El Curupira tiene una primera aparición que se puede fechar: una carta en latín del jesuita José de Anchieta, escrita en São Vicente a finales de mayo de 1560 —la carta no da día— y que no se imprimió hasta 1812, en Lisboa.
¿Dónde y cuándo se ha avistado a Curupira?
Ubicación
São Vicente, São Paulo, Brasil
Fecha del avistamiento
Desconocido
Coordenadas
-23.963, -46.392
Última actualización
UBICACIÓN
¿Qué es Curupira?
En el original habla de «quosdam Daemones, quos Brasiles vocant Corupira»: ciertos demonios, en plural, una clase de seres y no un personaje, que acometen a los indios en los montes, los azotan y los matan. Anchieta no les da pies, ni pelo, ni bosque que proteger, y las dos frases siguientes —los jesuitas que dicen haber visto a los muertos, las plumas y flechas dejadas como ofrenda en la cumbre de un monte— se cortan casi siempre. Los pies del revés llegan tres siglos después. La palabra se puede seguir desde aquella carta hasta la enciclopedia criptozoológica que en 2002 convirtió a un demonio del bosque en un mono superviviente del Pleistoceno, pasando por Vellozo en 1795, Bates en 1863, Couto de Magalhães en 1876, Barbosa Rodrigues en 1890 y Stradelli en 1929.
¿Cuál es la historia de Curupira?
El Curupira tiene una primera aparición que se puede fechar por meses, y casi nada de lo que hoy se dice de él está en esa primera aparición.
El documento es una carta del jesuita José de Anchieta, y lo primero que hay que decir es que no está en portugués. Anchieta la escribió en latín, y permaneció manuscrita más de dos siglos: se imprimió por primera vez en Lisboa en 1812, en la Academia Real das Sciencias, como número III del tomo I de la Collecção de noticias para a historia e geografia das nações ultramarinas, con el título Epistola quamplurimarum rerum naturalium, quae S. Vincentii (nunc S. Pauli) provinciam incolunt, sistens descriptionem. Es una carta de naturalista —hormigas, manatíes, osos hormigueros, tormentas, piedras— dirigida a un superior que había pedido que se le contase lo admirable o desconocido para el Viejo Mundo. El Corupira asoma casi al final, en el párrafo anterior al de las deformidades, y en la impresión de 1812 dice esto (normalizando la ese larga y las ligaduras):
«Notum est, et in omnium ore versatur esse quosdam Daemones, quos Brasiles vocant Corupira, qui saepe in silvis adoriuntur Indos, flagris caedunt, macerant, et necant.»
Es decir: es cosa sabida, y anda en boca de todos, que hay ciertos demonios, a los que los brasiles llaman Corupira, que acometen muchas veces a los indios en los montes, los azotan, los magullan y los matan.
Cuatro cosas de esa frase merecen leerse despacio. La palabra se escribe Corupira, con o. Está en plural: quosdam Daemones, «ciertos demonios», una clase de seres. Anchieta no le da cuerpo ninguno: ni pies, ni pelo, ni ojos, ni estatura. Y no protege nada: mata. La carta es minuciosa con la anatomía en todo lo demás —los tres dedos del tapir, las manos de los monos, un ave con las patas tan atrasadas que no le sostienen el cuerpo—, de modo que el silencio sobre la figura del Corupira es el silencio de quien no tenía nada que describir.
En el original esa frase casi nunca va sola, y en internet casi siempre. La siguen otras dos. Primero: «Hujus rei fratres nostri, qui aliquoties ab eis interfectos viderunt, testes sunt», nuestros propios hermanos son testigos, pues han visto varias veces a los muertos por ellos. Después, el rito: en cierto camino que atraviesa selvas ásperas y montes empinados hacia el interior, en la cumbre del monte más alto, los indios dejan al pasar plumas de aves, abanicos, flechas y cosas semejantes a modo de ofrenda, «Corupira ne sibi noceant summopere deprecantes», rogando encarecidamente a los Corupiras —otra vez en plural— que no les hagan daño. Anchieta los archiva junto a otras dos clases de seres: los Igpupiara, «aquam incolentes», que ahogan gente en los ríos, y el Baetatá, «res ignis», una cosa que es toda fuego y corre por la orilla: el boitatá. La carta se cierra con «Exaratum Sancti Vincentii … anno Domini 1560 sub finem mensis Maii»: São Vicente, año del Señor de 1560, a finales del mes de mayo. No da día. Las fechas del 30 y el 31 de mayo que circulan por internet se contradicen entre sí, y ninguna está en la carta.
Entre 1560 y el siglo XIX la palabra sobrevive en los vocabularios más que en los relatos. El Diccionario Portuguez e Brasiliano de fray José Mariano da Conceição Vellozo (Lisboa, 1795) le dedica cuatro palabras: bajo «Diabo, Jurupari» viene la subentrada «que appareça no mato, Curupira», el diablo que aparece en el monte. Todavía sin pies, sin pelo y sin bosque que defender.
En 1863 un naturalista compara al Curupira con un animal. Henry Walter Bates, once años en el Amazonas cazando insectos, escribió en The Naturalist on the River Amazons que «el Curupira es un ser misterioso cuyos atributos son inciertos, porque varían según la localidad. A veces se lo describe como una especie de orangután, cubierto de pelo largo y desgreñado, que vive en los árboles. Otras se dice que tiene los pies hendidos y la cara de un rojo vivo». Bates le da pies hendidos y cara roja; los pies del revés y el pelo rojo llegan después. La comparación la hace el hombre que daría nombre al mimetismo batesiano.
Los pies del revés, la guarda del bosque y el castigo al que tala llegan juntos trece años después, en O Selvagem de Couto de Magalhães (Río de Janeiro, 1876). Sus palabras, en las páginas 188 y 189: «O Curupira é o deus que protege as florestas. As tradições representam-n'o como um pequeno Tapuio, com os pés voltados para traz, e sem os orifícios necessários para as secreções indispensáveis à vida, pelo que a gente do Pará diz que elle é mussiço». Y: «Todo aquelle que derriba, ou por qualquer modo estraga inutilmente as arvores, é punido por elle com a pena de errar tempos immensos pelos bosques, sem poder atinar com o caminho da casa». Couto estaba construyendo un sistema: archiva al Curupira como dios subordinado a Jacy, la luna, al lado del Saci Cererê, el Mboitatá y el Urutaú. El panteón es suyo.
En 1890 João Barbosa Rodrigues publicó la Poranduba Amazonense, el gran repertorio decimonónico del relato amazónico, e hizo algo que ningún resumen posterior se ha molestado en repetir: descompuso otra vez a la criatura en los sitios de los que venía. Un tapuyo pequeño, de cuatro palmos, en Santarém; calvo en Santarém y cubierto de pelo largo en el Río Negro; con un solo ojo en el Tapajós; con las piernas sin articulaciones en el Río Negro; macizo y sin ano en Pará; de dientes azules o verdes y orejas grandes en el Solimões; «e sempre com os pés voltados para traz». Y dejó dicha una advertencia que hoy se lee como un diagnóstico: «três mythos differentes, Korupira, Tatacy e Çacy ou Maty, têm sido confundidos sob a denominação de Kaapora». Tres mitos distintos fundiéndose bajo un nombre. También lo cartografió hacia fuera: el Máguare en Venezuela, el Selvage en Colombia, «no Perú o Chudiachaque» —el chullachaqui— y el Kauá de los cocamas en Bolivia.
La entrada de Stradelli es la última de las clásicas y la más rica. Ermano Stradelli murió en 1926 y sus Vocabularios da lingua geral portuguez-nheêngatú salieron póstumos en 1929, en el volumen 158 de la Revista do Instituto Historico e Geographico Brasileiro. En la página 434 glosa: «Curupira — Corpo de menino — de curu abreviação de curumi e pira corpo», y describe «um menino de cabellos vermelhos, muito peludo por todo o corpo e com a particularidade de ter os pés virados para traz e ser privado de órgãos sexuaes». Después, la ética de caza: «Sob a sua guarda directa está a caça, e é sempre propício ao caçador que se limita a matar conforme as próprias necessidades». Ay, añade, de quien mata por gusto, de quien persigue y mata a las hembras preñadas, de quien destroza a las crías.
Los tres libros aparecen juntos por primera vez en un documento que se puede fechar. En 1933 la Civilização Brasileira publicó las Cartas, informações, fragmentos históricos e sermões de Anchieta, en edición de Afrânio Peixoto, con una traducción portuguesa fiel de la carta de 1560 —demonios en plural y ofrendas incluidas— y una nota, la 164, colgada de la palabra corupira. Esa nota cita a Couto de Magalhães sobre el dios que protege las florestas y los pies del revés, después a Stradelli sobre la caza bajo su guarda directa, y después cuatro etimologías incompatibles seguidas. En esa nota, el dios de las florestas y el guardián de la caza cuelgan de los demonios en plural de Anchieta como si fueran glosas de la carta de 1560.
Cronología: los hechos documentados de Curupira
Finales de mayo de 1560José de Anchieta escribe desde São Vicente una carta latina sobre la historia natural de la provincia en la que refiere «quosdam Daemones, quos Brasiles vocant Corupira», que acometen, azotan y matan a los indios en los montes y a los que se aplaca con plumas de aves, abanicos y flechas dejados en la cumbre de un monte. La carta se firma «sub finem mensis Maii» y no da día: el 30 y el 31 de mayo que circulan por internet son añadidos posteriores.
1795El Diccionario Portuguez e Brasiliano de fray José Mariano da Conceição Vellozo glosa la palabra en cuatro palabras, bajo la entrada «Diabo»: «que appareça no mato, Curupira», el diablo que aparece en el monte. Sin pies, sin pelo y sin bosque que guardar.
1812La Academia Real das Sciencias imprime por primera vez la carta de Anchieta, en Lisboa, 252 años después de escrita. Su anotador, Diogo de Toledo Lara Ordonez, le pone la nota 85, que atribuye el pasaje a «ciertos delirios de los indios» y a los mentirosos y fanáticos que en todas las naciones abusan de la credulidad ajena.
1863El naturalista Henry Walter Bates publica The Naturalist on the River Amazons y describe al Curupira como «a veces una especie de orangután, cubierto de pelo largo y desgreñado, que vive en los árboles», y otras veces con «los pies hendidos y la cara de un rojo vivo». Bates le da pies hendidos; los pies del revés llegan a la imprenta después, con Couto de Magalhães.
1876Couto de Magalhães publica O Selvagem, donde el Curupira pasa a ser «o deus que protege as florestas», un tapuyo pequeño «com os pés voltados para traz» que castiga a quien derriba o estropea inútilmente los árboles con errar sin fin por los bosques. Couto archiva la figura en un panteón de construcción propia, subordinado a Jacy, la luna.
1890João Barbosa Rodrigues publica la Poranduba Amazonense y descompone otra vez la figura río por río —calvo en Santarém, peludo en el Río Negro, tuerto en el Tapajós, de dientes azules o verdes en el Solimões— advirtiendo de que «três mythos differentes, Korupira, Tatacy e Çacy ou Maty, têm sido confundidos sob a denominação de Kaapora». Además lo equipara al Máguare de Venezuela, al Selvage de Colombia y, «no Perú», al Chudiachaque: el chullachaqui.
1929Los Vocabularios da lingua geral de Ermano Stradelli, inéditos a su muerte en 1926, salen póstumos en la Revista do Instituto Historico e Geographico Brasileiro. La página 434 da la etimología «corpo de menino», el pelo rojo, los pies del revés, la ausencia de órganos sexuales y la ética de caza: la caza está bajo su guarda directa y siempre es propicio al cazador que se limita a matar conforme a sus propias necesidades.
1933La edición de Afrânio Peixoto de las Cartas, informações, fragmentos históricos e sermões de Anchieta imprime una traducción portuguesa fiel de la carta de 1560 —demonios en plural y ofrendas incluidas— y cuelga de la palabra corupira la nota 164, que cita a Couto de Magalhães, luego a Stradelli y luego cuatro etimologías incompatibles.
2002Mysterious Creatures: A Guide to Cryptozoology, de George M. Eberhart, archiva al Curupira como «Little People of South America», con una estatura de 3 a 4 pies, una cabeza «como la de un chimpancé», dientes azules o verdes y pies «que, según se dice, apuntan hacia atrás», y propone como «explicación posible» un Protopithecus superviviente, un mono araña del Pleistoceno tardío conocido por fósiles del este de Brasil. El demonio del bosque de 1560 ha pasado a ser una especie candidata.
¿Hay una explicación racional para Curupira?
El escéptico más antiguo de esta ficha es el hombre que imprimió por primera vez el latín. En la edición lisboeta de 1812, el anotador Diogo de Toledo Lara Ordonez colgó del párrafo del Corupira la nota 85 y escribió, en latín: «Mirum non est Anchietam pietate eximium quibusdam Indorum deliriis fidem tribuisse, cum in quamplurimis omnium temporum doctis Scriptoribus spectrorum, lamiarum, lemurum, et daemonum horridi passim inveniantur eventus» —no es de extrañar que Anchieta, hombre de piedad extraordinaria, diera crédito a ciertos delirios de los indios, cuando en muchísimos escritores doctos de todas las épocas aparecen por doquier horrendos sucesos de espectros, lamias, lémures y demonios—. De esos mismos escritos, añade, lo único que cabe concluir es que en todas las naciones ha habido siempre hombres mentirosos y fanáticos que abusan de la credulidad ajena. El editor llegó a redactar el epígrafe del apartado en pasado: «Daemones … tempore, quo haec scripta sunt, mortem et plagas inferre existimabatur», en el tiempo en que esto se escribió se creía que los demonios causaban muerte y heridas.
El segundo escéptico es Bates, y es el más útil porque estuvo allí. «Los mitos», escribió en 1863, «son las teorías rudimentarias que la humanidad, en la infancia del conocimiento, inventa para explicar los fenómenos naturales». Su observación era concreta: en la selva de Pará «siempre es el Curupira … quien produce todos los ruidos que no saben explicar», un golpe como el de una barra de hierro contra un árbol hueco, un grito que no se repite. Cualquiera que haya estado en selva cerrada conoce la acústica del asunto: el sonido llega sin dirección, el suceso no se puede repetir para comprobarlo y el silencio posterior hace el resto. Bates anotó además la otra mitad con honradez. Su ayudante mameluco no caminaba solo, temblaba con aquellos ruidos y fabricaba un amuleto trenzando una hoja tierna de palma en forma de anillo que colgaba de una rama del camino: el mismo gesto que Anchieta había descrito en la cumbre de un monte 303 años antes. Esa sí es una continuidad real, y vale más que toda la anatomía junta.
Tampoco la etimología resuelve nada: hay al menos cuatro lecturas impresas y son incompatibles. Barbosa Rodrigues expuso en 1890 tres —«o pelle áspera», de kuru (sarna, aspereza) y pyr (piel); «o que vem à roça», de ko (roza), u (venir) y pira; «o que jaz no matto»—, rechazó la primera por contradecir las tradiciones y se quedó con la segunda, argumentando desde la grafía con o de Anchieta. Stradelli, en 1929, la hizo derivar en cambio de curumi, niño, más pira, cuerpo: «corpo de menino». La nota de Afrânio Peixoto de 1933 añade la de Theodoro Sampaio —«o chagado, o indivíduo coberto de pústulas»— y la del Vocabulário da Conquista —«sarnento»—, y deja constancia de que Batista Caetano no halló salida etimológica ninguna hacia el sentido que Marcgrave y Nieuhof habían dado a la palabra en el siglo XVII, numen mentium, espíritu de las pasiones, sentido que Alfred Métraux, al citarlos en 1928, confesó no saber explicar tampoco. Cinco especialistas, cuatro glosas, ningún acuerdo.
La confusión de figuras no es una sospecha moderna: está documentada desde dentro del siglo XIX y se puede ver ocurrir entre dos libros. En 1876 Couto de Magalhães imprime, en su método de tupí, «o Cahipora só embravece quando queimão o couro de qualquer caça», la Caipora solo se enfurece cuando alguien quema el cuero de una pieza de caza. En 1890 Barbosa Rodrigues atribuye exactamente ese rasgo al Korupira, «ficando furioso sempre que sente o piche do couro queimado d'alguma caça», y en esas mismas páginas advierte de que se están fundiendo tres mitos distintos bajo el nombre de Kaapora. Un rasgo que cambia de dueño entre dos obras de referencia en catorce años no es un dato sobre una criatura: es un dato sobre cómo se armó el expediente.
Por último, la zoología: Mysterious Creatures: A Guide to Cryptozoology (2002), de George M. Eberhart, archiva al Curupira entre la «gente pequeña de Sudamérica» y ofrece como «explicación posible» «un Protopithecus superviviente, un mono araña del Pleistoceno tardío conocido por fósiles del este de Brasil». El cuerpo que esa explicación tiene que encajar está hecho de piezas de sitios distintos: los dientes azules o verdes son los que Barbosa Rodrigues anotó en el Solimões, y los pies del revés son el único rasgo que Barbosa Rodrigues da como constante en todos los ríos que mantuvo separados. De esa clase de fusión avisaba él mismo en 1890.
¿Se puede visitar Curupira?
La chincheta de esta página está en 23,963° S, 46,392° O, que es São Vicente, en la costa del estado de São Paulo, el mismo punto que da la Wikipedia en inglés para la ciudad. São Vicente se fundó el 22 de enero de 1532 como primer asentamiento portugués permanente de América, y es la provincia desde la que Anchieta escribió la carta que lleva la primera mención conocida del Corupira. El cuerpo del relato se recogió a unos 2.550 km de allí, en la Amazonia del siglo XIX, río por río: Santarém, el Río Negro, el Tapajós, el Solimões, Pará. Las equivalencias de Barbosa Rodrigues extienden la misma figura a Venezuela, Colombia, Bolivia y la montaña peruana, donde es el chullachaqui. Cualquier punto único en un mapa de Brasil es una decisión sobre qué registro seguir, y la decisión de esta ficha es el registro escrito.
Ninguna cueva, carretera ni lago está asociado a la figura, y tampoco existe placa en ninguna parte. Lo que se puede visitar es el rastro de papel, y está entero en abierto.
Por el original latino se empieza, porque casi nadie lo lee. Internet Archive conserva el volumen lisboeta de 1812 (Collecção de noticias para a historia e geografia das nações ultramarinas, Tomo I, Núms. I, II e III, Typografia da Academia Real das Sciencias); la carta de Anchieta es el número III y el párrafo del Corupira cae en las páginas impresas 177-178, con la nota 85 de Lara Ordonez en la página 178 de las notas. El OCR del escaneo convierte la ese larga en f y Daemones en «Dxmones», de modo que lo aprovechable son las imágenes de página. La traducción portuguesa que todo el mundo cita está en la edición de Río de Janeiro de 1933 de las Cartas, informações, fragmentos históricos e sermões, al cuidado de Afrânio Peixoto, digitalizada por la Biblioteca Nacional de Brasil y descargable completa; la nota pertinente es la 164.
Para el material decimonónico: O Selvagem de Couto de Magalhães, de 1876, y la Poranduba Amazonense de Barbosa Rodrigues, de 1890, están los dos en Internet Archive con texto completo. Los Vocabularios de Stradelli de 1929 los aloja en PDF escaneado la Biblioteca Digital Curt Nimuendajú; el fichero carece de capa de texto, y la entrada del Curupira va de la página 434 de la paginación impresa al principio de la 435. El Diccionario Portuguez e Brasiliano de Vellozo, de 1795, también está en Internet Archive, con la glosa del Curupira colocada bajo «Diabo».
Tres archivos que este tipo de búsqueda usaría normalmente están fuera de juego. Chronicling America y HathiTrust devolvían 403 a este proyecto en agosto de 2026, y Trove está detrás de un muro anti-IA; nada de lo anterior depende de ellos, y por eso un rastreo de prensa brasileña decimonónica sobre el Curupira queda fuera de lo que esta página ofrece.
El cuadro es O Curupira, óleo sobre lienzo de 96 × 157 cm, del modernista brasileño Manoel Santiago, fechado en 1926. El fichero de Wikimedia Commons lleva únicamente una etiqueta de dominio público estadounidense, y Santiago murió en 1987, así que en Brasil y en la Unión Europea la pintura sigue con derechos vigentes.
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