Cuélebre es un críptido —una criatura cuya existencia no está confirmada por la ciencia— del que se han reportado avistamientos cerca de Asturias, ES. Este expediente reúne los relatos y el folclore que lo rodean.
¿Dónde y cuándo se ha avistado a Cuélebre?
Ubicación
Asturias, ES
Fecha del avistamiento
Desconocido
Coordenadas
43.362, -5.849
Testimonios
0
Última actualización
UBICACIÓN
¿Qué es Cuélebre?
El cuélebre es la serpiente alada de la mitología asturiana, presente también en Cantabria —donde se dice culebre— y en León, con los nombres de culuebro, culebrón o sierpe. La definición que fijó el folclorista Aurelio de Llano en 1922 es más precisa que su fama posterior: «una serpiente alada que custodia tesoros y personajes encantados», que vive en los bosques, en las cuevas y en las fuentes de gran cavidad subterránea. Custodia; no rapta. Su escama es tan dura que rechaza las balas, y solo se le puede matar hiriéndole en la garganta. Y cuando envejece y la escama se le crece, Dios le prohíbe seguir aquí y se va volando a la mar cuajada, donde los cuélebres viejos vigilan un fondo lleno de riquezas que ningún hombre puede tocar. El nombre no esconde ningún misterio: viene del latín colŭbra, culebra. Su rastro escrito arranca al menos en 1885, en un romance recogido por Juan Menéndez Pidal donde el cuélebre volador guarda un castillo maldito y tiene espadas por alas.
El cuélebre no se puso por escrito por primera vez en 1925, y quien lo hizo con método no fue Constantino Cabal.
El 24 de julio de 1922, en Zumaya, Ramón Menéndez Pidal firmaba el prólogo de un libro que salía aquel mismo año en los Talleres de Voluntad de Madrid: Del folklore asturiano: mitos, supersticiones, costumbres, de Aurelio de Llano Roza de Ampudia. Menéndez Pidal elogiaba en él «el entusiasmo tenaz» de un hombre que se había recorrido Asturias entera a pie recogiendo materiales. Llano había nacido en Caravia, al pie del Pico del Castro, y contaba que las historias las oyó de niño en el escaño, al lado del llar, mientras las mujeres hilaban. En 1918 decidió terminar la recolección «sin subvención de nadie».
En ese libro el cuélebre tiene capítulo propio, las páginas 48 a 50, y una definición que conviene leer despacio porque contradice casi todo lo que hoy se repite de él:
«El Cuélebre es una serpiente alada que custodia tesoros y personajes encantados. Vive en los bosques, en las cuevas y en las fuentes de gran cavidad subterránea.»
Custodia. No rapta. El cuélebre de las fuentes asturianas es un guardián, no un secuestrador, y lo que guarda son dos cosas: el oro y la persona encantada. En los relatos que Llano recogió, quien encanta a la muchacha es un mago o su propio padre; el cuélebre llega después, a montar guardia. Su escama, dice Llano, es tan dura que rechaza las balas, y solo se le puede dar muerte hiriéndole en la garganta.
El final del cuélebre es lo más singular del mito y es justamente lo que suele caerse de los resúmenes. Cuando envejece y está muy «encascarado» —cuando la escama se le ha crecido y endurecido—, Dios le prohíbe permanecer aquí y se va volando a la mar cuajada, donde viven los cuélebres viejos expulsados de sus viviendas. En el fondo de ese mar hay montones de riquezas que los hombres no pueden tocar porque los cuélebres las vigilan.
Lo que hace de Llano una fuente y no una recopilación de segunda mano es que anota de quién oyó cada cosa, cuándo y dónde. Eusebio Fernández, de 89 años, natural de Llerices (Cangas de Onís), le contó el 9 de marzo de 1921 el cuélebre de Vega de Cueturrasu, que salía de una cueva a comer una oveja diaria hasta que quedó engolado en la horcadura de una encina. Carmen Peláez, de 71 años, en Cardo (Gozón), le dio en abril de 1921 una variante del desencanto. Ramón el Cano, de 70 años, se la dio en Caravia en julio de 1920. Y Ángeles Balbín, de quince años, natural de Caravia, se la había dado ya en agosto de 1918. Son nombres que nuestra ficha anterior había borrado por completo.
Llano no era un entusiasta crédulo: fue el primero en hacer limpieza. En las primeras páginas del libro (pp. 3-5) denuncia que el Busgoso, los Espumeros, los Ventolines y las Lavanderas «son mitos traídos hace pocos años por varios escritores» y «carecen de tradición asturiana», y corrige el error de las ayalgas —que no son jóvenes encantadas, sino sencillamente tesoros ocultos, del leonés-asturiano ayalga 'hallazgo', según R. Menéndez Pidal en su estudio sobre el dialecto leonés de 1906—. Enmienda a Rogelio Jove y Bravo (Mitos y supersticiones de Asturias, Oviedo, 1903), a Félix de Aramburu (Monografía de Asturias, Oviedo, 1899) y a Bernardo Acevedo (Boal y su concejo, Oviedo, 1898), y hasta rectifica su propio Libro de Caravia de 1919. Después de esa criba, su lista de la mitología asturiana auténtica es corta: el Nuberu, las Xanas, el Cuélebre, la Sirena, el Trasgu, el Diablo burlón, la Güestia, la Bruja y los Encantos de la mañana de San Juan. Que el cuélebre sobreviviera a ese filtro dice más de su autenticidad que cualquier repetición posterior.
Y es más viejo que Llano. En 1885, Juan Menéndez Pidal —hermano mayor de Ramón— había publicado en Madrid Poesía popular, la colección de romances que se cantaban en la danza prima, las esfoyazas y los filandones. En el romance LXXXVII, «La muerte del impío», el castillo del marqués traidor queda maldito y nadie puede acercarse: «¡Ay, del que allí se acercó! / Dragón bermejo lo guarda, / el cuélebre volador: / espadas tiene por alas, / á cuantos llegan mató» (pp. 258-259). En otro romance, «La pastorcilla», la madre teme «si algún culebro la encanta» y el propio Juan Menéndez Pidal anota al pie: «En Asturias llámase indistintamente cuélebre y culebro al dragón» (p. 226).
Esa nota de 1885 es también la clave del nombre. El Diccionario General de la Lengua Asturiana de Xosé Lluis García Arias registra cuélebre con acepciones que empiezan por lo más llano: «culebra macho», «culebrón o culebra grande», y solo después «el dragón de la mitología asturiana». Detrás está el latín colŭbra, 'culebra'. En su Manual elemental de gramática histórica española (1904, §13), Ramón Menéndez Pidal explica la evolución: de cólobram (por colŭbra) sale el antiguo culuebra, con diptongo, y de ahí el moderno culebra, que lo pierde. El asturiano conservó el diptongo que el castellano redujo. Dicho de otro modo: el cuélebre es, literalmente y sin metáfora, la culebra grande — y el bestiario vino después.
Constantino Cabal (Oviedo, 1877-1967) llegó a este material más tarde y por otro camino. Empezó a publicar folclore en 1923, después de Llano y admitidamente influido por él, y su obra mitológica no es un libro de 1925 sino una serie de tres volúmenes bajo el título común La mitología asturiana: Los dioses de la muerte y Los dioses de la vida, ambos de 1925 —el segundo impreso en Madrid por Juan Pueyo, 341 páginas—, y El sacerdocio del diablo, de 1928. Cabal escribió mucho, pero su obra es de 1925 y posterior: para el cuélebre no es la primera ni la más cercana al informante. Para el cuélebre, la fuente que aguanta es la de 1922.
Cronología: los hechos documentados de Cuélebre
1885Juan Menéndez Pidal publica en Madrid «Poesía popular», su colección de romances asturianos. El romance LXXXVII, «La muerte del impío», guarda la aparición impresa más antigua que hemos podido leer directamente: al castillo maldito «dragón bermejo lo guarda, / el cuélebre volador: / espadas tiene por alas». En nota al pie advierte que «en Asturias llámase indistintamente cuélebre y culebro al dragón».
1904Ramón Menéndez Pidal fija en su «Manual elemental de gramática histórica española» la evolución del latín colŭbra: de *cólobram sale el antiguo culuebra, con diptongo, y de ahí el castellano culebra, que lo pierde. Es la base para explicar por qué el asturiano dice cuélebre.
1917Varios vecinos de Caravia oyen silbidos extraños en el bosque del Vallín y, creyendo que era un cuélebre, se arman de escopetas y van a matarlo. Llano, que era de Caravia, lo registra con una sola frase: «no encontraron nada».
Agosto de 1918Ángeles Balbín, de quince años, natural de Caravia, da a Llano su versión del desencanto: la soga con que estaba atada la niña se convierte en cuélebre, y el novio, vuelto de la guerra, lo mata de una lanzada en la garganta. Es la informante más joven que Llano nombra en el capítulo.
Julio de 1920Ramón el Cano, de 70 años, cuenta en Caravia otra variante: el padre encanta a su hija en el monte y la deja guardada por un cuélebre, al que hay que dar tres besos para liberarla.
9 de marzo de 1921Eusebio Fernández, de 89 años, natural de Llerices (Cangas de Onís), cuenta a Llano el cuélebre de Vega de Cueturrasu, que salía de una cueva a comer una oveja al día hasta que, sobresaltado por el cuerno de los pastores, quedó engolado en la horcadura de una encina y allí lo mataron.
6 de noviembre de 1921Llano visita la iglesia de Santa María de Celón, en Allande, donde se cuenta que un cuélebre entraba por un agujero a comer los cadáveres enterrados en el templo hasta que un peregrino lo mató con su lanza. Escribe que la escena está esculpida en una piedra colocada debajo de la cornisa exterior del ábside y añade, en primera persona: «Yo la vi el 6 de Noviembre de 1921».
24 de julio de 1922Ramón Menéndez Pidal firma en Zumaya (Guipúzcoa) el prólogo del libro de Llano, que se imprime ese año en los Talleres de Voluntad de Madrid. Es la primera recopilación sistemática del cuélebre: capítulo propio, distribución geográfica, topónimos e informantes con nombre y fecha.
1925Constantino Cabal publica los dos primeros volúmenes de su serie «La mitología asturiana»: «Los dioses de la muerte» y «Los dioses de la vida», este último en Madrid, imprenta de Juan Pueyo, 341 páginas. El tercero, «El sacerdocio del diablo», saldrá en 1928. No es, por tanto, un libro único de 1925, ni es anterior a Llano.
¿Hay una explicación racional para Cuélebre?
La explicación más económica del cuélebre está en su propio nombre, y la dio la lengua antes que ningún escéptico. El Diccionario General de la Lengua Asturiana no abre la entrada con el dragón: la abre con «culebra macho» y «culebrón o culebra grande», y solo después de varias acepciones llega «el dragón de la mitología asturiana». Detrás está el latín colŭbra. Un cuélebre es, literalmente, una culebra grande; todo lo demás —las alas, la escama a prueba de balas, el tesoro— es lo que el relato fue añadiendo encima de un animal que existe.
El testimonio escéptico más antiguo que hemos localizado no viene de un desmitificador moderno, sino del propio recopilador de 1885. En el prólogo de Poesía popular, Juan Menéndez Pidal cuenta que entró en las grutas asturianas, «albergues de cuélebres y monstruos que la imaginación se finge ver apegados á la dura roca durante las horas del desencanto, al observar las caprichosas formas de las estalactitas que adornan la techumbre». Es una descripción de pareidolia en toda regla, y la firma alguien que estaba recogiendo el mito, no combatiéndolo.
La única batida que hemos encontrado documentada acabó como acaban estas cosas. En 1917, varios vecinos de Caravia oyeron silbidos extraños en el bosque del Vallín; creyendo que era un cuélebre, se armaron de escopetas y fueron a matarlo. Llano —que era de allí— lo despacha en cuatro palabras: «no encontraron nada».
Conviene además saber que el corpus mitológico asturiano tiene inventos comprobados dentro. El propio Llano dedicó las primeras páginas de su libro a expulsar al Busgoso, los Espumeros, los Ventolines y las Lavanderas, «mitos traídos hace pocos años por varios escritores» que «carecen de tradición asturiana»: él había nacido a la orilla del mar y jamás había oído hablar de los Espumeros, ni ningún aldeano supo darle cuenta de ellos. Corrigió también a quienes habían convertido las ayalgas en jóvenes encantadas cuando ayalga significa sencillamente 'hallazgo', tesoro escondido. Que el cuélebre superara esa criba es el mejor argumento a favor de su autenticidad como tradición; que hiciera falta la criba es el mejor recordatorio de con qué facilidad se fabrica folclore.
Por último, dos rasgos muy repetidos hoy no aparecen en el corpus asturiano que hemos podido leer. Los tributos que Llano documenta son de comida corriente: borona y pan de centeno en Brañaseca, un pan al día en Oviedo, una oveja diaria en Vega de Cueturrasu, una cabeza de ganado en la versión leonesa de La Vid. No hemos encontrado en estas fuentes ni el tributo de leche ni la exigencia de doncellas; el sacrificio de la doncella al dragón es un motivo internacional que circula por vidas de santos y por el cuento europeo, y que se le ha ido pegando al cuélebre desde fuera. El propio Llano fue el primero en señalar el parentesco, comparándolo con el dragón que guardaba las manzanas de las Hespérides y con el que custodiaba el vellocino de oro.
¿Se puede visitar Cuélebre?
El cuélebre no tiene una dirección. Lo que tiene es un mapa, y ese mapa lo levantó Llano en 1922: «la distribución geográfica del mito del Cuélebre es próximamente la misma que la de las Xanas», es decir, allí donde hay cuevas y fuentes. Conviene decirlo antes que nada porque orienta la visita: no se va a ver un cuélebre, se va a ver el paisaje que lo produjo — caliza, sumideros, manantiales que salen de la roca y cuevas de gran cavidad subterránea.
Los lugares que Llano nombró (pág. 49) son topónimos reales, no atracciones. En el oriente: la cueva con tesoro de Buelnes, concejo de Llanes; la cueva del Cuélebre en Noriega, concejo de Ribadedeva; y el cuélebre de Vega de Cueturrasu, en Cangas de Onís. En el centro y occidente: Piedrafita, entre Morcín y Quirós; el prado del Cuélebre en El Xienal, concejo de Quirós; Cuevafrás, encima de Barrio, en Teverga, donde los pastores al pasar decían «Cuelebrón de Cuevafrás, / baxa al riu y beberás»; Saliencia y la braña de Valdecuélebre, en Somiedo; y Brañaseca, en Cudillero, cuya copla —«Abre la boca, Cuelebrón, / que ahí te va el boroñón»— es probablemente lo más recordado del mito. Ninguno está señalizado como reclamo turístico: son nombres de sitio en montes y brañas, muchos en fincas particulares o terrenos comunales, y varios de esos parajes están hoy dentro del Parque Natural de Somiedo o de Ponga-Redes, con sus normas propias.
Dos avisos sobre lugares que la ficha anterior daba por intactos. El primero: la cueva del Culebrón que Llano situó «detrás del convento de Santo Domingo» de Oviedo pertenece a un conjunto que ya no es el de 1922. El convento, fundado en 1518, fue incendiado y gravemente dañado tras la revolución de octubre de 1934; de lo primitivo solo se conservan la iglesia —declarada Bien de Interés Cultural en 1944 y hoy parroquia— y parte del claustro, y el entorno está urbanizado. No hemos podido confirmar que la cueva siga siendo identificable. El segundo: en Allande, en la iglesia de Santa María de Celón, Llano escribió que la escena del peregrino matando al cuélebre con su lanza estaba esculpida en una piedra bajo la cornisa exterior del ábside y anotó que la vio el 6 de noviembre de 1921. El templo existe y está protegido como Bien de Interés Cultural, pero quien vaya buscando esa piedra debe saber que estamos citando un testimonio de 1921 y que no hemos localizado una descripción moderna que la confirme in situ. Si la busca, mírela desde fuera, en el ábside.
Para verlo bien explicado y con techo, el sitio es el Muséu del Pueblu d'Asturies, el museo etnográfico del Ayuntamiento de Xixón (Gijón). Y para leer las fuentes sin moverse: el libro de Llano de 1922 y los romances de Juan Menéndez Pidal de 1885 están digitalizados y en dominio público en archive.org, con los enlaces al pie de esta ficha.
💬 Testimonios de campo (0)
Aún no hay testimonios. Añade el primero.
Añade tu testimonio
🔒 Entra para dejar un testimonio