👻 LUGAR EMBRUJADO · EXP. Nº9477 ACTIVO

Kenworthy Hall

Kenworthy Hall es un lugar reputado como embrujado en Alabama, US. Su fama procede de apariciones, fenómenos inexplicables y testimonios recogidos a lo largo del tiempo.

¿Dónde está Kenworthy Hall?

Ubicación
Alabama, US
Tipo
Casa / mansión
Coordenadas
32.635, -87.352
Testimonios
0
Última actualización
UBICACIÓN

¿Por qué se dice que Kenworthy Hall está embrujado?

Kenworthy Hall, dos millas al oeste de Marion (Alabama), es la única casa que se conserva de las que Richard Upjohn proyectó para el Sur profundo: una villa italianizante asimétrica de ladrillo rojo y arenisca de Nueva York, levantada entre 1858 y 1860 para el factor algodonero Edward Kenworthy Carlisle y negociada por carta, a mil cuatrocientos kilómetros de distancia. También era una plantación en activo. El censo federal de esclavos de 1860 registra quince personas esclavizadas en la finca, y la ficha de inspección de 1934 anota que la estructura de madera «fue labrada a azuela por los esclavos». Los vecinos acabaron llamándola Carlisle Hall y, durante las décadas en que estuvo tapiada, empezaron a contar que se veía a una joven en la ventana de la torre de cuatro plantas. Kathryn Tucker Windham y Margaret Gillis Figh recogieron el relato como «The Faithful Vigil at Carlisle Hall», el tercero de los trece de su libro de 1969 «13 Alabama Ghosts and Jeffrey». Los historiadores federales que documentaron la casa en 1997 calificaron esa fama de ficticia y anotaron para qué servía de verdad la sala de la torre: criar gusanos de seda y secar la colada. Es Hito Histórico Nacional y es una vivienda particular que no se visita.
Kenworthy Hall, Alabama, Estados Unidos
Imagen: RuralSWAlabama · CC BY-SA 3.0

¿Cuál es la historia de Kenworthy Hall?

El 4 de mayo de 1858, un comerciante de algodón del condado de Perry, en Alabama, se sentó a escribir a un desconocido que vivía a mil cuatrocientos kilómetros. «Deseando construir una casa, una residencia de campo, y no teniendo plano, nos dirigimos a usted como arquitecto de renombre para pedirle que nos dibuje uno, un boceto tosco al principio, del que esperamos que salga un plano adecuado». El desconocido era Richard Upjohn, autor de la iglesia de la Trinidad de Manhattan y, desde el año anterior, primer presidente del Instituto Americano de Arquitectos. Quien escribía era Edward Kenworthy Carlisle, nacido cerca de Augusta (Georgia) en 1810 y llevado a Alabama de niño por su madre viuda. Carlisle no había hecho su fortuna cultivando algodón, sino moviéndolo. Desde 1838 trabajaba en Mobile como comisionista y factor algodonero: el intermediario que almacenaba la cosecha del hacendado, buscaba el mejor precio en Nueva Orleans, Nueva York o Liverpool y adelantaba crédito contra la cosecha siguiente a cambio de un dos y medio por ciento. Su boda en 1841 con Lucinda «Lucy» Wilson Walthall lo emparentó con las familias fundadoras del condado. Fue su cuñado Leonidas Walthall, ya cliente de Upjohn, quien le pasó el diseño que él había decidido no construir: «Tengo un amigo que se dispone a levantar una casa. Creo que el diseño número 2 que usted me envió le vendría exactamente bien». Lo que vino después fue una colaboración por correo. Carlisle quería «solo los mejores materiales», la mejor construcción, los diseños más sencillos y «todo con la mayor economía». Le recordó al arquitecto que «una ventilación adecuada es lo más importante en este clima». Detalló el sótano para los barriles de pescado y de melaza, armarios «comunicados con todas las habitaciones buenas», una escalera de servicio disimulada y una cocina expulsada por completo de la casa y unida a ella por lo que él llamaba «un paso cubierto». Upjohn respondió con una villa italianizante asimétrica de ladrillo rojo y arenisca de Nueva York, con la planta partida en tres zonas —formal, familiar y de servicio— y dominada por una torre descentrada de cuatro alturas, iluminada arriba por doce ventanas de arco, tres por cada lado. Construirla costó más que proyectarla. En septiembre de 1858 Carlisle aún no tenía constructor: «no se podrá hacer más que los cimientos antes de que empiecen las lluvias de otoño e invierno». El 4 de noviembre informó de que «los cimientos están ya replanteados y la obra va a comenzar». El maestro albañil fue Philip Bond, que calculaba terminar la fábrica de ladrillo el junio siguiente. Las hojas de ventana, los vidrios, las puertas y la arenisca llegaron desde Nueva York en vapor, en barcaza fluvial y en tren; la arenisca llegó rota. El expediente de Hito Histórico Nacional describe el ladrillo como de fabricación local, mientras que la ficha de inspección de 1934 que encabeza el registro federal dice que se trajo en carretas de bueyes desde Cahaba, donde se coció. Esa misma ficha de 1934 anota, sin comentario alguno, quién hizo la carpintería: «la estructura de madera fue labrada a azuela por los esclavos». Esto era una plantación, y la casa es un documento de ello. La finca rondaba las 440 acres (unas 178 hectáreas). El censo federal de esclavos de 1860 registra a Carlisle como propietario de quince personas esclavizadas: una cifra modesta al lado de la de sus parientes, varios de los cuales tenían sesenta y cuatro, cien o ciento sesenta y cinco. El personal doméstico vivía en una hilera de casas al este de la cocina-lavadero exenta. La celebrada planta de Upjohn codifica ese orden: una escalera privada para la familia, otra escondida y aparte para el servicio esclavizado, que subía sin interrupción del sótano al desván, y una fila de campanillas en la pared trasera para llamarlos. Carlisle apoyó a la Confederación y prosperó bajo el bloqueo: su firma Carlisle & Humphries alcanzó beneficios récord. Tras la rendición fue privado de derechos políticos por pertenecer a la clase de simpatizantes cuyo patrimonio imponible superaba los veinte mil dólares, y más tarde recibió el indulto del presidente Andrew Johnson, con la anotación oficial de que había estado «a favor de la secesión, creyendo que detendría la agitación esclavista». El viejo sistema de factoraje no se recuperó. En 1871 su mujer, a la que él había transferido prudentemente la propiedad en 1867, pagó noventa dólares de impuestos por una finca tasada ya en nueve mil. Carlisle murió en enero de 1873. Lucy Carlisle conservó la casa hasta 1899, cuando la escrituró a nombre de su hija Augusta y se marchó. La dejaron tapiada. Augusta vendió en 1914 y Kenworthy Hall salió de la familia para siempre. Vinieron dueños absentistas; estuvo vacía buena parte de los años cincuenta, y los saqueadores rompieron las chimeneas de mármol, arrancaron las cerraduras de las puertas, quemaron las baldas del ropero y destrozaron una de las primeras vidrieras ornamentales del Sur profundo. Karen Klassen, de Birmingham, compró la ruina y diecinueve acres en 1957 por cuatro mil dólares y pasó una década remendándola. Heber y Nell Martin tomaron el relevo en 1967 y trabajaron en ella treinta años. Un detalle explica por qué estuvo tan cerca de perderse. Cuando los inspectores federales la documentaron por primera vez, en 1934, escribieron «Arquitecto: desconocido» y anotaron al propio Carlisle como constructor. Las cartas de Carlisle estaban archivadas en la Biblioteca Pública de Nueva York mezcladas con la correspondencia de su cuñado, y nadie las relacionó con esta casa hasta los años setenta. Kenworthy Hall entró en el Registro Nacional de Lugares Históricos en 1990, fue documentada al completo por un equipo del Historic American Buildings Survey en el verano de 1997 y declarada Hito Histórico Nacional el 18 de agosto de 2004.

Cronología: los hechos documentados de Kenworthy Hall

  1. 4 de mayo de 1858 Edward Kenworthy Carlisle escribe su primera carta a Richard Upjohn, en Nueva York, pidiéndole «un boceto tosco al principio, del que esperamos que salga un plano adecuado». El diseño que adopta es uno que su cuñado Leonidas Walthall había encargado y decidido no construir.
  2. 4 de noviembre de 1858 Tras meses sin constructor, Carlisle contrata al maestro albañil Philip Bond y comunica a Upjohn que «los cimientos están ya replanteados y la obra va a comenzar». Bond espera terminar la fábrica de ladrillo el junio siguiente.
  3. 1860 La casa queda lista para habitarse en vísperas de la Guerra Civil. El censo federal de esclavos de ese mismo año registra a Carlisle como propietario de quince personas esclavizadas en una finca de unas 440 acres; la ficha de inspección de 1934 anota que la estructura de madera «fue labrada a azuela por los esclavos».
  4. Enero de 1873 Muere Carlisle. Indultado tras la guerra por el presidente Andrew Johnson, había visto hundirse el negocio de factoraje que costeó la casa: la finca, tasada en nueve mil dólares en 1871, valía muchas veces más una década antes.
  5. 1899 Lucy Walthall Carlisle escritura Kenworthy Hall a nombre de su hija Augusta, su única hija superviviente, y se marcha. La casa queda tapiada: empieza el largo abandono en el que arraigan las historias de fantasmas.
  6. 1901 Unas estudiantes del Judson College de Marion fuerzan una ventana del primer piso para explorar la mansión vacía y se llevan recuerdos. Para entonces, un guarda cobra ya una pequeña cantidad a los curiosos que quieren verla por dentro.
  7. 1912 Lucy Carlisle muere a los noventa y tres años y los vecinos dan la casa por abandonada. Una excursión del Judson College fotografiada ese año en la escalinata deja la imagen más antigua que se conoce del edificio; una de las estudiantes cuenta que el pórtico «se ha desprendido en parte».
  8. 1934 El Historic American Buildings Survey documenta la casa por primera vez. La ficha consigna «Arquitecto: desconocido» y anota al propio Carlisle como constructor: las cartas que prueban la autoría de Upjohn están mal archivadas en Nueva York entre los papeles de su cuñado y no se identificarán hasta los años setenta.
  9. 1957 Tras cinco años vacía y saqueada —chimeneas de mármol rotas, cerraduras arrancadas, vidrieras destrozadas—, la casa y diecinueve acres los compra Karen Klassen, de Birmingham, por cuatro mil dólares. Pasará una década reparando lo que dejaron los saqueadores.
  10. 1969 Kathryn Tucker Windham y Margaret Gillis Figh publican «13 Alabama Ghosts and Jeffrey» (Strode Publishers, Huntsville). El tercero de sus trece relatos es «The Faithful Vigil at Carlisle Hall»; el título del capítulo está confirmado en el registro catalográfico de la Biblioteca del Congreso de la edición conmemorativa de 2014.
  11. 18 de mayo de 1975 El Birmingham News publica un reportaje de Elma Bell titulado «Carlisle Hall, sin su fantasma y sin sus columnas, conserva su encanto romántico», en el que una nieta de los Carlisle recuerda a la familia yendo en carruaje desde Selma cada verano.
  12. Verano de 1997 Un equipo federal de documentación dirigido por la historiadora Amanda J. Holmes, con fotografías de Jack Boucher, documenta la casa al completo. Su informe califica de «ficticia» la fama fantasmal de la sala de la torre y consigna para qué se usaba de verdad: criar gusanos de seda y secar la colada.
  13. 18 de agosto de 2004 Kenworthy Hall es declarada Hito Histórico Nacional a partir del expediente redactado por Robert Mellown y Robert Gamble. Había entrado en el Registro Nacional de Lugares Históricos en 1990. Sigue siendo una vivienda particular.

¿Hay una explicación racional para Kenworthy Hall?

Con esta casa el registro federal es insólitamente tajante. Al describir la sala de la cuarta planta de la torre, el informe del Historic American Buildings Survey de 1997 dice: «Aparte de la fama ficticia de la estancia como el lugar desde el que una joven vio a su fiel criado señalar por error la noticia de la muerte de su prometido y se precipitó a la suya propia, la sala ha servido también para tareas más prosaicas, como criar gusanos de seda y secar la colada en su fuerte corriente cruzada». De esa frase conviene quedarse con dos cosas. La primera es la palabra «ficticia», escrita por una historiadora del Gobierno que había pasado un verano en el edificio con las escrituras, las cartas y la familia delante. La segunda es para qué servía de verdad la habitación: gusanos de seda y ropa tendida, porque es el punto más ventilado de la casa. Esa corriente importa. Kenworthy Hall se proyectó como una máquina de ventilación para un clima que el propio Carlisle le describió al arquitecto como exigente. Un pasillo de unos dieciocho metros atraviesa la planta baja de lado a lado; hay sesenta y cuatro ventanas; las puertas de los dormitorios llevan montantes encima; dos claraboyas perforan la cubierta; tres escaleras independientes recorren el edificio en vertical. Los técnicos del HABS anotaron que las cajas de escalera canalizan el aire hacia la torre en cuanto se abren sus ventanas, y que los ventiladores instalados después en el desván «literalmente tiran del aire por toda la casa con tal fuerza que no conviene bajar la escalera principal con un vestido suelto». Una casa de ladrillo grande que mueve tanto aire es una casa que suspira, golpea y cierra puertas sola. La genealogía también va en contra de la leyenda. Los Carlisle tuvieron dos hijos, y la única hija, Augusta, no perdió a ningún prometido en la guerra. Se casó con el doctor Alexander W. Jones, que se licenció en medicina en Filadelfia en 1861 y sirvió como cirujano confederado a las órdenes de Nathan Bedford Forrest, y que volvió. Se establecieron en Selma, donde él llegó a presidir un banco y un ferrocarril, y las fuentes familiares le contaron a la historiadora del HABS que Augusta regresaba a Kenworthy Hall en cualquier estación para dar a luz a cada uno de sus hijos en la habitación del balcón, justo debajo de la torre. En la documentación, la ventana de la torre está asociada a nacimientos, no a una vigilia fúnebre. Los relatos tienen además una ocasión fechable. La casa se tapió en 1899 y quedó prácticamente abandonada durante una generación. Un guarda quemó como leña los árboles del jardín delantero y cobraba una pequeña cantidad a los curiosos que querían verla por dentro. En 1901, unas estudiantes del cercano Judson College forzaron una ventana del primer piso y se llevaron recuerdos; otro grupo hizo un picnic en la escalinata en 1912, el año en que Lucy Carlisle murió a los noventa y tres. Una mansión vacía y medio desvalijada en la que cualquiera podía entrar por unas monedas es la incubadora perfecta de una historia de fantasmas, y el folclore tiene aproximadamente la misma edad que el abandono. La creencia dejó marcas en el edificio. Karen Klassen, propietaria entre 1957 y 1967, contó al equipo de documentación que unos inquilinos habían recortado un trozo del suelo del vestíbulo de la escalera familiar porque creían que los gemidos que oían de noche salían del punto en el que, según se decía, un bebé había muerto al caer. Otras tablas las levantaron quienes buscaban objetos de valor supuestamente escondidos durante la guerra. Ninguno de esos destrozos dio nada. Por último, conviene leer el relato por lo que es. Kathryn Tucker Windham y Margaret Gillis Figh lo recogieron como folclore, no como testimonio: es el tercero de trece cuentos de un libro que arranca con el poltergeist doméstico de las propias autoras. Ni el índice del libro ni ningún documento que hayamos podido leer ponen nombre a la mujer de la torre. En 1975, el Birmingham News dedicaba a la casa un reportaje titulado «Carlisle Hall, sin su fantasma y sin sus columnas, conserva su encanto romántico».

¿Se puede visitar Kenworthy Hall?

Kenworthy Hall es una casa particular y no se visita. No hay horarios, ni entradas, ni visitas guiadas, ni noches de fantasmas. La declaración como Hito Histórico Nacional reconoce la importancia arquitectónica del edificio, pero no da derecho de acceso a nadie: la propiedad ha estado siempre en manos privadas y habitada desde 1858. Se alza en el lado norte de la carretera estatal 14 de Alabama —la antigua vía de Marion a Greensboro—, exactamente a dos millas (unos 3,2 km) al oeste de la plaza del juzgado de Marion, en el condado de Perry, código postal 36756. El perímetro protegido abarca solo diecinueve acres de la finca original de 440. No esperes ver gran cosa desde el coche: el propio expediente advierte de que «aunque está a apenas unos cientos de pies de una carretera estatal, la mansión queda oculta a la vista del público por la vegetación», y esa pantalla es más espesa de primavera a otoño. La AL-14 es una carretera rural rápida sin ningún sitio razonable donde parar, y el camino de entrada es privado. Si haces una foto, hazla desde un apartadero legal, y no te metas por la finca. La alternativa honesta es mejor que un vistazo desde el arcén y no cuesta nada. La documentación del Historic American Buildings Survey de 1997 —un juego completo de planos acotados más fotografías de gran formato de Jack Boucher— es de dominio público y se descarga desde la Biblioteca del Congreso, y enseña las estancias, las tres escaleras y el interior de la torre con mucho más detalle del que vería ningún visitante. El expediente de Hito Histórico Nacional, un PDF gratuito del Servicio de Parques Nacionales, es el relato escrito más completo que existe sobre la casa. Marion sí es un lugar público y merece el desvío: una capital de condado del Black Belt con la plaza del juzgado intacta y un buen conjunto de edificios del siglo XIX, a menos de una hora en coche al oeste de Selma. En esta parte de Alabama no hay transporte público que valga: hace falta coche, y fuera del pueblo los servicios escasean.

Fuentes consultadas

  1. Robert Mellown y Robert Gamble, «National Historic Landmark Nomination: Kenworthy Hall (Carlisle Hall, Edward Kenworthy Carlisle House)» — U.S. Department of the Interior, National Park Service, 2003 informe
  2. Amanda J. Holmes, «Addendum to Kenworthy Hall (Carlisle-Martin House), HABS No. AL-765» — Historic American Buildings Survey, Library of Congress, 1997 informe
  3. Kathryn Tucker Windham y Margaret Gillis Figh, «13 Alabama Ghosts and Jeffrey» — Strode Publishers, Huntsville (Alabama), 1969 libro
  4. Library of Congress, «Registro catalográfico MARC de 13 Alabama Ghosts and Jeffrey, edición conmemorativa, con nota de contenido (campo 505)» — Library of Congress Online Catalog (LCCN 2014006089), 2014 archivo

Ficha revisada por V. Serrano el 11/08/2026 · Cómo verificamos el contenido

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