🦶 AVISTAMIENTO · EXP. Nº6501 ACTIVO

Mapinguari

Mapinguari es un críptido —una criatura cuya existencia no está confirmada por la ciencia— del que se han reportado avistamientos cerca de Pará, BR. Este expediente reúne los relatos y el folclore que lo rodean.

¿Dónde y cuándo se ha avistado a Mapinguari?

Ubicación
Pará, BR
Fecha del avistamiento
Desconocido
Coordenadas
-5.472, -55.87
Testimonios
0
Última actualización
UBICACIÓN

¿Qué es Mapinguari?

El mapinguari es un ser gigantesco y pestilente de la Amazonía brasileña: pelo largo y rojizo, erguido sobre las patas traseras, cara de mono, pies vueltos del revés y una piel que las balas no atraviesan. Lo insólito de esta ficha no es la criatura, sino el papeleo. El 20 de agosto de 1993, en el número 19 de Goeldiana Zoologia, el ornitólogo David C. Oren, del Museu Paraense Emílio Goeldi de Belém, sostuvo que esas descripciones encajaban con un perezoso terrestre milodóntido de selva de unos 1,8 metros: un ser del bosque se convirtió así en una especie pendiente de descubrir. Oren pasó quince años buscándola. Su recuento de testigos fue creciendo: ninguno en 1993, más de cincuenta en 1999, más de ochenta y siete cazadores que decían haber matado uno en 2001, «un par de centenares de personas» en 2007. Las pruebas físicas no crecieron nada. El pelo era de agutí, un excremento dio ADN de oso hormiguero gigante y los moldes de huellas, concedió, se falsificaban con facilidad. En 2001 le cambió de familia al animal; en 2007 lo trasladó miles de años al pasado.

¿Cuál es la historia de Mapinguari?

El mapinguari no se convirtió en críptido en la selva. Se convirtió en críptido en una revista, y la fecha se puede imprimir: 20 de agosto de 1993. Empecemos por el nombre. Luís da Câmara Cascudo, en su Dicionário do Folclore Brasileiro, lo hace venir de una contracción tupí, mbaé-pi-guari, «la cosa que tiene el pie torcido, retorcido, del revés», etimología que el antropólogo Felipe Vander Velden cita con página y todo (edición de 2002, p. 223). Cascudo llamó además al mapinguari «el más popular de los monstruos de la Amazonía». El nombre, pues, habla de un pie, no de un olor. Conviene retenerlo, porque en 2007 The New York Times escribió que el nombre «suele traducirse como "el animal que ruge" o "la bestia fétida"». Circulan dos lecturas incompatibles. Solo la de Cascudo viene con una derivación que se puede comprobar. Fechar la palabra cuesta más que describir a la criatura. João Barbosa Rodrigues recogió relatos amazónicos entre 1872 y 1887 y los publicó en 1890 como Poranduba Amazonense, el gran repertorio decimonónico del folclore de la región. Rastreado entero —unos 693.000 caracteres de texto digitalizado— no devuelve ni una sola aparición de «mapinguari» ni de «mapinguary», ni de los fragmentos «mapin», «pingua» o «nguari». En el mismo fichero «curupira» sale 129 veces y «yurupari», 131, y el escaneo es perfectamente capaz de reproducir las letras en cuestión: «guari» aparece trece veces, dentro de maguari y de guariba. Es decir: el compendio canónico anterior al auge del caucho está lleno del guardián del bosque de pies invertidos y no contiene ningún mapinguari. Eso es un hueco documentado entre dos corpus con nombre, no una prueba de que nadie pronunciara la palabra. Hay algo más que corregir aquí, y el error era nuestro. La tesis de que la figura se forjó en las décadas del caucho, por fusión de material portugués, nordestino e indígena en los seringais, no es de Vander Velden. Es de Valdir Vegini y sus coautores, que escribieron que el mapinguari «surgió durante los ciclos del caucho en la Amazonía a finales del siglo XIX y en las primeras cinco décadas del siglo XX». Vander Velden cita esa frase y acto seguido se desmarca: «Como antropólogo, temo no tener las herramientas para discutir esta hipótesis». Su artículo de 2016 sostiene casi lo contrario de lo que le atribuíamos: se opone a tratar al mapinguari como leyenda, mito o creencia, y se opone con la misma fuerza a disolverlo en un ejemplar zoológico. Vamos con la conversión. David Conway Oren, ornitólogo nacido en Estados Unidos y adscrito al Museu Paraense Emílio Goeldi de Belém, oyó hablar del mapinguari por primera vez en su trabajo de campo de 1977 y lo tomó por folclore puro. En el artículo de 1993 atribuye el giro a otra persona: David Gueiros Vieira, historiador de la Universidad de Brasilia y exvicedirector del Goeldi, que había pasado más de un año como administrador jefe de la mina de Serra Pelada y había recogido allí relatos de los mineros. «Fue durante las conversaciones con Vieira —escribió Oren— cuando me di cuenta de que la criatura descrita como mapinguari no era un primate, sino casi con seguridad un perezoso terrestre». Vieira aparece largamente agradecido al final del artículo. Vale la pena nombrarlo, porque cuando Oren volvió a contar la historia en 2001 el historiador había desaparecido de ella y el momento se había vuelto una revelación en solitario, en 1988, escuchando a un cazador del norte de lo que hoy es Tocantins. El número 19 de Goeldiana Zoologia ocupaba once páginas y defendía el caso rasgo por rasgo. El tamaño humano encajaba con un milodóntido adaptado a la selva de aproximadamente 1,8 metros. El pelo rojizo encajaba con las pieles momificadas de perezoso que había examinado Malcolm McKenna. Los «pies del revés» encajaban con una marcha con las garras curvadas hacia dentro. La invulnerabilidad salvo «en el vientre, alrededor del ombligo» encajaba con los osículos dérmicos de los milodóntidos y con una caja torácica casi imbricada. Los excrementos «igualitos a los del caballo» encajaban con el coprolito de perezoso de Shasta que Oren había tenido en las manos en San Diego. Y el ojo único —el detalle que repiten todos los libros— lo apartó el propio Oren, señalando que pertenece «a la leyenda del mapinguari (y no al testimonio de primera mano)» y suscribiendo la lectura de Câmara Cascudo de 1954: el cíclope europeo, tuerto y antropófago, hibridado con la mitología nativa. Esa parte de nuestra ficha vieja estaba bien, y es de Oren, no nuestra. Lo que nuestra ficha tenía mal era la aritmética de los testigos. El artículo de 1993 no da ninguna cifra; lo que da es un límite: «Que yo sepa, nadie tiene un relato de primera mano de la cuenca del río Tapajós que tenga menos de 20 años». La cifra de más de cincuenta testigos aparece por primera vez en el reportaje de Marguerite Holloway en Discover, en septiembre de 1999, seis viajes de campo y seis años después. En junio de 2001, en Edentata, Oren contaba «más de 80» testigos cara a cara más siete cazadores que decían haber matado uno, en Eirunepé, Marabá, el parque de la Serra do Divisor (dos cazadores), Juína, Manicoré y Carauari; y afirmaba sin rodeos: «Cuando escribí el artículo de 1993 no había entrevistado nunca a nadie que dijera haber matado a uno de esos supuestos animales». En 2007 le decía a The New York Times que había hablado con «un par de centenares de personas», de las cuales solo «un puñado» reclamaba contacto directo. El cazador Mário Pereira de Souza pertenece a esa fase posterior, no al artículo. Holloway lo encontró viviendo en Itaituba, haciendo chapuzas para el departamento de carreteras, y vio cómo Oren lo visitaba por tercera vez. Su encuentro es de 1975, cuando cazaba para un campamento minero en un afluente del Tapajós al sur de Itaituba: el Jamanxim, que Discover imprimió como «Jamauchim». Lo que se le atribuye a Souza es poco y conviene que siga siendo poco: la criatura de pelo largo gritó y se le vino encima sobre las patas traseras, bamboleándose e insegura, y lo que quedó fue el olor. «El olor horrible entró en mí y me mareó —dijo—. No estuve bien durante dos meses». Los pies del revés, la boca en el vientre, el ojo único y los moldes de huellas no son suyos; los moldes son de otro informante, Dos Santos, y de otro viaje. En 1999 las pruebas materiales ya estaban recogidas y ya eran negativas. En seis incursiones desde 1994 —«si lo sumas todo, menos de cuatro meses en realidad», admitía Oren— la cosecha fue un mechón de pelo, varias muestras de excremento y unos moldes de huellas. El pelo era de agutí. Los excrementos no dieron ADN salvo, en una muestra, el de un oso hormiguero gigante. Y los moldes, escribió Holloway, «no tienen ningún peso científico, como el propio Oren reconoce enseguida, porque se falsifican con facilidad». Después la afirmación se movió dos veces. En 2001 Oren cambió de familia al animal: «aunque en el artículo de 1993 propuse que, si tal animal es un perezoso terrestre, probablemente pertenezca a los Mylodontidae, mi sugerencia ahora es que un megaloníquido es mejor candidato», por los cuatro dientes caniniformes y la marcha descrita, apoyándose en el estudio de locomoción de su colega del Goeldi Peter Toledo. Y concedió lo que no cuadraba: los cazadores describían una cola corta, y todos los perezosos terrestres fósiles razonablemente completos la tienen bien desarrollada. En julio de 2007 la retirada era completa. «Para mí está bastante claro que la leyenda del mapinguari se basa en el contacto humano con los últimos perezosos terrestres», dijo Oren al New York Times, hace miles de años. «Pero si tal animal existe todavía o no es otra cuestión, y esa no la podemos responder aún». David Conway Oren murió en Brasilia el 7 de septiembre de 2023, a los 70 años. La nota de pesar del Museu Paraense Emílio Goeldi repasa una carrera de ornitología, biogeografía y conservación amazónicas, seis especies de aves descritas y una bautizada en su honor. No menciona el mapinguari ni una sola vez.

Cronología: los hechos documentados de Mapinguari

  1. 1890 João Barbosa Rodrigues publica la Poranduba Amazonense, que reúne relatos amazónicos recogidos entre 1872 y 1887. El texto digitalizado completo no contiene ninguna aparición de «mapinguari» en ninguna grafía; en el mismo fichero «curupira» sale 129 veces y «yurupari», 131.
  2. 1898 Florentino Ameghino describe Neomylodon listai a partir de un trozo de cuero que da por fresco y sostiene que el perezoso gigante sigue vivo en la Patagonia. La afirmación se derrumba, pero deja fijada la plantilla que después se aplicará al mapinguari. Oren la cita en sus dos artículos.
  3. 1954 El Dicionário do Folclore Brasileiro de Luís da Câmara Cascudo hace venir el nombre del tupí mbaé-pi-guari, «la cosa que tiene el pie torcido, del revés», y lee el ojo único de la criatura como el cíclope antropófago europeo hibridado con la mitología nativa. Oren adoptará esa lectura en lugar de discutirla.
  4. 1975 El cazador Mário Pereira de Souza sitúa su encuentro en un afluente del Tapajós al sur de Itaituba, mientras cazaba para un campamento minero. Describe una criatura de pelo largo que gritó y se le vino encima sobre las patas traseras, y un hedor insoportable. El relato tarda veinticuatro años en publicarse.
  5. 20 de agosto de 1993 David C. Oren publica «Did ground sloths survive to Recent times in the Amazon region?» en Goeldiana Zoologia 19. Atribuye la idea al historiador David Gueiros Vieira, no da ninguna cifra de testigos y señala que ningún relato de primera mano de la cuenca del Tapajós tiene menos de veinte años.
  6. 1994 Oren empieza las expediciones de campo en busca de pruebas físicas. En 1999 lleva seis, que según su propia cuenta suman «menos de cuatro meses en realidad» sobre el terreno.
  7. Septiembre de 1999 Marguerite Holloway publica su reportaje sobre Oren en Discover. Aquí aparece por primera vez la cifra de «más de 50 testigos», junto con las palabras textuales de Souza y con los resultados negativos: pelo de agutí, ADN de oso hormiguero gigante y moldes que se falsifican con facilidad.
  8. Junio de 2001 En Edentata, Oren revisa su propia hipótesis: un megaloníquido, no un milodóntido. Cuenta ya más de ochenta testigos cara a cara y siete cazadores que dicen haber matado uno, afirma que en 1993 no había entrevistado a ninguno de ellos y concede que la cola corta que describen contradice el registro fósil.
  9. 8 de julio de 2007 El reportaje de Larry Rohter en The New York Times traslada la afirmación al pasado: Oren dice ahora que la leyenda se apoya en el contacto con los últimos perezosos terrestres hace miles de años, y que si sobrevive alguno «es otra cuestión». Cifra sus entrevistas en «un par de centenares de personas», de las que solo un puñado reclama contacto directo.
  10. 2016 Felipe Vander Velden publica su estudio del Mapinguari karitiana: cita la hipótesis del origen en el auge del caucho de Vegini y sus colegas, se abstiene de suscribirla y sostiene que la búsqueda de Oren fracasó porque él y sus informantes describían dos objetos de conocimiento distintos.
  11. 7 de septiembre de 2023 David Conway Oren muere en Brasilia a los 70 años. La nota de pesar del Museu Paraense Emílio Goeldi repasa su trabajo en ornitología, biogeografía y conservación amazónicas y no menciona el mapinguari.

¿Hay una explicación racional para Mapinguari?

No existe en ninguna parte un ejemplar, un hueso, un pelo, un diente ni una muestra genética de mapinguari. Esa negación va fechada: vale a fecha de esta revisión, agosto de 2026, y se mantuvo a lo largo de todo lo que recogió su principal defensor entre 1994 y 2001. Las objeciones tienen nombre y conviene citarlas con su dueño puesto, porque la fórmula habitual —«los científicos son escépticos»— esconde hasta qué punto fueron concretas. Louise Emmons, de la Smithsonian Institution, en 1999: «Creo que es un camelo. Si conoces a la gente de la zona, les encanta tomarle el pelo a cualquier científico crédulo». Un ornitólogo que no quiso dar su nombre, en el mismo reportaje, fue más seco: «Es un chiflado». Roger Sayre, entonces en The Nature Conservancy, concedía que Oren era «un científico de primera» y a continuación preguntaba: «¿Dónde están las pruebas sólidas, David?». Peter Toledo, especialista en perezosos del propio museo de Oren en Belém, dijo al New York Times en 2007 que las historias están por toda la Amazonía «pero la prueba científica convincente, aunque sean vestigios de huesos, de sangre o de excrementos, falta siempre». Las objeciones anatómicas las publicó el propio Oren en 2001. Kenneth Campbell y James Patton le habían sugerido que las descripciones encajaban mejor con un oso que con un perezoso terrestre. Castor Cartelle ponía en duda los rugidos, porque los xenartros vivos son prácticamente mudos. Y la cola corta que describían los cazadores contradice el registro fósil, en el que todo perezoso terrestre razonablemente completo la tiene larga y pesada: justamente la cola con la que Oren había explicado en 1993 las huellas redondas. Hay además un mecanismo que no necesita ni fraude ni animal. Marcos Vinícius Neves, entonces director del departamento de patrimonio histórico y cultural del estado de Acre, lo formuló en términos económicos en 2007: «Si eres seringueiro y vuelves al campamento con las manos vacías, más vale que tengas una buena explicación para tu patrón. El mapinguari es la mejor excusa que te puedas imaginar». Un ser que castiga a quien toma más de lo que necesita es una figura muy frecuente en el folclore amazónico —el curupira y la mãe-de-seringa hacen el mismo trabajo— y no exige ningún mamífero pleistocénico superviviente. A la lectura zoológica le caben dos advertencias más. La primera: ya tiene un precedente, y el precedente salió mal. En 1898 Florentino Ameghino describió Neomylodon listai a partir de un trozo de cuero que dio por fresco y anunció que el perezoso gigante seguía vivo en la Patagonia; durante dos décadas salieron expediciones a buscarlo y no encontraron nada, y el cuero resultó proceder de una cueva donde humanos antiguos habían descuartizado perezosos. Oren citó a Ameghino en sus dos artículos y conocía el desenlace. La segunda: la identificación se puede ver formándose en directo, y funcionando al revés. Glenn Shepard Jr. contó que un joven matsigenka que había visto una reproducción a tamaño real de un perezoso terrestre en un museo de historia natural de Lima salió diciendo, en esencia, que lo del segamai no era solo un cuento: lo había visto en el museo. El diorama puso la forma. Por último, el propio marco lo discute un antropólogo que trabaja con gente que dice encontrarse con la criatura. El artículo de Vander Velden de 2016 sostiene que la búsqueda de Oren fracasó porque lo que él buscaba y lo que las poblaciones amazónicas le contaban «son dos objetos de conocimiento completamente distintos», y que reducir el Mapinguari karitiana a un perezoso superviviente concede validez a la experiencia indígena solo cuando la ciencia la refrenda. Rechaza por igual la lectura criptozoológica y la folclórica. Eso no vuelve real a la criatura. Lo que sugiere es que «¿es un perezoso terrestre?» es una pregunta heredada, no la pregunta correcta. Aquí cabe también un límite de datación. La aparición impresa más antigua de la palabra no se ha podido fijar en esta revisión. La Poranduba Amazonense de Barbosa Rodrigues (1890) no la contiene, con los controles indicados arriba; pero la Hemeroteca Digital Brasileira de la Biblioteca Nacional estaba inaccesible mientras se escribía esto —memoria.bn.br no respondió en absoluto y bndigital.bn.gov.br devolvió un HTTP 403—, de modo que la prensa brasileña no se ha rastreado. Hasta que se haga, no debe afirmarse aquí ninguna primera fecha impresa.

¿Se puede visitar Mapinguari?

No hay nada que visitar. El mapinguari es un ser, no un lugar, y las coordenadas de esta ficha son una marca para el estado de Pará, en la Amazonía brasileña, no una dirección. La geografía que los documentos nombran de verdad es la cuenca del río Tapajós, en Pará —Itaituba y el río Jamanxim, al sur, donde Mário Pereira de Souza situó su encuentro de 1975—, junto con Acre, Amazonas, Rondônia, Mato Grosso y el norte de Tocantins, los estados de donde procedían los testigos posteriores de Oren. Son pueblos de río y municipios forestales a los que se llega por carretera y en barco desde Santarém, Rio Branco o Porto Velho, y ninguno ofrece nada que ver relacionado con el mapinguari. En las fuentes aparecen dos sitios concretos, y los dos piden una salvedad. The New York Times informó en julio de 2007 de que se había levantado una estatua del mapinguari en una plaza pública de Rio Branco, capital de Acre. No se ha verificado para esta ficha si sigue en pie, así que tómese como una noticia de 2007 y no como una atracción actual. Y la tierra indígena karitiana, en el norte de Rondônia, de cuyos habitantes salen los relatos que están en el centro del trabajo de campo de Vander Velden, no está abierta a visitantes: entrar en tierras indígenas en Brasil exige autorización previa, y la cueva de la Serra Moraes que los karitiana asocian a la criatura es un lugar que ellos mismos evitan. La institución que está detrás de toda la historia sí es real y pública: el Museu Paraense Emílio Goeldi, en Belém (Pará), que publicó Goeldiana Zoologia y donde trabajó David Oren. Su Parque Zoobotânico, en el centro de la ciudad, recibe visitas; conviene consultar los horarios y las tarifas vigentes en la web del propio museo, que aquí no se reproducen porque cambian. La recomendación honesta es que esta es una visita de lectura, y es gratis. El artículo de Oren de 1993 está escaneado entero en Internet Archive y su continuación de 2001 es un PDF libre del grupo de especialistas en xenartros de la UICN. El artículo de Vander Velden de 2016 es de acceso abierto en SciELO, y la recopilación de Barbosa Rodrigues de 1890 es un escaneo de dominio público. Entre los cuatro está todo lo primario que resume esta página, y leer los artículos de 1993 y 2001 uno al lado del otro es lo más instructivo que se puede hacer con este asunto. Una nota de acceso, porque ha condicionado esta ficha: la Hemeroteca Digital Brasileira, el archivo de prensa digitalizada de la Biblioteca Nacional de Brasil y el sitio evidente para fechar la primera aparición impresa de la palabra, no respondió en ningún momento mientras se escribía esta revisión.

Fuentes consultadas

  1. David C. Oren, «Did ground sloths survive to Recent times in the Amazon region?» — Goeldiana Zoologia 19, Museu Paraense Emílio Goeldi, 1993 académico
  2. David C. Oren, «Does the Endangered Xenarthran Fauna of Amazonia Include Remnant Ground Sloths?» — Edentata 4 (IUCN/SSC Anteater, Sloth and Armadillo Specialist Group), pp. 2-5, 2001 académico
  3. Marguerite Holloway, «Beasts in the Mist» — Discover, 1999 hemeroteca
  4. Larry Rohter, «A Huge Amazon Monster Is Only a Myth. Or Is It?» — The New York Times, 2007 hemeroteca
  5. Felipe Ferreira Vander Velden, «Realidade, ciência e fantasia nas controvérsias sobre o Mapinguari no sudoeste amazônico» — Boletim do Museu Paraense Emílio Goeldi, Ciências Humanas 11(1), pp. 209-224, 2016 académico
  6. João Barbosa Rodrigues, «Poranduba Amazonense, ou Kochiyma-uara porandub, 1872-1887» — Rio de Janeiro (escaneo de dominio público, Internet Archive), 1890 libro
  7. Museu Paraense Emílio Goeldi, «Nota de pesar pela partida de David Conway Oren» — Museu Paraense Emílio Goeldi (gov.br), 2023 informe
  8. Heloísa Helena Siqueira Correia, Osvaldo Copertino Duarte e Valdir Aparecido de Souza (orgs.), «Isto não é um mapinguari. Fronteiras moventes, relações, saberes e poderes» — Poiesis Editora, ISBN 978-85-61210-51-9, 2015 libro

Ficha revisada por V. Serrano el 14/08/2026 · Cómo verificamos el contenido

📎 Fuente: Enigma Atlas

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