenz en 1904, Tomás Guevara en 1908 y Julio Vicuña Cifuentes en 1910 y 1915. Los remedios que el registro conserva de verdad no son los que circulan por internet: poner el cuerpo boca abajo, esconder o destruir el unto, trazar la cruz de Salomón, cantar la Magníficat, quemar ramas de canelo, arrojar ceniza al aire. Echarle sal al cuerpo es un motivo filipino, no chileno. En 1999 el relato todavía se contaba en Nehuentúe, en La Araucanía.
El chonchón no lo inventó nadie en el siglo XX, y el folclorista al que se le suele atribuir su registro no fue el primero en escribirlo.
La descripción más antigua del chonchón que recoge esta ficha es la de un jesuita. Miguel de Olivares, nacido en Chillán a fines del siglo XVII y misionero que conoció la lengua y las costumbres de los mapuche, empezó a escribir su Historia militar, civil y sagrada de Chile en 1758 y fue desterrado con el resto de su orden en 1767; el manuscrito no se imprimió hasta 1864, en el tomo IV de la Coleccion de historiadores de Chile. En su repaso de las aves chilenas, en la página 32, entre la diuca que canta al amanecer y el pájaro niño de la costa, escribe: «El nuco y el chonchón, aves semejantes a la lechuza, en color, y figura, y aborrecen la luz, se diferencian en que nunca habitan en poblado, y en que cantan de noche; pero en voz querula y funesta, y los indios tienen en ello varias quimeras superticiosas». Para Olivares el chonchón es un ave —real, parecida a una lechuza en color y en figura— y el prodigio es lo que los mapuche dicen de ella.
Esa es la forma que la creencia conserva durante los dos siglos siguientes: un ave nocturna de verdad y, detrás, una cabeza que vuela. Zorobabel Rodríguez la metió en su Diccionario de chilenismos en 1875. Rodolfo Lenz le dio entrada en su Diccionario etimolójico de las voces chilenas derivadas de lenguas indíjenas americanas (Santiago, 1904), archivada bajo chucho, y anotó que no pocos chilenos identificaban el chonchón con el chuncho, la lechucita que Reed llamaba Glaucidium nanum y cuyo «chun, chun, chun» se tenía por anuncio de muerte en la casa. Lenz no derivó la palabra de forma directa: la hizo pasar, siguiendo a Febrés, por el mapudungun chuchu, que significa a la vez un pájaro y la abuela materna —glosa que confirma Félix José de Augusta en su Diccionario araucano-español de 1916, donde chuchu es «abuela materna»—. Augusta trae además la voz sin rodeos, en la página 25: «chonchón, s., cierto pájaro grande, nocturno». Y la sitúa dentro de todo un vocabulario mapudungun de aves de la noche: kilkil, el chuncho; koñkoñ, el buho; kou, el nuco; deñ, el tiuque nocturno, «mirado como ave de mal agüero».
El testimonio mapuche más extenso lo publicó Tomás Guevara en Psicolojía del pueblo araucano (Santiago, 1908). En la página 326 expone la creencia —una persona, «comunmente mujer», entra en tratos con los brujos para aprender a volar; la cabeza se desprende en la cama, le salen alas y viaja al reni, el subterráneo donde se reúnen los brujos— y luego imprime los relatos mismos, cada uno con el nombre de quien se lo contó. «El hombre i la mujer chonchón» es de José María Lonquitué, de Pillanlelvún; «La mujer chonchón i su marido», del mismo; «Una mujer chonchón», de Quilaqueo, «del otro lado del Cautín»; otro, de un mapuche de Maquehua sin nombrar. Uno de esos textos trae un remedio: al encontrar a su mujer sin cabeza, el marido recuerda que «según virtud indíjena, poniendo el cuerpo boca abajo no podría unirse la cabeza al tronco», y le da la vuelta.
Julio Vicuña Cifuentes publicó después que todos ellos, salvo Augusta. Su capítulo sobre el chonchón está en Estudios de folk-lore chileno. Primera serie: Mitos (1910) y otra vez, ampliado, en Mitos y supersticiones recogidos de la tradición oral chilena (1915), páginas 42 a 46. Sus informantes no eran de la Araucanía, sino de Buin, Ovalle, Angostura de Paine y Limache, en el Chile central. Y su apéndice reproduce un artículo de prensa anterior, «Algo de mitología zoológica en Ovalle», de José Silvestre, publicado en El Obrero de Ovalle el 19 de febrero de 1904, que aporta los untos en la garganta, la fórmula de vuelo «sin Dios, sin Santa María» y la cuarteta popular: «Tu padre sería brujo, / cómo Chonchón se volvía, / y hacía: tué, tué, tué, tué, / cuando de noche salía».
Una advertencia de vocabulario, porque no es inocente. El kalku es una categoría de la religión mapuche; el «brujo» castellano al que echan mano Olivares, Guevara, Lenz y Vicuña es una glosa colonial con todo el lastre de la Inquisición detrás, y es la palabra bajo la cual se acusó y se sigue acusando a gente mapuche. La tradición tampoco está muerta: Constantino Contreras, de la Universidad de La Frontera, grabó un relato de chonchón en Nehuentúe, comuna de Carahue, a doña Yolanda Muñoz Salazar, de 79 años, y publicó su análisis en Estudios Filológicos en 2000.
Cronología: los hechos documentados de Chonchón
h. 1758-1767El jesuita Miguel de Olivares, misionero que conocía el mapudungun, escribe su Historia militar, civil y sagrada de Chile. Entre las aves chilenas enumera «el nuco y el chonchón, aves semejantes a la lechuza», nocturnas, de «voz querula y funesta», sobre las que los mapuche tienen «varias quimeras superticiosas». Es la descripción más antigua del chonchón que recoge esta ficha. Fue desterrado de Chile en 1767 y el texto no se imprimió hasta 1864.
1875Zorobabel Rodríguez define el chonchón en su Diccionario de chilenismos como «ave fatídica nocturna creada por la imajinacion de nuestros campesinos», y sostiene que perseguir a las lechuzas es un mal negocio para el agricultor. Cita a Claudio Gay para la costumbre de arrojar ceniza al aire al oírlas de noche.
19 de febrero de 1904José Silvestre publica «Algo de mitología zoológica en Ovalle» en el diario El Obrero, de Ovalle. Aporta los untos en la garganta, la fórmula de vuelo «sin Dios, sin Santa María», la regla de que esconder o destruir el unto mata al brujo, y la cuarteta popular del padre que se volvía chonchón. Vicuña Cifuentes lo reprodujo en 1915.
1904Rodolfo Lenz da entrada al chonchón en su Diccionario etimolójico de las voces chilenas derivadas de lenguas indíjenas americanas. Registra la disputa sobre identificarlo con el chuncho (Glaucidium nanum), hace pasar la voz, siguiendo a Febrés, por el mapudungun chuchu —«un pájaro» y «abuela»— y enumera la cruz de Salomón con un cuchillo y la quema de ramas de canelo como formas de ahuyentarlo.
1908Tomás Guevara publica Psicolojía del pueblo araucano. La página 326 expone la creencia; la sección de relatos imprime las narraciones con el nombre de quien las contó: José María Lonquitué, de Pillanlelvún; Quilaqueo, del otro lado del Cautín; un mapuche de Maquehua sin nombrar. Uno de ellos aporta el remedio que los resúmenes posteriores pierden: poner el cuerpo boca abajo para que la cabeza no pueda volver a unirse.
1910Julio Vicuña Cifuentes imprime su capítulo sobre el chonchón en Estudios de folk-lore chileno. Primera serie: Mitos, cinco años antes del libro que se le suele atribuir y siglo y medio después de Olivares.
1915El ampliado Mitos y supersticiones recogidos de la tradición oral chilena dedica al chonchón el capítulo XIV, páginas 42-46. Vicuña Cifuentes recoge la objeción fonética a la identificación con el chuncho, el cuento de las muchachas que se burlaron de un chonchón con «Vuelve mañana por sal» y, en una nota añadida con el libro ya en prensa, el caso de Limache, donde lo que cayó al patio se describió como un ave grande de cabeza roja y desnuda.
1916El Diccionario araucano-español de Félix José de Augusta registra, en la página 25, «chonchón, s., cierto pájaro grande, nocturno», y a su alrededor todo un vocabulario mapudungun de aves nocturnas: kilkil (el chuncho), koñkoñ (el buho), kou (el nuco), deñ (el tiuque nocturno, «mirado como ave de mal agüero»).
1999Constantino Contreras, de la Universidad de La Frontera, graba «El huinca y el brujo» a doña Yolanda Muñoz Salazar, de 79 años, en Nehuentúe, comuna de Carahue, provincia de Cautín, y presenta su análisis en el congreso de la SOCHIL de La Serena en octubre de ese año. En su versión, un colono le ofrece leche en broma a un chonchón que pasa volando; al día siguiente aparece un mapuche con un cantarito a cobrar.
2000Contreras publica el análisis en Estudios Filológicos 35, páginas 23-39. Clasifica el relato del chonchón como relato mítico y no como cuento, en el que confluyen dos tradiciones —la bruja hispana que se transforma en ave y el kalku mapuche—, y lo lee como un enunciado sobre la relación de poder entre el patrón wingka y el vecino mapuche.
¿Hay una explicación racional para Chonchón?
Un lexicógrafo chileno llamó invención al chonchón, por escrito, en 1875. Zorobabel Rodríguez abre su entrada, en la página 170 del Diccionario de chilenismos, definiéndolo como «ave fatídica nocturna creada por la imajinacion de nuestros campesinos», y en la página siguiente monta una defensa de las lechuzas que ha envejecido notablemente bien: «tan inveteradas preocupaciones en contra del chonchón no solo carecen de causa sino hasta de pretexto. Las lechuzas, por la caza incesante que dan a ratas i ratones, prestan a los agricultores preciosos servicios».
Las propias fuentes discuten entre ellas qué pájaro estaba oyendo la gente. Olivares, en los años sesenta del siglo XVIII, se limita a fichar el chonchón como ave parecida a la lechuza, junto al nuco (Asio flammeus). Lenz cuenta en 1904 que muchos chilenos lo identificaban con el chuncho —Glaucidium nanum en la nomenclatura de Reed, hoy Glaucidium nana— y Claudio Gay, citado por Rodríguez, ya había descrito a los campesinos saliendo de sus ranchos a arrojar ceniza al aire cuando oían graznar de noche a una lechuza.
Vicuña Cifuentes recoge después la objeción a esa identificación, y es fonética. Quienes la rechazaban argüían que un animal que canta «tué, tué, tué» no puede ser el mismo que otro que dice «chun, chun, chun»; y además, en las historias de brujos suena siempre la palabra chonchón y nunca chuncho, mientras que al hablar de presagios desgraciados se dice siempre chuncho y nunca chonchón. Su conclusión fue que los que identificaban a los dos estaban en minoría. Los demás candidatos se reparten los rasgos del chonchón sin que ninguno los reúna todos: el tucúquere, Bubo magellanicus, es el buho más grande de Chile y eriza las plumas de la cabeza en forma de orejas, exactamente como se describe al chonchón, pero Lenz le atribuye un grito de «tucucurú»; el pequén, Athene cunicularia; el concón, que Reed identificó como Syrnium —hoy Strix— rufipes; el nuco. El diccionario de Augusta enseña la cara mapudungun del mismo problema: varios nombres distintos para varias aves nocturnas distintas, todas agoreras.
Dentro de las propias fuentes quedan documentadas dos identificaciones erróneas. El informante de Guevara describe la cabeza volviendo en forma de «hueitrúfe, guairavo», un huairavo, que Guevara glosó como Ardetta exilis. Y Vicuña Cifuentes añade, en una nota escrita con el libro de 1915 ya en prensa, un caso ocurrido en una casa de Limache: los que estaban reunidos oyeron gritar desaforadamente a un chonchón, alguien trazó en el suelo la cruz de Salomón y cayó al patio algo pesado, «un ave grande, del tamaño de un pavo, o tal vez de un jote (gallinazo), al que se asemejaba por tener la cabeza roja i desnuda». La descripción de los propios testigos es la de un jote de cabeza colorada, Cathartes aura. Le cortaron la cabeza y echaron el cuerpo al tejado, y de ahí siguió la historia.
Queda la sal. En ninguno de los textos chilenos citados aquí —Olivares, Rodríguez, Lenz, Guevara, Vicuña Cifuentes en 1910 y en 1915, donde reproduce a Silvestre, y Augusta— echa nadie sal sobre el cuerpo abandonado: en sus transcripciones del Internet Archive, consultadas el 25 de septiembre de 2026, la sal solo aparece cerca del chonchón en la burla «Vuelve mañana por sal». En el cuento más popular, unas muchachas que se lo gritan a un chonchón al pasar reciben al día siguiente la visita de quien viene a cobrar la sal prometida. Los remedios que esos textos sí conservan son poner el cuerpo boca abajo (los informantes de Guevara), esconder o destruir el unto (Silvestre, 1904), la cruz de Salomón, la Maunífica o Magníficat, las Doce palabras redobladas y un chaleco extendido de cierta manera (Vicuña Cifuentes), quemar ramas de canelo (Lenz) y arrojar ceniza al aire (Gay). Salar el cuerpo abandonado pertenece al manananggal filipino y al penanggalan malayo. Ese mismo día, la búsqueda de texto completo del Internet Archive devolvió 15 resultados con «chonchon» y «manananggal» a la vez, trece documentos distintos: compendios divulgativos de vampiros y criaturas —entre ellos Vampire Universe (2006) de Jonathan Maberry, Monster! (2007) de Neil Arnold, Vampires, Zombies, and Werewolves (2011) de Deborah Kespert y Vampiros de Javier Arries—, una novela en tagalo y colecciones subidas por usuarios de creepypastas, recopilaciones ocultistas y documentos personales. El paralelo vive en esa literatura divulgativa; los textos chilenos tienen sus propios remedios.
Lo que el registro permite comprobar es la transmisión. El chonchón está documentado desde los años sesenta del siglo XVIII hasta una grabadora en Carahue en 1999, y Contreras lee ese último relato como una declaración sobre el poder: en él un patrón wingka se burla de un pájaro que pasa, al día siguiente aparece un mapuche a exigirle que cumpla lo ofrecido, y el poder sobrenatural del más pobre es el único poder que le contesta.
¿Se puede visitar Chonchón?
El chonchón no tiene lugar: es una creencia, y la geografía del registro es más amplia de lo que sugiere la etiqueta «leyenda mapuche».
Vicuña Cifuentes recogió sus versiones de informantes de Buin y Ovalle, y de Angostura de Paine y Limache: Chile central, a cientos de kilómetros al norte de la Araucanía. El artículo de José Silvestre de 1904 es de Ovalle, en la región de Coquimbo. Los narradores mapuche a los que Guevara pone nombre vivían en Pillanlelvún y en Maquehua y al otro lado del Cautín, ya en la Araucanía. Contreras grabó su versión de 1999 en Nehuentúe, comuna de Carahue; otras dos las recogió en la provincia de Osorno. La creencia la comparte gente mapuche y no mapuche del campo, de Coquimbo a Osorno.
Hay dos museos donde se guarda el contexto material de la creencia. El Museo Regional de La Araucanía ocupa la Casa Thiers, en Alemania 084 de Temuco, un edificio cuya arquitectura su propia web compara con «las villas construidas en Viña del Mar a inicios del siglo pasado»; el teléfono es +56 45 2896780 y el correo [email protected]. La web anuncia visitas guiadas y talleres junto a charlas y un recorrido virtual. Ni el horario ni el precio de la entrada figuraban en ella el 9 de septiembre de 2026.
El Museo Chileno de Arte Precolombino está en Bandera 361, Santiago, esquina de Compañía, a una cuadra de la Plaza de Armas; el teléfono es +56 2 2928 1500. Su exposición permanente, «Chile antes de Chile», «abarca desde los más antiguos grupos de pescadores hasta los actuales pueblos originarios». Las tarifas que publicaba su web el 9 de septiembre de 2026: 1.000 pesos chilenos para chilenos y residentes; 8.000 para extranjeros; 500 para estudiantes chilenos y residentes; 4.000 para estudiantes extranjeros. Esa misma página no publica el horario del museo.
El kalku y la machi son categorías de una religión en uso, y «brujo» es la palabra bajo la que se acusa a la gente. Lo que la creencia les costó a los pájaros ya lo escribió Rodríguez en 1875: «tan inveteradas preocupaciones en contra del chonchón no solo carecen de causa sino hasta de pretexto. Las lechuzas, por la caza incesante que dan a ratas i ratones, prestan a los agricultores preciosos servicios».
💬 Testimonios de campo (0)
Aún no hay testimonios. Añade el primero.
Añade tu testimonio
🔒 Entra para dejar un testimonio