El tikbalang es uno de los seres más conocidos del folclore filipino, y su rastro escrito es insólitamente largo: la palabra ya está en la relación de las costumbres de los tagalos de Juan de Plasencia, en 1589, escrita tigbalaang y glosada sin más como un espectro.
¿Dónde y cuándo se ha avistado a Tikbalang?
Ubicación
Filipinas
Fecha del avistamiento
Desconocido
Coordenadas
14.5, 121.0
Última actualización
UBICACIÓN
¿Qué es Tikbalang?
Su aspecto, en cambio, cambió mucho después. Hacia 1640 el agustino Casimiro Díaz recogió descripciones de testigos de una criatura con cara de gato, cabeza aplastada y piernas tan largas que, en cuclillas, las rodillas le quedaban por encima de la cabeza. El caballo no aparece hasta hacia 1731, en un manual para párrocos, y como una de las cuatro figuras que podía adoptar el diablo. La imagen que hoy imagina todo el mundo —alto, huesudo, con cabeza de caballo— la describió por primera vez en detalle, en 1889, el folclorista filipino Isabelo de los Reyes, que anotó además las tres púas más gruesas de sus crines: la del medio es un poderoso amuleto para quien logre arrancársela. Extraviar al viajero forma parte del relato, aunque ni en exclusiva ni desde el principio. Caminar en círculos, eso sí es real: sin ver el sol, la gente camina en círculo sin darse cuenta.
El tikbalang es folclore filipino vivo, y su rastro escrito va del siglo XVI a una serie de Netflix. Ese rastro largo es lo que permite comprobarlo, y buena parte de lo que circula sobre él no aguanta la comprobación.
Empecemos por la palabra. Tikbalang es la grafía tagala moderna; la documentación colonial escribe casi siempre tigbalang, y la primera aparición escribe tigbalaang. Internet repite 1613; la primera aparición es de 1589, en la relación del culto de los tagalos del franciscano Juan de Plasencia —la pieza hermana de su Relación de las costumbres de los Tagalos, que firmó en Nagcarlán el 21 de octubre de aquel año—, y es una sola línea: tras enumerar las clases de especialistas rituales indígenas, Plasencia añade que «había también fantasmas, que llamaban vibit, y espectros, que llamaban Tigbalaang». No hay caballo ni descripción alguna: la palabra está ahí, ya en uso, antes de que ningún fraile hubiera tenido tiempo de moldearla.
Lo interesante es lo que hicieron después los misioneros, porque lo escribieron y su sesgo se ve en la página. Hacia 1640 el agustino Casimiro Díaz, que trabajaba en Panay, describió unos monstruos que los visayas llamaban banuanhon y añadió: «En lengua tagala los llaman Tigbalang, y muchas personas que los han visto me han descrito, en los mismos términos, el aspecto del monstruo». Sigue la descripción: «Dicen que tiene cara de gato, con la cabeza aplastada por arriba, no redonda, con barba espesa y cubierta de pelo largo»; y «sus piernas son tan largas que, cuando se pone en cuclillas, las rodillas le quedan una vara por encima de la cabeza; y corre tan rápido que no hay cuadrúpedo que se le compare». La cara que le daban los informantes de Díaz era de gato.
El caballo llega en el siglo XVIII, primero como una posibilidad entre varias. Hacia 1731 el agustino Tomás Ortiz, redactando un manual para párrocos, anotó que el tigbalag «que unos llaman fantasma y otros duende, parece ser el genio o diablo que se les aparece en figura de negro, o en figura de viejo, o como ellos dicen en figura de viejo muy pequeño, o en figura de caballo, o de monstruo». En esa frase al ser tagalo se le identifica con el diablo en lugar de describirlo, y lo que de verdad preocupa al autor es que la gente se hace amiga suya y «le entrega el rosario». Joaquín Martínez de Zúñiga repitió la queja en 1803: el tigbalang se les aparece «en forma de animal o de algún monstruo desconocido». Dos párrafos antes, en el mismo capítulo, dejó registrada una cortesía más antigua hacia los lugares donde creían que vivían los nono, los antepasados, entre ellos los árboles grandes y los peñascos: nunca pasaban por ellos «sin pedirles permiso, cosa que algunos siguen haciendo». Ese es el antepasado documentado de la fórmula que los filipinos murmuran todavía en un camino oscuro, tabi-tabi po, «con permiso, apártense por favor».
Los diccionarios son más secos y más útiles. El Vocabulario de la lengua tagala de Noceda y Sanlúcar (Manila, 1754) lo glosa sin adornos: «Tigbalang. pp. Fantasma de monte», y registra cómo se usaba de verdad la palabra: «Tigbalang ca mandin, eres una bestia montaraz», con la advertencia «es afrenta»: llamar tigbalang a alguien era un insulto. El vocabulario pampango de Diego Bergaño (1732), en su edición de 1860, tiene al vecino de al lado como «duende de monte, agigantado, con patas de caballo», y el lexicógrafo remata: «A este tono cuentan de él mil mentiras».
La figura con cabeza de caballo que hoy imagina todo el mundo la describe por primera vez en detalle no un español, sino un filipino. En 1889 el folclorista ilocano Isabelo de los Reyes publicó El folk-lore filipino y, en la sección bulaqueña, le dedicó el capítulo VII: un hombre alto, flaco, seco y huesudo, con los miembros tan desmesuradamente largos que, sentado en cuclillas, la rodilla le excede la cabeza, la piel humana y la cabeza de caballo «con unas púas muy duras parecidas a las del puerco espín por crines». Reyes da además el detalle que las versiones modernas han dorado: entre las púas de la cabeza hay tres más gruesas que las demás, y cada una de ellas —sobre todo la del medio— es un poderoso anting-anting, un amuleto. Para conseguirlo, según Reyes, hay que ir solo al bosque sin avisar a nadie, encontrar al tikbalang en cuclillas al pie de los árboles más grandes, derribarlo, atarlo con un cordón bendito y apretar hasta que ceda la púa central; después queda de servidor «como aquellos genios de Las mil y una noches». Las púas de Reyes son tres y más gruesas que las demás; los «3 golden hairs», tres pelos dorados, del artículo de la Wikipedia en inglés no llevan fuente allí.
La creencia se siguió recogiendo. Laura Watson Benedict emparejó en 1916 el tigbalag tagalo con el tigbanua bagobo. Los Filipino Popular Tales de Dean Fansler (1921) imprimen un cuento tagalo en el que los ángeles que no tomaron partido ni por Dios ni por Lucifer caen a la tierra y «los que cayeron en los bosques se convirtieron en tigbalangs», una teología popular de materia católica y resultado enteramente local; Fansler apunta de paso que, mientras duende es un préstamo español, «tigbalang, iki, mananangal son buenos demonios nativos de toda la vida». La criatura sigue trabajando: aparece en Trese, el komiks que Budjette Tan y Kajo Baldisimo empezaron a publicar en octubre de 2005 y cuya adaptación animada se estrenó en Netflix el 11 de junio de 2021, donde un tikbalang llamado Maliksi corre carreras ilegales en una autopista de Manila.
Cronología: los hechos documentados de Tikbalang
1589El franciscano Juan de Plasencia firma en Nagcarlán, el 21 de octubre, su Relación de las costumbres de los Tagalos, y en la relación hermana sobre el culto de los tagalos anota, en una sola línea, que estos temían a unos «espectros, que llamaban Tigbalaang». Es la mención más antigua de la palabra verificada aquí, sin descripción alguna y sin caballo.
1613Fray Pedro de San Buenaventura imprime su Vocabulario de la lengua tagala en Pila (Laguna), en la prensa de Tomás Pinpin y Domingo Loag. El libro existe y los especialistas modernos lo citan por páginas, pero ninguna fuente consultada aquí le atribuye una entrada de tigbalang.
h. 1640El agustino Casimiro Díaz, al describir la misión en los montes de Panay, identifica al banuanhon visaya con lo que «en lengua tagala llaman Tigbalang», y recoge descripciones de testigos: cara de gato, cabeza aplastada, barba espesa, pelo largo y piernas tan largas que en cuclillas las rodillas quedan una vara por encima de la cabeza.
h. 1731En un manual para párrocos, el agustino Tomás Ortiz consigna al tigbalag como el diablo que aparece «en figura de negro, o de viejo, o de viejo muy pequeño, o en figura de caballo, o de monstruo». Es la primera mención del caballo entre las fuentes de esta ficha, y es una figura entre cuatro.
1732El vocabulario pampango de Diego Bergaño registra al mismo ser en la lengua vecina: «Tigbalang, duende de monte, agigantado, con patas de caballo», y añade: «A este tono cuentan de él mil mentiras». La palabra no es exclusiva del tagalo.
1754Se imprime en Manila el Vocabulario de la lengua tagala de Noceda y Sanlúcar con la glosa escueta «Tigbalang. pp. Fantasma de monte», más el uso corriente «Tigbalang ca mandin, eres una bestia montaraz» y la advertencia «es afrenta».
1803Joaquín Martínez de Zúñiga se queja de que el tigbalang «se les aparece en forma de animal o de algún monstruo desconocido» y, dos párrafos antes en el mismo capítulo, deja constancia de que nunca pasaban por los lugares donde creían que vivían los nono, sus antepasados, «sin pedirles permiso, cosa que algunos siguen haciendo»: el antepasado documentado del tabi-tabi po.
1889Isabelo de los Reyes publica El folk-lore filipino. El capítulo VII de la sección bulaqueña da la primera descripción detallada con cabeza de caballo: púas de puerco espín por crines, tres más gruesas que las demás y la del medio como poderoso anting-anting. En cambio, en la sección tayabeña es el patianak quien descarría al viajero, y la camisa del revés es el remedio contra él.
1892W. E. Retana imprime en Madrid el original español de la nota dieciochesca sobre el tigbalang y añade su propio descarte a pie de página: «siendo así que el Tigbálang es imaginario», siglo y medio después de que el vocabulario pampango de Bergaño dijera de él que «cuentan de él mil mentiras».
1916Laura Watson Benedict, al publicar su trabajo de campo bagobo en los Annals of the New York Academy of Sciences, pone el tigbalag tagalo junto al tigbanua bagobo y al banuanhon visaya, y anota que a esos demonios del bosque se les atribuía desorientar a la gente.
1917Leonard Bloomfield publica Tagalog Texts with Grammatical Analysis, dictado por el hablante tagalo Alfredo Viola Santiago. Su relato sobre el mangkukulam muestra lo que significa de verdad nakukulam —embrujado por un hechicero humano— y zanja que nada tiene que ver con perder el camino.
1921Los Filipino Popular Tales de Dean Fansler imprimen un cuento tagalo según el cual los ángeles que no tomaron partido en la rebelión de Lucifer cayeron a la tierra, y «los que cayeron en los bosques se convirtieron en tigbalangs». Fansler anota que duende es un préstamo español, pero tigbalang es nativo.
1994William Henry Scott publica Barangay, cuyo repertorio de seres tagalos del siglo XVI describe al tigbalang como «un fantasma alado del bosque que secuestra hombres», alto y de pelo largo, con pies muy pequeños y un bahag hermoso, y consigna aparte al mankukulam como bruja.
Octubre de 2005Budjette Tan y Kajo Baldisimo empiezan a publicar el komiks Trese, en el que un tikbalang llamado Maliksi corre carreras callejeras en Manila. La adaptación animada de Netflix se estrenó el 11 de junio de 2021.
2009Jan Souman, Ilja Frissen, Manish Sreenivasa y Marc Ernst publican «Walking Straight into Circles» en Current Biology: el seguimiento por GPS en el Sáhara y en el bosque de Bienwald muestra que, sin sol ni luna, el caminante describe círculos de los que no se percata y llega a cruzar su propio rastro en veinte minutos.
¿Hay una explicación racional para Tikbalang?
Tres detalles que se atribuyen al tikbalang no aguantan el cotejo con las fuentes.
El primero es la fecha: el artículo de la Wikipedia en inglés afirma, sin nota, que la palabra ya figura en el Vocabulario de la lengua tagala de fray Pedro de San Buenaventura, de 1613. El libro existe: San Buenaventura, franciscano descalzo, lo imprimió en Pila (Laguna) en 1613, en la prensa de Tomás Pinpin y Domingo Loag, y William Henry Scott lo cita por páginas a lo largo de todo Barangay. Scott no da página para una entrada de tigbalang en él, y la fecha queda superada de todos modos: la palabra está en Plasencia en 1589, veinticuatro años antes.
El segundo es una palabra: nakukulam significa embrujado, y pertenece a otro agente por completo: el kulam es el poder del hechicero, y el mangkukulam o magkukulam es una bruja humana. Los Tagalog Texts de Leonard Bloomfield (1917), dictados por el hablante tagalo Alfredo Viola Santiago, describen justo eso: el hechicero lleva encima su kulam incluso al bañarse, y «ang taong nakukulam niya», la persona a la que ha embrujado, come por dos. El mangkukulam ya figura en la lista de especialistas rituales de Plasencia de 1589, y el repertorio de seres tagalos del siglo XVI que reunió Scott los mantiene separados: el mankukulam es una bruja que aparece de noche como ardiendo, y el tigbalang, un fantasma alado del bosque. Para extraviarse, el tagalo usa el verbo corriente derivado de ligaw, perderse, y la expresión es que a alguien lo extravió el tikbalang.
La tercera es la camisa: el artículo de la Wikipedia da la camisa del revés como remedio contra el tikbalang. En la sección tayabeña de El folk-lore filipino (1889), Isabelo de los Reyes asocia ese remedio a otro ser: habla «del patianak que descarría al viajero con gemidos de infante, remedio a lo cual es ponerse la camisa al revés», mientras el tikbalang aparece en la misma frase como un gigante piscívoro con cabeza y pies de caballo.
Que se lleven a alguien y lo pierdan está documentado pronto. Casimiro Díaz informaba hacia 1640 de que algunos que se topaban con estos seres «se van con estos demonios y se pierden mucho tiempo», y vuelven aterrados y desfallecidos. La experiencia de fondo está medida: en 2009, Jan Souman, Ilja Frissen, Manish Sreenivasa y Marc Ernst siguieron por GPS durante varias horas a caminantes en un bosque extenso y en el Sáhara, y publicaron en Current Biology que los participantes caminaban una y otra vez en círculo cuando no veían el sol; con los ojos vendados, describían círculos que a menudo no llegaban a 20 m de diámetro. Un bosque tropical denso al atardecer también tapa el sol.
¿Se puede visitar Tikbalang?
Lo que se puede visitar de verdad es el rastro escrito, y está entero en abierto. El folk-lore filipino de Isabelo de los Reyes (Manila, 1889) está en Internet Archive, con el capítulo del Tigbalang a partir de la página 66. El Vocabulario de la lengua tagala de Noceda y Sanlúcar (Manila, 1754) está también allí, escaneado del ejemplar de la John Carter Brown Library, con Tigbalang glosado en la letra T. Plasencia, Díaz, Ortiz y Martínez de Zúñiga están todos dentro de The Philippine Islands, 1493-1898 de Blair y Robertson, cuyos tomos se leen íntegros en Project Gutenberg.
Reyes recogió el material bulaqueño en torno a Baliuag y Angat, y en los montes de Angat sitúa su relato del hombre que domó a un tikbalang. Medido desde el parque Rizal de Manila, Angat queda a 39 km justo al norte y Baliuag a 42 km al nornoroeste; desde las terminales de Cubao, de donde salen los autobuses, son 34 y 41 km. El material tayabeño procede de la actual provincia de Quezon.
El monte Makiling, sobre Los Baños (Laguna), es una reserva forestal gestionada por el Makiling Center for Mountain Ecosystems de la Universidad de Filipinas en Los Baños. Su protocolo de acceso publicado, leído el 22 de septiembre de 2026, deja el sendero Mariang Makiling abierto "FROM 6:00 AM TO 2:00 PM", fija a las nueve de la mañana el corte para subir al Pico 2 y obliga a fichar la salida antes de las cuatro de la tarde. El registro se hace por internet o en persona en la Estación de Control 1, los permisos de las actividades mayores tardan de tres a diez días hábiles y los animales de compañía no pasan. La norma de la entrada va en mayúsculas: "NO VALID ID, NO ENTRY."
El Museo Nacional de Antropología está en P. Burgos Drive, dentro del parque Rizal de Manila, teléfono (+632) 8298-1100, con reservas por su propia web. Sus normas para el visitante, leídas ese mismo día, dicen que la entrada es gratuita, que las visitas de grupo van de martes a sábado mientras que "Sundays, Mondays, and holidays are exclusive for walk-in visitors", y que los grupos de veinte personas o más reservan con tres días hábiles de antelación porque "Same-day bookings will not be entertained". Cada visitante deja un documento de identidad válido al registrarse. Se puede fotografiar dentro; el flash y los animales vivos están prohibidos.
Martínez de Zúñiga dejó impresa la cortesía de fondo en 1803. Al hablar de los peñascos y los árboles grandes donde se creía que vivían los nono, escribe que la gente "never passed by them without asking permission of them--a thing which some of them do even yet". En un camino rural al atardecer ese permiso se sigue pidiendo, en tres palabras: tabi-tabi po.
💬 Testimonios de campo (0)
Aún no hay testimonios. Añade el primero.
Añade tu testimonio
🔒 Entra para dejar un testimonio